18 de enero de 2018

Después de 99 años, cerró la revista El Gráfico

Por Alejandro Guerrero

Alfredo Di Stéfano (para muchos el mejor jugador argentino de la historia), dijo alguna vez que en la vida de cualquier futbolista había tres sueños: “Jugar en la Primera de su club, jugar en el Seleccionado Nacional y salir en la tapa de "El Gráfico”. Hoy, después de 99 años, la empresa Torneos, en manos de Diego Ávila, anunció que la revista casi centenaria deja de salir. Varios medios, incluso en el exterior, atribuyen la decisión a “la crisis del papel”. Sin negar las transformaciones en materia de soportes de los medios de comunicación, en este caso manifiestamente no es cierto.

En verdad, ya en marzo de 2002 la revista pasó a tener una existencia casi formal, cuando dejó de publicarse semanalmente y se transformó en mensuario. Periodísticamente, es cierto, ya no podía competir con la inmediatez del diario deportivo Olé, pero tampoco Olé con la de radios y canales de televisión ni éstos con las páginas web. Sería inútil buscar por ese costado la crisis de El Gráfico.

El diario español El País (17/1) cuenta que en alguna conversación privada el ex dueño de Torneos (lo de ex es relativo, porque hoy está a cargo su hijo Diego), Carlos Ávila admitió que había comprado El Gráfico porque el renombre de la publicación le permitiría sentarse a la mesa con Joseph Blatter, el ex capomafia de la FIFA, y hacer con él mejores negocios. Ávila fue socio de Julio Grondona, el “padrino” argentino, y después de pelearse con él lo denunció por corrupción. Al mismo tiempo, ya desde los ‘90 la revista cambió su orientación periodística y se dedicó, sobre todo, a indagar –a veces de manera repugnante− en la vida privada de los deportistas.

Al momento del cierre, quedaban allí –ahora han sido despedidos− sólo seis periodistas, cinco diseñadores gráficos, un administrativo y un puñado de colaboradores que trabajaban para la edición en papel y para la página web. En otras palabras: este cierre es el entierro formal de un cadáver antiguo.

El Gráfico nació en 1919 y era una revista de interés general. Ya en la década de 1920 comenzó a inclinarse más decididamente por los deportes –una actividad que aún tenía algo de novedosa en la Argentina−, lo cual no le impidió dedicarle una tapa al general José Félix Uriburu, para celebrar el golpe de 1930. Lo fundó el ultraderechista Constancio Vigil y lo sucedió su hijo, “Chichín”, más derechista que él –una vez, en los baños de la revista un cartel escrito a mano decía: “Hitler y Mussolini lo habrían echado a Chichín por facho”. Por supuesto, El Gráfico fue un publicista de la dictadura militar sin temor ni por el ridículo: durante el Mundial ‘78, inventaron una carta de elogio a los militares que habría escrito un jugador holandés a su pequeña hija y publicaron el “facsímil”… escrito en castellano.

Sin embargo, esa revista cambió la historia del periodismo argentino, por lo menos desde que Ricardo Lorenzo Rodríguez, alias “Borocotó” (no confundir con su hijo camaleón), y Félix Daniel Frascara le inventaron un estilo literario que nunca había tenido un medio deportivo. Y hubo allí gigantes del periodismo, como Dante Panzeri y Osvaldo Ardizzone. La historia del deporte argentino no podrá escribirse sin consultar sus archivos.

Pero, se debe insistir, no lo hundió la crisis de los medios en papel sino la pudrición empresarial: la sociedad de sus propietarios, los Ávila, con el delincuente macrista Alejandro Burzaco (preso por el Fifagate y ahora infidente del FBI para aliviar su condena); y los negociados por Fútbol para Todos con los kirchneristas Aníbal Fernández, Juan Manuel Abal Medina, Gabriel Mariotto y Pablo Paladino. La “grieta” se cierra a la hora de los negociados mafiosos.

Aquí se ve en la práctica la necesidad de que los grandes medios pasen a manos de los periodistas, los sindicatos, las organizaciones sociales, y todos los necesarios para asegurar la libertad de expresión.


 

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