23 de noviembre de 2017

El acta de la toma del poder

Acta del Segundo Congreso de los Soviets de Diputados obrero y soldados de toda Rusia, 25-26 de octubre (7-8 de noviembre) de 1917.
Por Obreros y soldados de toda Rusia

¡A los obreros, a los soldados, a los campesinos!
 
Ha comenzado sus labores el Segundo Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia. En él está representada la inmensa mayoría de los Soviets. También asisten muchos delegados de los Soviets campesinos. Han expirado los poderes del Comité Ejecutivo Central conciliador. Apoyándose en la voluntad de la inmensa mayoría de los obreros, de los soldados y de los campesinos y en la insurrección victoriosa de los obreros y de la guarnición de Petrogrado, el Congreso toma en sus manos el poder.
 
Ha sido derribado el Gobierno Provisional y la mayoría de sus miembros ya han sido detenidos.
 
El II Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia se inauguró el 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917, a las 10 horas y 45 minutos de la noche, en el Smolny. De los 649 delegados, 390 eran bolcheviques. Estuvieron representados 318 Soviets provinciales. Los delegados de 241 Soviets llevaron al Congreso mandatos bolcheviques. Los mencheviques, eseristas (socialistas revolucionarios) de derecha y delegados del Bund abandonaron el Congreso después de su apertura, negándose a reconocer la revolución socialista. El Congreso de los Soviets aprobó el llamamiento: ¡A los obreros, a los soldados, a los campesinos!, escrito por Lenin, en el que se proclamaba el paso de todo el Poder a los Soviets. Las cuestiones fundamentales examinadas en el Congreso fueron: formación del Gobierno soviético y aprobación de los decretos sobre la paz y sobre la tierra. Lenin pronunció los informes acerca de ambas cuestiones.
 
El II Congreso de los Soviets aprobó los decretos sobre la paz y sobre la tierra y formó el primer Gobierno soviético: el Consejo de Comisarios del Pueblo, eligiendo a Lenin presidente del mismo. Eligió también el Comité Ejecutivo Central de toda Rusia, compuesto de 101 miembros, en el que entraron, entre otros, 62 bolcheviques y 29 eseristas de izquierda. El Congreso se clausuró a las 5 horas y 15 minutos de la madrugada del 27 de octubre (9 de noviembre)….
 
El Poder de los Soviets propondrá una paz democrática inmediata a todos los pueblos y un armisticio inmediato en todos los frentes. Asegurará el paso, sin indemnización, de la tierra de los terratenientes, de las tierras de la Corona y de los conventos a los comités campesinos; defenderá los derechos del soldado llevando a cabo la completa democratización del ejército; implantará el control obrero sobre la producción; asegurará la reunión de la Asamblea Constituyente en el plazo acordado; se preocupará de abastecer a las ciudades de pan y al campo de artículos de primera necesidad y garantizará a todas las nacionalidades que pueblan Rusia el verdadero derecho de autodeterminación.
 
El Congreso acuerda: todo el Poder en las localidades pasa a los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, llamados a asegurar un orden verdaderamente revolucionario.
 
El Congreso exhorta a los soldados de las trincheras a la vigilancia y firmeza. El Congreso de los Soviets está convencido de que el ejército revolucionario sabrá defender la revolución contra todos los ataques del imperialismo, mientras el nuevo gobierno no obtenga la paz democrática que va a proponer directamente a todos los pueblos. El nuevo gobierno tomará todas las medidas para asegurar al ejército revolucionario de cuanto necesita, por medio de una enérgica política de requisas y de imposiciones sobre las clases poseedoras; mejorará también la situación de las familias de los soldados.
 
Los kornilovistas -Kerenski, Kaledin y otros- intentan enviar tropas contra Petrogrado. Algunos destacamentos que, con engaños, habían sido enviados por Kerenski, se han pasado al pueblo insurreccionado.
 
¡Soldados, oponed una resistencia activa al kornilovista Kerenski! ¡Estad alerta!
 
¡Ferroviarios, detened todos los trenes dirigidos por Kerenski sobre Petrogrado!
 
¡Soldados, obreros, empleados, la suerte de la revolución y de la paz democrática está en vuestras manos!
 
¡Viva la Revolución!
 
El Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia.
 
Los delegados de los Soviets campesinos
 
 
 
EsEcrita el 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917. Publicada en el periódico Rabochi y Soldat, núm. 9, el 26 de octubre (8 de noviembre) de 1917.
 
V. I. Lenin. Obras Completas, 5a edición en ruso, t. 35.
 
 
 
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Carlos Marx nació el 5 de mayo (según el nuevo calendario) de 1818 en Tréveris (ciudad de la Prusia renana). Su padre era un abogado judío, convertido en 1824 al protestantismo. La familia de Marx era una familia acomodada, culta, pero no revolucionaria. Después de terminar en Tréveris sus estudios de bachillerato, Marx se inscribió en la universidad, primero en la de Bonn y luego en la de Berlín, estudiando jurisprudencia y, sobre todo, historia y filosofía. En 1841 terminó sus estudios universitarios, presentando una tesis sobre la filosofía de Epicuro. Por sus concepciones, Marx era entonces todavía un idealista hegeliano. En Berlín se adhirió al círculo de los "hegelianos de izquierda" (Bruno Bauer y otros), que se esforzaban por extraer de la filosofía de Hegel conclusiones ateas y revolucionarias.

Terminados sus estudios universitarios, Marx se trasladó a Bonn con la intención de hacerse profesor. Pero la política reaccionaria del gobierno, que en 1832 había despojado de su cátedra a Ludwig Feuerbach, que en 1836 le había negado nuevamente la entrada en la universidad y que en 1841 privó al joven profesor Bruno Bauer del derecho a enseñar en Bonn, obligó a Marx a renunciar a la carrera docente. En aquella época, las ideas de los hegelianos de izquierda progresaban rápidamente en Alemania. Ludwig Feuerbach, sobre todo desde 1836, comenzó a someter a crítica la teología y a orientarse hacia el materialismo, que en 1841 (La esencia del cristianismo ) se impone ya definitivamente en su pensamiento; en 1843 ven la luz sus Principios de la filosofía del porvenir. "Hay que haber vivido la influencia liberadora" de estos libros, escribía Engels años más tarde refiriéndose a esas obras de Feuerbach. "Nosotros [es decir, los hegelianos de izquierda, entre ellos Marx] nos hicimos en el acto feuerbachianos."[2] Por aquel tiempo, los burgueses radicales renanos, que tenían ciertos puntos de contacto con los hegelianos de izquierda, fundaron en Colonia un periódico de oposición, la Gaceta del Rin (cuyo primer número salió el 1 de enero de 1842). Marx y Bruno Bauer fueron invitados como principales colaboradores; en octubre de 1842 Marx fue nombrado redactor jefe del periódico y se trasladó de Bonn a Colonia. La tendencia democrática revolucionaria del periódico fue acentuándose bajo la jefatura de redacción de Marx, y el gobierno lo sometió primero a una doble censura y luego a una triple, hasta que decidió más tarde suprimirlo totalmente a partir del 1 de enero de 1843. Marx se vio obligado a abandonar su puesto de redactor jefe en esa fecha, sin que su salida lograse tampoco salvar al periódico, que fue clausurado en marzo de 1843. Entre los artículos más importantes publicados por Marx en la Gaceta del Rin, Engels menciona, además de los que citamos más adelante (véase la Bibliografía ) el que se refiere a la situación de los campesinos viticultores del valle del Mosela. Como su labor periodística le había demostrado que conocía insuficientemente la economía política, Marx se dedicó afanosamente al estudio de esta ciencia.

En 1843, Marx se casó en Kreuznach con Jenny von Westphalen, amiga suya de la infancia, con la que se había comprometido cuando todavía era estudiante. Su esposa pertenecía a una reaccionaria familia aristocrática de Prusia. Su hermano mayor fue ministro del Interior en Prusia durante una de las épocas más reaccionarias, desde 1850 hasta 1858. En el otoño de 1843 Marx se trasladó a París con objeto de editar en el extranjero una revista de tendencia radical en colaboración con Arnold Ruge (1802-1880; hegeliano de izquierda, encarcelado de 1825 a 1830, emigrado desde 1848, y partidario de Bismarck entre 1866 y 1870). De esta revista, titulada Anales franco-alemanes, sólo llegó a ver la luz el primer fascículo. Las dificultades con que tropezaba la difusión clandestina de la revista en Alemania y las discrepancias surgidas entre Marx y Ruge hicieron que se suspendiera su publicación. En los artículos de Marx en los Anales vemos ya al revolucionario que proclama la necesidad de una "crítica implacable de todo lo existente", y, en particular, de una "crítica de las armas"[3] que apele a las masas y al proletariado.

En septiembre de 1844 llegó a París, por unos días, Federico Engels, quien se convirtió, desde ese momento, en el amigo más íntimo de Marx. Ambos tomaron conjuntamente parte activísima en la vida, febril por entonces, de los grupos revolucionarios de París (especial importancia revestía la doctrina de Proudhon, a la que Marx ajustó cuentas resueltamente en su obra Miseria de la filosofía, publicada en 1847) y, en lucha enérgica contra las diversas doctrinas del socialismo pequeñoburgués, forjaron la teoría y la táctica del socialismo proletario revolucionario, o comunismo (marxismo). Véanse, más adelante, en la Bibliografía, las obras de Marx de esta época, años de 1844 a 1848. En 1845, a instancias del gobierno prusiano, Marx fue expulsado de París como revolucionario peligroso, instalándose entonces en Bruselas. En la primavera de 1847, Marx y Engels se afiliaron a una sociedad secreta de propaganda, la Liga de los Comunistas, tuvieron una participación destacada en el II Congreso de esta organización (celebra do en Londres en noviembre de 1847) y por encargo del Congre so redactaron el famoso Manifiesto del Partido Comunista que apareció en febrero de 1848. En esta obra se traza, con claridad y brillantez geniales, una nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y de la histórica misión revolucionaria universal del proletariado como creador de una nueva sociedad, la sociedad comunista.

Al estallar la revolución de febrero de 1848, Marx fue expulsado de Bélgica. Se trasladó nuevamente a París, y desde allí, después de la revolución de marzo, marchó a Alemania, más precisamente, a Colonia. Desde el 1 de junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849, se publicó en esta ciudad la Nueva Gaceta del Rin, de la que Marx era el redactor jefe. El curso de los acontecimientos revolucionarios de 1848 a 1849 vino a confirmar de manera brillante la nueva teoría, como habrían de confirmarla en lo sucesivo los movimientos proletarios y democráticos de todos los países del mundo. La contrarrevolución triunfante hizo que Marx compareciera, primero, ante los tribunales (siendo absuelto el g de febrero de 1849) y después lo expulsó de Alemania (el 16 de mayo de 1849). Marx se dirigió a París, de donde fue expulsado también después de la manifestación del 13 de junio de 1849[4]; entonces marchó a Londres, donde pasó el resto de su vida.

Las condiciones de vida en la emigración eran en extremo duras, como lo revela con toda claridad la correspondencia entre Marx y Engels (editada en 1913). La miseria asfixiaba realmente a Marx y a su familia; de no haber sido por la constante y abnegada ayuda económica de Engels, Marx no sólo no hubiera podido acabar El Capital, sino que habría sucumbido inevitablemente bajo el peso de la miseria. Además, las doctrinas y tendencias del socialismo pequeñoburgués, no proletario en general, que predominaban en aquella época, obligaban a Marx a librar constantemente una lucha implacable, y a veces a repeler (como hace en su obra Herr Vogt [5] los ataques personales más rabiosos y salvajes. Manteniéndose al margen de los círculos de emigrados y concentrando sus esfuerzos en el estudio de la economía política, Marx desarrolló su teoría materialista en una serie de trabajos históricos (véase la Bibliografía ). Con sus obras Contribución a la crítica de la economía política (1859) y El Capital (t. I, 1867), Marx provocó una verdadera revolución en la ciencia económica (véase más adelante la doctrina de Marx).

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El recrudecimiento de los movimientos democráticos, a fines de la década del 50 y durante la del 60, llevó de nuevo a Marx a la actividad práctica. El 28 de septiembre de 1864 se fundó en Londres la famosa Primera Internacional, la "Asociación Internacional de los Trabajadores". Marx fue el alma de esta organización, el autor de su primer "Llamamiento" y de gran número de sus resoluciones, declaraciones y manifiestos. Unificando el movimiento obrero de los diferentes países, orientando por el cauce de una actuación conjunta a las diver sas formas del socialismo no proletario, premarxista (Mazzini, Proudhon, Bakunin, el tradeunionismo liberal inglés, las vacilaciones derechistas lassalleanas en Alemania, etc.), a la par que combatía las teorías de todas estas sectas y escuelas, Marx fue forjando la táctica común de la lucha proletaria de la clase obrera en los distintos países. Después de la caída de la Comuna de París en 1871, que Marx analizó (en La guerra civil en Francia, 1871) de modo tan profundo, certero, brillante y eficaz, como revolucionario -- y a raíz de la escisión de la In ternacional provocada por los bakuninistas --, esta última ya no pudo seguir existiendo en Europa. Después del Congreso de La Haya (1872), Marx consiguió que el Consejo General de la Internacional se trasladase a Nueva York. La primera Internacional había cumplido su misión histórica y dejaba paso a una época de desarrollo incomparablemente más amplio del movimiento obrero en todos los países del mundo, época en que este movimiento había de desplegarse en extensión, con la creación de partidos obreros socialistas de masas dentro de cada Estado nacional.

Su intensa labor en la Internacional y sus actividades teóricas, aún más intensas, minaron definitivamente la salud de Marx. Prosiguió su obra de relaboración de la economía política y se consagró a terminar El Capital, recopilando con este fin multitud de nuevos documentos y poniéndose a estudiar varios idiomas (entre ellos el ruso), pero la enfermedad le impidió concluir El Capital.

El 2 de diciembre de 1881 murió su esposa, y el 14 de marzo de 1883 Marx se quedó dormido apaciblemente para siempre en su sillón. Está enterrado, junto a su mujer, en el cementerio londinense de Highgate. Varios hijos de Marx murieron en la infancia en Londres, cuando la familia vivía en la miseria. Tres de sus hijas se casaron con socialistas de Inglaterra y Francia: Eleonora Eveling, Laura Lafargue y Jenny Longuet. Un hijo de esta última es miembro del Partido Socialista Francés.

La doctrina de Marx

El marxismo es el sistema de las concepciones y de la doctrina de Marx. Este continúa y corona genialmente las tres principales corrientes ideológicas del siglo XIX, que pertenecen a los tres países más avanzados de la humanidad: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés, vinculado a las doctrinas revolucionarias france sas en general. La admirable coherencia y la integridad de sus concepciones -- cualidades reconocidas incluso por sus adver sarios --, que constituyen en su conjunto el materialismo y el socialismo científicos contemporáneos como teoría y programa del movimiento obrero de todos los países civilizados del mundo, nos obligan a esbozar brevemente su concepción del mundo en general antes de exponer el contenido esencial del marxismo, o sea, la doctrina económica de Marx. 
 

El Materialismo Filosófico

Desde 1844-1845, años en que se formaron sus concepciones, Marx fue materialista y, especialmente, partidario de Ludwig Feuerbach, cuyos puntos débiles vio, más tarde, en la insuficiente consecuencia y amplitud de su materialismo. Para Marx, la significación histórica universal de Feuerbach, que "hizo época", residía precisamente en el hecho de haber roto en forma resuelta con el idealismo de Hegel y proclamado el materialismo, que ya "en el siglo XVIII, sobre todo en Francia, representaba la lucha, no sólo contra las instituciones políticas existentes y al mismo tiempo contra la religión y la teología, sino también [. . .] contra la metafísica en general" (entendiendo por ella toda "especulación ebria", a diferencia de la "filosofía sobria") (La Sagrada Familia, en La herencia literaria ). "Para Hegel -- escribía Marx --, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo de lo real [. . .]. Para mí lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre." (C. Marx, El Capital, t. I, "Palabras finales a la 2a ed."). Mostrándose plenamente de acuerdo con esta filosofía materialista de Marx, F. Engels escribía lo siguiente, al exponerla en su Anti-Dühring (véase ), obra cuyo manuscrito conoció Marx: . . . "La unidad del mundo no existe en su ser, sino en su materialidad, que ha sido demostrada [. . .] en el largo y penoso desarrollo de la filosofía y de las ciencias naturales [. . .]. El movimiento es la forma de existencia de la materia. Jamás, ni en parte alguna, ha existido ni puede existir materia sin movimiento, ni movimiento sin materia [. . .]. Pero si seguimos preguntando qué son y de dónde proceden el pensar y la conciencia, nos encontramos con que son productos del cerebro humano y con que el mismo hombre no es más que un producto de la naturaleza, que se ha desarrollado en un determinado ambiente natural y junto con éste; por donde llegamos a la conclusión lógica de que los productos del cerebro humano, que en última instancia no son tampoco más que productos de la naturaleza, no se contradicen, sino que corresponden al resto de la concatenación de la naturaleza". "Hegel era idealista, es decir, que para él las ideas de nuestra cabeza no son reflejos [Abbilder, esto es, imágenes, pero a veces Engels habla de "reproducciones"] más o menos abstractos de los objetos y fenómenos de la realidad, sino que los objetos y su desarrollo se le antojaban, por el contrario, imágenes de una idea existentes no se sabe dónde, ya antes de que existiese el mundo." En Ludwig Feuerbach [6], obra en la que Engels expone sus ideas y las de Marx sobre la filosofía de Feuerbach, y cuyo original envió a la imprenta después de revisar un antiguo manuscrito suyo y de Marx, que databa de los años 1844-1845, sobre Hegel, Feuerbach y la concepción materialista de la historia, escribe Engels: "El gran problema cardinal de toda filosofía, especialmente de la moderna, es el problema de la relación entre el pensar y el ser, entre el espíritu y la naturaleza [. . .]. ¿Qué está primero: el espíritu o la naturaleza? [. . .] Los filósofos se dividieron en dos grandes campos, según la contestación que diesen a esta pregunta. Los que afirmaban que el espíritu estaba antes que la naturaleza y que, por lo tanto, reconocían, en última instancia, una creación del mundo bajo una u otra forma [. . .], constituyeron el campo del idealismo. Los demás, los que reputaban la naturaleza como principio fundamental, adhirieron a distintas escuelas del materialismo". Todo otro empleo de los conceptos de idealismo y materialismo (en sentido filosófico) sólo conduce a la confusión. Marx rechazaba enérgicamente, no sólo el idealismo -- vinculado siempre, de un modo u otro, a la religión --, sino también los puntos de vista de Hume y Kant, tan difundidos en nuestros días, es decir, el agnosticismo, el criticismo y el positivismo en sus diferentes formas; para Marx esta clase de filosofía era una concesión "reaccionaria" al idealismo y, en el mejor de los casos, una "manera vergonzante de aceptar el materialismo bajo cuerda y renegar de él públicamente". Sobre esto puede consultarse, además de las obras ya citadas de Engels y Marx, la carta de este último a Engels, fechada el 12 de diciembre de 1868, en la que habla de unas manifestaciones del célebre naturalista T. Huxley. En ella, a la vez que hace notar que Huxley se muestra "más materialista" que de ordinario, y reconoce que "si observamos y pensamos realmente, nunca podemos salirnos del materialismo", Marx le reprocha que deje abierto un "portillo" al agnosticismo, a la filosofía de Hume. En particular debemos destacar la concepción de Marx acerca de las relaciones entre la libertad y la necesidad: "La necesidad sólo es ciega en cuanto no se la comprende. La libertad no es otra cosa que el conocimiento de la necesidad" (Engels, Anti-Dühring ) = reconocimiento de la sujeción objetiva de la naturaleza a leyes y de la trasformación dialéctica de la necesidad en libertad (a la par que de la trasformación de la "cosa en sí" no conocida aún, pero cognoscible, en "cosa para nosotros", de la "esencia de las cosas" en "fenómenos"). El defecto fundamental del "viejo" materialismo, incluido el de Feuerbach (y con mayor razón aún el del materialismo "vulgar" de Buchner, Vogt y Moleschott) consistía, según Marx y Engels, en lo siguiente: 1) en que este materialismo era "predominantemente mecanicista" y no tenía en cuenta los últimos progresos de la química y de la biología (a los que habría que agregar en nuestros días los de la teoría eléctrica de la materia); 2) en que el viejo materialismo no era histórico ni dialéctico (sino metafísico, en el sentido de antidialéctico) y no mantenía consecuentemente ni en todos sus aspectos el punto de vista del desarrollo; 3) en que concebían "la esencia del hombre" en forma abstracta, y no como el "conjunto de las relaciones sociales" (históricamente concretas y determinadas), por cuya razón se limitaban a "explicar" el mundo cuando en realidad se trata de "trasformar lo"; es decir, en que no comprendían la importancia de la "actividad práctica revolucionaria". 
 

La Dialéctica

La dialéctica hegeliana, o sea, la doctrina más multilateral, más rica en contenido y más profunda del desarrollo, era para Marx y Engels la mayor conquista de la filosofía clásica alemana. Toda otra formulación del principio del desarrollo, de la evolución, les parecía unilateral y pobre, deformadora y mutiladora de la verdadera marcha del desarrollo en la naturaleza y en la sociedad (marcha que a menudo se efectúa a través de saltos, cataclismos y revoluciones). "Marx y yo fuimos casi los únicos que nos planteamos la tarea de salvar [del descalabro del idealismo, incluido el hegelianismo] la dialéctica conciente para traerla a la concepción materialista de la naturaleza." "La naturaleza es la confirmación de la dialéctica, y precisamente son las modernas ciencias naturales las que nos han brindado un extraordinario acervo de datos [¡y esto fue escrito antes de que se descubriera el radio, los electrones, la trasformación de los elementos, etc.!] y enriquecido cada día que pasa, demostrando con ello que la naturaleza se mueve, en última instancia, dialéctica, y no metafísicamente." 

"La gran idea fundamental -- escribe Engels -- de que el mundo no se compone de un conjunto de objetos terminados y acabados, sino que representa en sí un conjunto de procesos, en el que las cosas que parecen inmutables, al igual que sus imágenes mentales en nuestro cerebro, es decir, los conceptos, se hallan sujetos a un continuo cambio, a un proceso de nacimiento y muerte; esta gran idea fundamental se encuentra ya tan arraigada desde Hegel en la conciencia común, que apenas habrá alguien que la discuta en su forma general. Pero una cosa es reconocerla de palabra y otra aplicarla en cada caso particular y en cada campo de investigación." "Para la filosofía dialéctica no existe nada establecido de una vez para siempre, nada absoluto, consagrado.; en todo ve lo que hay de perecedero, y no deja en pie más que el proceso ininterrumpido del aparecer y desaparecer, del infinito movimiento ascensional de lo inferior a lo superior. Y esta misma filosofía es un mero reflejo de ese proceso en el cerebro pensante." Así, pues, la dialéctica es, según Marx, "la ciencia de las leyes generales del movimiento, tanto del mundo exterior como del pensamiento humano".

Este aspecto revolucionario de la filosofía hegeliana es el que Marx recoge y desarrolla. El materialismo dialéctico "no necesita de ninguna filosofía situada por encima de las demás ciencias". De la filosofía anterior queda en pie "la teoría del pensamiento y sus leyes, es decir, la lógica formal y la dialéctica". Y la dialéctica, tal como la concibe Marx, y también según Hegel, abarca lo que hoy se llama teoría del conocimiento o gnoseología, ciencia que debe enfocar también su objeto desde un punto de vista histórico, investigando y generalizando los orígenes y el desarrollo del conocimiento, y el paso de la falta de conocimiento al conocimiento. 

En nuestro tiempo, la idea del desarrollo, de la evolución, ha penetrado casi en su integridad en la conciencia social, pero no a través de la filosofía de Hegel, sino por otros caminos. Sin embargo, esta idea, tal como la formularon Marx y Engels, apoyándose en Hegel, es mucho más completa, mucho más rica en contenido que la teoría de la evolución al uso. Es un desarrollo que, al parecer, repite etapas ya recorridas, pero de otro modo, sobre una base más alta ("negación de la negación"), un desarrollo, por decirlo así, en espiral y no en línea recta; un desarrollo que se opera en forma de saltos, a través de cataclismos y revoluciones, que significan "interrupciones de la gradualidad"; un desarrollo que es trasformación de la cantidad en calidad, impulsos internos de desarrollo originados por la contradicción, por el choque de las diversas fuerzas y tendencias, que actúan sobre determinado cuerpo, o dentro de los límites de un fenómeno dado o en el seno de una sociedad dada; interdependencia íntima e indisoluble concatenación de todos los aspectos de cada fenómeno (con la particularidad de que la historia pone constantemente al descubierto nuevos aspectos), concatenación que ofrece un proceso de movimiento único, universal y sujeto a leyes; tales son algunos rasgos de la dialéctica, teoría mucho más empapada de contenido que la (habitual) doctrina de la evolución. (Véase la carta de Marx a Engels del 8 de enero de 1868, en la que se mofa de las "rígidas tricotomías" de Stein, que sería ridículo confundir con la dialéctica materialista.) 

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La Concepción Materialista de la Historia

La conciencia de que el viejo materialismo era una teoría inconsecuente, incompleta y unilateral llevó a Marx a la convicción de que era indispensable "poner en consonancia la ciencia de la sociedad con la base materialista y reconstruirla sobre esta base". Si el materialismo en general explica la conciencia por el ser, y no al contrario, aplicado a la vida social de la humanidad exige que la conciencia social se explique por el ser social. "La tecnología -- dice Marx (en El Capital, t. I) -- pone al descubierto la relación activa del hombre con la naturaleza, el proceso inmediato de producción de su vida, y, a la vez, sus condiciones sociales de vida y de las representaciones espirituales que de ellas se derivan." Y en el "prólogo a su Contribución a la crítica de la economía política ", Marx ofrece una formulación integral de las tesis fundamentales del materialismo aplicadas a la sociedad humana y a su historia. He aquí sus palabras: 

"En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.

"El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se erige una superestructura política y jurídica, y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social el que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas de ellas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre la revolución material producida en las condiciones económicas de producción, y que puede verificarse con la precisión propia de las ciencias naturales, y las revoluciones jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, de las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo.

"Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de si, no podemos juzgar tampoco estas épocas de revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. . ." "A grandes rasgos, podemos señalar como otras tantas épocas de progreso en la formación económica de la sociedad, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués." (Véase la breve formulación que Marx da en su carta a Engels del 7 de julio de 1866: "Nuestra teoria de que la organización del trabajo está determinada por los medios de producción".)

El descubrimiento de la concepción materialista de la historia, o mejor dicho, la consecuente aplicación y extensión del materialismo al dominio de los fenómenos sociales, superó los dos defectos fundamentales de las viejas teorías de la historia. En primer lugar, estas teorías solamente examinaban, en el mejor de los casos, los móviles ideológicos de la actividad histórica de los hombres, sin investigar el origen de esos móviles, sin captar las leyes objetivas que rigen el desarrollo del sistema de las relaciones sociales, ni ver las raices de éstas en el grado de desarrollo de la producción material; en segundo lugar, las viejas teorias no abarcaban precisamente las acciones de las masas de la población, mientras que el materialismo histórico permitió estudiar, por vez primera y con la exactitud de las ciencias naturales, las condiciones sociales de la vida de las masas y los cambios operados en estas condiciones. La "sociologia" y la historiografía anteriores a Marx proporcio naban, en el mejor de los casos, un cúmulo de datos crudos, recopilados fragmentariamente, y la descripción de aspectos aislados del proceso histórico. El marxismo señaló el camino para un estudio global y multilateral del proceso de aparición, desarrollo y decadencia de las formaciones económico-sociales, examinando el conjunto de todas las tendencias contradictorias y reduciéndolas a las condiciones, perfectamente determinables, de vida y de producción de las distintas clases de la sociedad, eliminando el subjetivismo y la arbitrariedad en la elección de las diversas ideas "dominantes" o en la interpretación de ellas, y poniendo al descubierto las raíces de todas las ideas sin excepción y de las diversas tendencias que se manifiestan en el estado de las fuerzas productivas materiales. Los hombres hacen su propia historia, ¿pero qué determina los móviles de estos hombres, y precisamente de las masas humanas?; ¿qué es lo que provoca los choques de ideas y las aspiraciones contradictorias?; ¿qué representa el conjunto de todos estos choques que se producen en la masa entera de las sociedades humanas?; ¿cuáles son las condiciones objetivas de producción de la vida material que crean la base de toda la actividad histórica de los hombres?; ¿cuál es la ley que rige el desenvolvimiento de estas condiciones? Marx concentró su atención en todo esto y trazó el camino para estudiar científicamente la historia como un proceso único, regido por leyes, en toda su inmensa diversidad y con su carácter contradictorio. 
 

La Lucha de Clases

Todo el mundo sabe que en cualquier sociedad las aspiraciones de una parte de sus miembros chocan abiertamente con las aspiraciones de otros, que la vida social está llena de contradicciones, que la historia nos muestra una lucha entre pueblos y sociedades, así como en su propio seno; todo el mundo sabe también que se suceden los períodos de revolución y reacción, de paz y de guerras, de estancamiento y de rápido progreso o decadencia. El marxismo nos proporciona el hilo conductor que permite descubrir una sujeción a leyes en este aparente laberinto y caos, a saber: la teoría de la lucha de clases. Sólo el estudio del conjunto de las aspiraciones de todos los miembros de una sociedad dada o de un grupo de sociedades, puede conducirnos a una determinación científica del resultado de esas aspiraciones. Ahora bien, la fuente de que brotan esas aspiraciones contradictorias son siempre las diferencias de situación y de condiciones de vida de las clases en que se divide cada sociedad. "La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días -- dice Marx en el Manifiesto Comunista (exceptuando la historia del régimen de la comunidad primitiva, añade más tarde Engels) -- es la historia de las luchas de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales; en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces, y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la trasformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes [. . .]. La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Unicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresion, las viejas formas de lucha, por otras nuevas. Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose cada vez más en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado." A partir de la Gran Revolución Francesa, la historia de Europa pone de relieve en distintos países, con especial evidencia, el verdadero fondo de los acontecimientos, la lucha de clases. Y ya en la época de la restauración se destacan en Francia algunos historiadores (Thierry, Guizot, Mignet y Thiers) que, al generalizar los acontecimientos, no pudieron dejar de reconocer que la lucha de clases era la clave para la comprensión de toda la historia francesa. Y la época contemporánea, es decir, la época que señala el triunfo completo de la burguesía y de las instituciones representativas, del sufragio amplio (cuando no universal), de la prensa diaria barata que llega a las masas, etc., la época de las poderosas asociaciones obreras y patronales cada vez más vastas, etc., pone de manifiesto de un modo todavía más patente (aunque a veces en forma unilateral, "pacífica" y "constitucional") que la lucha de clases es la fuerza motriz de los acontecimientos. El siguiente pasaje del Manifiesto Comunista nos revela lo que Marx exigía de la ciencia social en cuanto al análisis objetivo de la situación de cada clase en la sociedad moderna y en relación con el examen de las condiciones de desarrollo de cada clase: "De todas las clases que hoy se enfrentan con ía burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar. Las capas medias -- el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano y el campesino -- , todas ellas luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son, pues, revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias, ya que pretenden volver atrás la rueda de la historia. Son revolucionarias únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado; defendiendo así, no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, cuando abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado". En una serie de obras históricas (véase la Bibliografía ), Marx nos ofrece brillantes y profundos ejemplos de historiografía materialista, de análisis de la situación de cada clase en particular y a veces de los diferentes grupos o capas que se manifiestan dentro de ella, mostrando palmariamente por qué y cómo "toda lucha de clases es una lucha política". El pasaje que acabamos de citar ilustra cuán intrincada es la red de relaciones sociales y fases de transición de una clase a otra, del pasado al porvenir, que Marx analiza para determinar la resultante total del desarrollo histórico.

La confirmación y aplicación más profunda, más completa y detallada de la teoría de Marx es su doctrina económica. 

 

La doctrina económica de Marx

"Y la finalidad última de esta obra -- dice Marx en el prólogo a El Capital -- es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna", es decir, de la sociedad capitalista, burguesa. El estudio de las relaciones de producción de una sociedad dada, históricamente determinada, en su aparición, desarrollo y decadencia: tal es el contenido de la doctrina económica de Marx. En la sociedad capitalista impera la producción de mercancías ; por eso, el análisis de Marx empieza con el análisis de la mercancía. 

 

El Valor

La mercancía es, en primer lugar, una cosa que satisface una determinada necesidad humana y, en segundo lugar, una cosa que se cambia por otra. La utilidad de una cosa hace de ella un valor de uso. El valor de cambio (o, sencillamente el valor) es, ante todo, la relación o proporción en que se cambia cierto número de valores de uso de una clase por un determinado número de valores de uso de otra clase. La experiencia diaria nos muestra que, a través de millones y miles de millones de esos actos de intercambio, se equiparan constantemente todo género de valores de uso, aun los más diversos y menos equiparables entre sí. ¿Qué es lo que tienen de común esos diversos objetos, que constantemente son equiparados entre sí en determinado sistema de relaciones sociales? Tienen de común el que todos ellos son productos del trabajo. Al cambiar sus productos, los hombres equiparan los mas diversos tipos de trabajo. La producción de mercancías es un sistema de relaciones sociales en que los distintos productores crean diversos productos (división social del trabajo), y todos estos productos se equiparan entre sí por medio del cambio. Por lo tanto, lo que todas las mercancías encierran de común no es el trabajo concreto de una determinada rama de producción, no es un trabajo de determinado tipo, sino el trabajo humano abstracto, el trabajo humano en general. Toda la fuerza de trabajo de una sociedad dada, representada por la suma de valores de todas las mercancías, es una y la misma fuerza humana de trabajo; así lo evidencian miles de millones de actos de cambio. Por consiguiente, cada mercancía en particular no representa más que una determinada parte del tiempo de trabajo socialmente necesario. La magnitud del valor se determina por la cantidad de trabajo socialmente necesario o por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir cierta mercancía o cierto valor de uso. "Al equiparar unos con otros, en el cambio, sus diversos productos, lo que hacen los hombres es equiparar entre sí sus diversos trabajos como modalidades del trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen." El valor es, como dijo un viejo economista, una relación entre dos personas; pero debió añadir simplemente: relación encubierta por una envoltura material. Sólo partiendo del sistema de relaciones sociales de producción de una formación social históricamente determinada, relaciones que se manifiestan en el fenómeno masivo del cambio, repetido miles de millones de veces, podemos comprender lo que es el valor. "Como valores, las mercancías no son más que cantidades determinadas de tiempo de trabajo coagulado." Después de analizar en detalle el doble carácter del trabajo materializado en las mercancías, Marx pasa al análisis de la forma del valor y del dinero. Con ello se propone, fundamentalmente, investigar el origen de la forma monetaria del valor, estudiar el proceso histórico de desenvolvimiento del cambio, comenzando por las operaciones sueltas y fortuitas de trueque ("forma simple, suelta o fortuita del valor", en que una cantidad de mercancía es cambiada por otra) hasta remontarse a la forma universal del valor, en que mercancías diferentes se cambian por una mercancía concreta, siempre la misma, y llegar a la forma monetaria del valor, en que la función de esta mercancía, o sea, la función de equivalente universal, la desempeña el oro. El dinero, producto supremo del desarrollo del cambio y de la producción de mercancías, disfraza y oculta el carácter social de los trabajos privados, la concatenación social existente entre los diversos productores unidos por el mercado. Marx somete a un análisis extraordinariamente minucioso las diversas funciones del dinero, debiendo advertirse, pues tiene gran importancia, que en este caso (como, en general, en todos los primeros capítulos de El Capital ) la forma abstracta de la exposición, que a veces parece puramente deductiva, recoge en realidad un gigantesco material basado en hechos sobre la historia del desarrollo del cambio y de la producción de mercancías. "El dinero presupone cierto nivel del cambio de mercancías. Las diversas formas del dinero -- simple equivalente de mercancías o medio de circulación, medio de pago, de atesoramiento y dinero mundial -- señalan, según el distinto volumen y predominio relativo de tal o cual función, fases muy distintas del proceso social de producción" (El Capital, I). 
 

La Plusvalía

Al alcanzar la producción de mercancías determinado grado de desarrollo, el dinero se convierte en capital. La fórmula de la circulación de mercancías era: M (mercancía) -- D (dinero) -- M (mercancía), o sea, venta de una mercancía para comprar otra. Por el contrario, la fórmula general del capital es D -- M -- D, o sea, la compra para la venta (con ganancia). Marx llama plusvalía a este incremento del valor primitivo del dinero que se lanza a la circulación. Que el dinero lanzado a la circulación capitalista "crece", es un hecho conocido de todo el mundo. Y precisamente ese "crecimiento" es lo que convierte el dinero en capital, como relación social de producción particular, históricamente determinada. La plusvalía no puede brotar de la circulación de mercancías, pues ésta sólo conoce el intercambio de equivalentes; tampoco puede provenir de un alza de los precios, pues las pérdidas y las ganancias recíprocas de vendedores y compradores se equilibrarían; se trata de un fenómeno masivo, medio, social, y no de un fenómeno individual. Para obtener plusvalía "el poseedor del dinero necesita encontrar en el mercado una mercancía cuyo valor de uso posea la cualidad peculiar de ser fuente de valor", una mercancía cuyo proceso de consumo sea, al mismo tiempo, proceso de creación de valor. Y esta mercancía existe: es la fuerza de trabajo del hombre. Su consumo es trabajo y el trabajo crea valor. El poseedor del dinero compra la fuerza de trabajo por su valor, valor que es determinado, como el de cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción (es decir, por el costo del mantenimiento del obrero y su familia). Una vez que ha comprado la fuerza de trabajo el poseedor del dinero tiene derecho a consumirla, es decir, a obligarla a trabajar durante un día entero, por ejemplo, durante doce horas. En realidad el obrero crea en seis horas (tiempo de trabajo "necesario") un producto con el que cubre los gastos de su mantenimiento; durante las seis horas restantes (tiempo de trabajo "suplementario") crea un "plusproducto" no retribuido por el capitalista, que es la plusvalía. Por consiguiente, desde el punto de vista del proceso de la producción, en el capital hay que distinguir dos partes: capital constante, invertido en medios de producción (máquinas, instrumentos de trabajo, materias primas, etc.) -- y cuyo valor se trasfiere sin cambio de magnitud (de una vez o en partes) a las mercancías producidas --, y capital variable, invertido en fuerza de trabajo. El valor de este capital no permanece invariable, sino que se acrecienta en el proceso del trabajo, al crear la plusvalía. Por lo tanto, para expresar el grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, tenemos que comparar la plusvalía obtenida, no con el capital global, sino exclusivamente con el capital variable. La cuota de plusvalía, como llama Marx a esta relación, sería, pues, en nuestro ejemplo, de 6:6, es decir, del 100 por ciento.

Las premisas históricas para la aparición del capital son: primera, la acumulación de determinada suma de dinero en manos de ciertas personas, con un nivel de desarrollo relativamente alto de la producción de mercancías en general ¡ segunda, la existencia de obreros "libres" en un doble sentido -- libres de todas las trabas o restricciones impuestas a la venta de la fuerza de trabajo, y libres por carecer de tierra y, en general, de medios de producción --, de obreros desposeídos, de obreros "proletarios" que, para subsistir, no tienen más recursos que la venta de su fuerza de trabajo. 

Dos son los modos principales para poder incrementar la plusvalía: mediante la prolongación de la jornada de trabajo ("plusvalía absoluta") y mediante la reducción del tiempo de trabajo necesario ("plusvalía relativa"). Al analizar el primer modo, Marx hace desfilar ante nosotros el grandioso panorama de la lucha de la clase obrera para reducir la jornada de trabajo y de la intervención del poder estatal, primero para prolongarla (en el período que media entre los siglos XIV y XVII) y después para reducirla (legislación fabril del siglo XIX). Desde la aparición de El Capital, la historia del movimiento obrero de todos los países civilizados ha aportado miles y miles de nuevos hechos que ilustran este panorama.

Al proceder a su análisis de la producción de plusvalía relativa, Marx investiga las tres etapas históricas fundamenta les de la elevación de la productividad del trabajo por el capitalismo: 1) la cooperación simple; 2) la división del trabajo y la manufactura; 3) la maquinaria y la gran industria. La profundidad con que Marx aquí pone de relieve los rasgos fundamentales y típicos del desarrollo del capitalismo nos demuestra, entre otras cosas, el hecho de que el estudio de la llamada industria de los kustares* en Rusia ha aportado un abundantísimo material para ilustrar las dos primeras etapas de las tres mencionadas. En cuanto a la acción revolucionaria de la gran industria maquinizada, descrita por Marx en 1867, durante el medio siglo trascurrido desde entonces ha venido a revelarse en toda una serie de países "nuevos" (Rusia, Japón, etc.).

Prosigamos. Importantísimo y nuevo es el análisis de Marx de la acumulación del capital, es decir, de la trasformación de una parte de la plusvalía en capital, y de su empleo, no para satisfacer las necesidades personales o los caprichos del capitalista, sino para renovar la producción. Marx hace ver el error de toda la economía política clásica anterior (desde Adam Smith) al suponer que toda la plusvalía que se convertía en capital pasaba a formar parte del capital variable, cuando en realidad se descompone en medios de producción más capital variable. En el proceso de desarrollo del capitalismo y de su trasformación en socialismo tiene una inmensa importancia el que la parte del capital constante (en la suma total del capital) se incremente con mayor rapidez que la parte del capital variable.

Al acelerar el desplazamiento de los obreros por la maquinaria, produciendo riqueza en un polo y miseria en el polo opuesto, la acumulación del capital crea también el llamado "ejército industrial de reserva", el "sobrante relativo" de obreros o "superpoblación capitalista", que reviste formas extraordinariamente diversas y permite al capital ampliar la producción con singular rapidez. Esta posibilidad, relacionada con el crédito y la acumulación de capital en medios de producción, nos proporciona, entre otras cosas, la clave para comprender las crisis de superproducción, que estallan periódicamente en los países capitalistas, primero cada diez años, término medio, y luego con intervalos mayores y menos precisos. De la acumulación del capital sobre la base del capitalismo hay que distinguir la llamada acumulación primitiva, que se lleva a cabo mediante la separación violenta del trabajador de los medios de producción, expulsión del campesino de su tierra, robo de los terrenos comunales, sistema colonial, sistema de la deuda pública, tarifas aduaneras proteccionistas, etc. La "acumulación primitiva" crea en un polo al proletario "libre" y en el otro al poseedor del dinero, el capitalista. 

Marx caracteriza la "tendencia histórica de la acumulación capitalista" con las famosas palabras siguientes: "La expropiación del productor directo se lleva a cabo con el más despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más infames, más sucias, más mezquinas y más desenfrenadas. La propiedad privada, fruto del propio trabajo [del campesino y del artesano], y basada, por decirlo así, en la compenetración del obrero individual e independiente con sus instrumentos y medios de trabajo, es desplazada por la propiedad privada capitalista, basada en la explotación de la fuerza de trabajo ajena, aunque formalmente libre [. . .]. Ahora ya no se trata de expropiar al trabajador dueño de una economía independiente, sino de expropiar al capitalista explotador de numerosos obreros. Esta expropiación la lleva a cabo el juego de las leyes inmanentes de la propia producción capitalista, la centralización de los capitales. Un capitalista derrota a otros muchos. Paralelamente con esta centralización del capital o expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrolla en una escala cada vez mayor la forma cooperativa del proceso de trabajo, la aplicación técnica conciente de la ciencia, la explotación planificada de la tierra, la trasformación de los medios de trabajo en medios de trabajo utilizables sólo colectivamente, la economía de todos los medios de producción al ser empleados como medios de producción de un trabajo combinado, social, la absorción de todos los países por la red del mercado mundial y, como consecuencia de esto, el carácter internacional del régimen capitalista. Conforme disminuye progresivamente el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan todos los beneficios de este proceso de trasformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, que es aleccionada, unificada y organizada por el mecanismo del propio proceso capitalista de producción El monopolio del capital se convierte en grillete del modo de producción que ha crecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que son ya incompatibles con su envoltura capitalista. Esta envoltura estalla. Suena la hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados" (EI Capital, t. I). 

También es sumamente importante y nuevo el análisis que hace Marx más adelante de la reproducción del capital social, considerado en su conjunto, en el tomo II de El Capital. Tampoco en este caso toma Marx un fenómeno individual, sino de masas; no toma una parte fragmentaria de la economía de la sociedad, sino toda la economía en su conjunto. Rectificando el error en que incurren los economistas clásicos antes mencionados, Marx divide toda la producción social en dos grandes secciones: 1) producción de medios de producción y 2) producción de artículos de consumo. Y, apoyándose en cifras, analiza minuciosamente la circulación del capital social en su conjunto, tanto en la reproducción de envergadura anterior como en la acumulación. En el tomo III de El Capital se resuelve, sobre la base de la ley del valor, el problema de la formación de la cuota media de ganancia. Constituye un gran progreso en la ciencia económica el que Marx parta siempre, en sus análisis, de los fenómenos económicos generales, del conjunto de la economía social, y no de casos aislados o de las manifestaciones superficiales de la competencia, que es a lo que suele limitarse la economía política vulgar o la moderna "teoría de la utilidad límite". Marx analiza primero el origen de la plusvalía y luego pasa a ver su descomposición en ganancia, interés y renta del suelo. La ganancia es la relación de la plusvalía con todo el capital invertido en una empresa. El capital de "alta composición orgánica" (es decir, aquel en el cual el capital constante predomina sobre el variable en proporciones superiores a la media social) arroja una cuota de ganancia inferior a la cuota media. El capital de "baja composición orgánica" da, por el contrario, una cuota de ganancia superior a la media. La competencia entre los capitales, su libre paso de unas ramas de producción a otras, reducen en ambos casos la cuota de ganancia a la cuota media. La suma de los valores de todas las mercancías de una sociedad dada coincide con la suma de precios de estas mercancías; pero en las distintas empresas y en las diversas ramas de producción las mercancías, bajo la presión de la competencia, no se venden por su valor, sino por el precio de producción, que equivale al capital invertido más la ganancia media.

Así, pues, un hecho conocido de todos, e indiscutible, es decir, el hecho de que los precios difieren de los valores y de que las ganancias se nivelan, lo explica Marx perfectamente partiendo de la ley del valor, pues la suma de los valores de todas las mercancías coincide con la suma de sus precios. Sin embargo, la reducción del valor (social) a los precios (individuales) no es una operación simple y directa, sino que sigue una vía indirecta y muy complicada: es perfectamente natural que en una sociedad de productores de mercancías dispersos, vinculados sólo por el mercado, las leyes que rigen esa sociedad no puedan manifestarse más que como leyes medias, sociales, generales, con una compensación mutua de las desviaciones individuales manifestadas en uno u otro sentido. 

La elevación de la productividad del trabajo significa un incremento más rápido del capital constante en comparación con el variable. Pero como la creación de plusvalía es función privativa de éste, se comprende que la cuota de ganancia (o sea, la relación que guarda la plusvalía con todo el capital, y no sólo con su parte variable) acuse una tendencia a la baja. Marx analiza minuciosamente esta tendencia, así como las diversas circunstancias que la ocultan o contrarrestan. Sin detenernos a exponer los capítulos extraordinariamente interesantes del tomo III, que estudian el capítulo usurario, comercial y financiero, pasaremos a lo esencial, a la teoría de la renta del suelo. Debido a la limitación de la superficie de la tierra, que en los países capitalistas es ocupada enteramente por los propietarios particulares, el precio de producción de los productos agrícolas no lo determinan los gastos de producción en los terrenos de calidad media, sino en los de calidad inferior; no lo determinan las condiciones medias en que el producto se lleva al mercado, sino las condiciones peores. La diferencia existente entre este precio y el de producción en las tierras mejores (o en condiciones más favorables de producción) da lugar a una diferencia o renta diferencial. Marx analiza detenidamente la renta diferencial y de muestra que brota de la diferente fertilidad del suelo, de la diferencia de los capitales invertidos en el cultivo de las tierras, poniendo totalmente al descubierto (véase también la Teoría de la plusvalía, donde merece una atención especial la crítica que hace a Rodbertus) el error de Ricardo, según el cual la renta diferencial sólo se obtiene con el paso sucesivo de las tierras mejores a las peores. Por el contrario, se dan también casos inversos: tierras de una clase determinada se trasforman en tierras de otra clase (gracias a los progresos de la técnica agrícola, a la expansión de las ciudades, etc.), por lo que la tristemente célebre "ley del rendimiento decreciente del suelo" es profundamente errónea y representa un intento de cargar sobre la naturaleza los defectos, las limitaciones y contradicciones del capitalismo. Además, la igualdad de ganancias en todas las ramas de la industria y de la economía nacional presupone la plena libertad de competencia, la libertad de trasferir los capitales de una rama de producción a otra. Pero la propiedad privada sobre el suelo crea un monopolio, que es un obstáculo para la libre trasferencia. En virtud de ese monopolio, los productos de la economía agrícola, que se distingue por una baja composición del capital y, en consecuencia, por una cuota de ganancia individual más alta, no entran en el proceso totalmente libre de nivelación de las cuotas de ganancia. El propietario de la tierra, como monopolista, puede mantener sus precios por encima del nivel medio, y este precio de monopolio origina la renta absoluta. La renta diferencial no puede ser abolida mientras exista el capitalismo; en cambio, la renta absoluta puede serlo; por ejemplo, cuando se nacionaliza la tierra, convirtiéndola en propiedad del Estado. Este paso significaría el socavamiento del monopolio de los propietarios privados, así como una aplicación más consecuente y plena de la libre competencia en la agricultura. Por eso los burgueses radicales, advierte Marx, han presentado repetidas veces a lo largo de la historia esta reivindicación burguesa progresista de la nacionalización de la tierra, que asusta, sin embargo, a la mayoría de los burgueses, pues "afecta" demasiado de cerca a otro monopolio mucho más importante y "sensible" en nuestros días: el monopolio de los medios de producción en general. (El propio Marx expone en un lenguaje muy popular, conciso y claro su teoría de la ganancia media sobre el capital y de la renta absoluta del suelo, en la carta que dirige a Engels el 2 de agosto de 1862. Véase Correspondencia, t. III, págs. 77-81, y también en las págs. 86-87, la carta del 9 de agosto de 1862.) Para la historia de la renta del suelo resulta importante señalar el análisis en que Marx demuestra cómo la trasformación de la renta en trabajo (cuando el campesino crea el plusproducto trabajando en la hacienda del terrateniente) en renta natural o renta en especie (cuando el campesino crea el plusproducto en su propia tierra, entregándolo luego al terrateniente bajo una "coerción extraeconómica"), después en renta en dinero (que es la misma renta en especie, sólo que convertida en dinero, el obrok, censo de la antigua Rusia, en virtud del desarrollo de la producción de mercancías) y finalmente, en la renta capitalista, cuando en lugar del campesino es el patrono quien cultiva la tierra con ayuda del trabajo asalariado. En relación con este análisis de la "génesis de la renta capitalista del suelo", hay que señalar una serie de profundas ideas (que tienen una importancia especial para los países atrasados, como Rusia) expuestas por Marx acerca de la evolución del capitalismo en la agricultura."La trasformación de la renta natural en renta en dinero va, además, no sólo necesariamente acompaña da, sino incluso anticipada por la formación de una clase de jornaleros desposeídos, que se contratan por dinero. Durante el período de nacimiento de dicha clase, en que ésta sólo aparece en forma esporádica, va desarrollándose, por lo tanto, necesariamente, en los campesinos mejor situados y sujetos a obrok, la costumbre de explotar por su cuenta a jornaleros agrícolas, del mismo modo que ya en la época feudal los campesinos más acomodados sujetos a vasallaje tenían a su servicio a otros vasallos. Esto va permitiendoles acumular poco a poco cierta fortuna y convertirse en futuros capitalistas. De este modo va formándose entre los antiguos poseedores de la tierra que la trabajaban por su cuenta, un semillero de arrendatarios capitalistas, cuyo desarrollo se halla condicionado por el desarrollo general de la producción capitalista fuera del campo. . ." (El Capital, t. III2a, 332). "La expropiación, el desahucio de una parte de la población rural no sólo 'libera' para el capital industrial a los obreros, sus medios de vida y sus materiales de trabajo, sino que además crea el mercado interior." (El Capital, t. I2a, pág. 778). La depauperación y la ruina de la población del campo influyen, a su vez, en la formación del ejército industrial de reserva para el capital. En todo país capitalista "una parte de la población rural se encuentra constantemente en trance de trasformarse en población urbana o manufacturera [es decir, no agrícola]. Esta fuente de superpoblación relativa flota constantemente [. . .]. El obrero agrícola se ve constantemente reducido al salario mínimo y vive siempre con un pie en el pantano del pauperismo" (El Capital, I2a, 668). La propiedad privada del campesino sobre la tierra que cultiva es la base de la pequeña producción y la condición para que ésta florezca y adquiera una forma clásica. Pero esa pequeña producción sólo es compatible con los límites estrechos y primitivos de la producción y de la sociedad. Bajo el capitalismo "la explotación de los campesinos se distingue de la explotación del proletariado industrial sólo por la forma. El explotador es el mismo: el capital. Individualmente, los capitalistas explotan a los campesinos individuales por medio de la hipoteca y de la usura; la clase capitalista explota a la clase campesina por medio de los impuestos del Estado" (Las luchas de clases en Francia ). "La parcela del campesino sólo es ya el pretexto que permite al capitalista extraer de la tierra ganancias, intereses y renta, dejando al agricultor que se las arregle para sacar como pueda su salario." (El Diecíocho Brumario.) Habitualmente, el campesino entrega incluso a la sociedad capitalista, es decir, a la clase capitalista, una parte de su salario, descendiendo "al nivel del arrendatario irlandés, aunque en apariencia es un propietario privado" (Las luchas de clases en Francia ). ¿Cuál es "una de las causas por las que en países en que predomina la propiedad parcelaria, el trigo se cotice a precio más bajo que en los países en que impera el régimen capitalista de producción"? (El Capital, t. III2a, 340). La causa es que el campesino entrega gratuitamente a la sociedad (es decir, a la clase capitalista) una parte del plusproducto. "Estos bajos precios [del trigo y los demás productos agrícolas] son, pues, un resultado de la pobreza de los productores y no, ni mucho menos, consecuencia de la productividad de su trabajo" (El Capital, t. III2a, 340). Bajo el capitalismo, la pequeña propiedad agraria, forma normal de la pequeña producción, degenera, se destruye y desaparece. "La pequeña propiedad agraria, por su propia naturaleza, es incompatible con el desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo, con las formas sociales del trabajo, con la concentración social de los capitales, con la ganadería en gran escala y con la utilización progresiva de la ciencia. La usura y el sistema de impuestos la conduce, inevitablemente, por doquier, a la ruina. El capital invertido en la compra de la tierra es sustraído al cultivo de ésta. Dispersión infinita de los medios de producción y diseminación de los productores mismos. [Las cooperativas, es decir, las asociaciones de pequeños campesinos, cumplen un extraordinario papel progresista desde el punto de vista burgués, pero sólo pueden conseguir atenuar esta tendencia, sin llegar a suprimirla; además, no se debe olvidar que estas cooperativas dan mucho a los campesinos acomodados y muy poco o casi nada a la masa de campesinos pobres, ni debe olvidarse tampoco que las propias asociaciones terminan por explotar el trabajo asalariado.] Inmenso derroche de energía humana; empeoramiento progresivo de las condiciones de producción y encarecimiento de los medios de producción: tal es la ley de la [pequeña] propiedad parcelaria." En la agricultura, lo mismo que en la industria, el capitalismo sólo trasforma el proceso de producción a costa del "martirologio de los productores". "La dispersión de los obreros del campo en grandes superficies quebranta su fuerza de resistencia, al paso que la concentración robustece la fuerza de resistencia de los obreros de la ciudad. Al igual que en la industria moderna, en la moderna agricultura, es decir en la capitalista, la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza obrera de trabajo. Además, todos los progresos realizados por la agricultura capitalista no son solamente progresos en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra [. . .]. Por lo tanto, la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción, minando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre". (EI Capital, t. I, final del capítulo XIII) 
 

El socialismo

Por lo expuesto, se ve que Marx llega a la conclusión de que es inevitable la trasformación de la sociedad capitalista en socialista basándose única y exclusivamente en la ley económica del movimiento de la sociedad moderna. La socialización del trabajo, que avanza cada vez con mayor rapidez bajo miles de formas, y que durante el medio siglo trascurrido desde la muerte de Marx se manifiesta en forma muy palpable en el incremento de la gran producción, de los cártels, los sindicatos y los trusts capitalistas, y en el gigantesco crecimiento del volumen y el poderío del capital financiero, es la base material más importante del advenimiento inevitable del socialismo. El motor intelectual y moral de esta trasformación, su agente físico, es el proletariado, educado por el propio capitalismo. Su lucha contra la burguesía, que se manifiesta en las formas más diversas, y cada vez más ricas en contenido, se convierte inevitablemente en lucha política por la conquista de su propio poder político (la "dictadura del proletariado"). La socialización de la producción no puede dejar de conducir a la trasformación de los medios de producción en propiedad social, es decir, a la "expropiación de los expropiadores". La enorme elevación de la productividad del trabajo, la reducción de la jornada de trabajo y la sustitución de los vestigios, de las ruinas de la pequeña producción, primitiva y desperdigada, por el trabajo colectivo perfeccionado: tales son las consecuencias directas de esa trasformación. El capitalismo rompe de modo definitivo los vínculos de la agricultura con la industria pero a la vez, al llegar a la culminación de su desarrollo, prepara nuevos elementos para restablecer esos vínculos, la unión de la industria con la agricultura, sobre la base de la aplicación conciente de la ciencia, de la combinación del trabajo colectivo y de un nuevo reparto de la población (acabando con el abandono del campo, con su aislamiento del mundo y con el atraso de la población rural, como también con la aglomeración antinatural de gigantescas masas humanas en las grandes ciudades). Las formas superiores del capitalismo actual preparan nuevas relaciones familiares, nuevas condiciones para la mujer y para la educación de las nuevas generaciones: el trabajo de las mujeres y de los niños, y la disolución de la familia patriarcal por el capitalismo, asumen inevitablemente en la sociedad moderna las formas más espantosas, miserables y repulsivas. No obstante, "la gran industria, al asignar a la mujer al joven y al niño de ambos sexos un papel decisivo en los procesos socialmente organizados de la producción, arrancándolos con ello a la órbita doméstica, crea las nuevas bases económicas para una forma superior de familia y de relaciones entre ambos sexos. Tan necio es, naturalmente, considerar absoluta la forma cristiano-germánica de la familia, como lo sería atribuir ese carácter a la forma romana antigua, a la antigua forma griega o a la forma oriental, entre las cuales media, por lo demás, un lazo de continuidad histórica. Y no es menos evidente que la existencia de un personal obrero combinado, en el que entran individuos de ambos sexos y de las más diversas edades, aunque hoy, en su forma capitalista primitiva y brutal, en que el obrero existe para el proceso de producción y no éste para el obrero, sea fuente apestosa de corrupción y esclavitud, bajo las condiciones que corresponden a este régimen necesariamente se trocará en fuente de evolución humana" (El Capital, t. I, final del cap. XIII). Del sistema fabril brota "el germen de la educación del porvenir en la que se combinará para todos los niños a partir de cierta edad el trabajo productivo con la enseñanza y la gimnasia, no sólo como método para intensificar la producción social, sino también como el único método que permite producir hombres plenamente desarrollados" (Loc. cit.). Sobre esa misma base histórica plantea el socialismo de Marx los problemas de la nacionalidad y del Estado, no limitándose a una explicación del pasado, sino previendo audazmente el porvenir y en el sentido de una intrépida actuación práctica encaminada a su realización. Los estados nacionales son el fruto inevitable y, además, una forma inevitable de la época burguesa de desarrollo de la sociedad. Y la clase obrera no podía fortalecerse, alcanzar su madurez y formarse, sin "organizarse en el marco de la nación", sin ser "nacional" ("aunque de ningún modo en el sentido burgués"). Pero el desarrollo del capitalismo va destruyendo cada vez más las barreras nacionales, pone fin al aislamiento nacional y sustituye los antagonismos nacionales por los antagonismos de clase. Por eso es una verdad innegable que en los países capitalistas adelantados "los obreros no tienen patria" y que la "conjunción de los esfuerzos" de los obreros, al menos de los países civilizados, "es una de las primeras condiciones de la emancipación del proletariado" (Manifiesto Comunista). El Estado, es decir, la violencia organizada, surgió inevitablemente en determinada fase del desarrollo social, cuando la sociedad se dividió en clases antagónicas y su existencia se hubiera hecho imposible sin un "poder" situado, aparentemente, por encima de la sociedad y hasta cierto punto seperado de ella. El Estado, fruto de los antagonismos de la clase, se convierte en "el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el Estado de la antiguedad era, ante todo, el Estado de los esclavistas, para tener sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado" (Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, obra en la que el autor expone sus propias ideas y las de Marx). Incluso la forma más libre y progresista del Estado burgués, la república democrática, no suprime de ningún modo este hecho; lo único que hace es variar su forma (vínculos del gobierno con la Bolsa, corrupción -- directa o indirecta -- de los funcionarios y de la prensa, etc.). El socialismo, que conduce a la abolición de las clases, conduce con ello a la supresión del Estado. "El primer acto -- escribe Engels en su Anti-Dühring -- en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de la sociedad, la expropiación de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención del poder del Estado en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y cesará por sí misma. El gobierno sobre las personas será sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no será 'abolido'i se extinguirá." "La sociedad, reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una asociación libre de productores iguales, enviará toda la máquina del Estado al iugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antiguedades, junto a la rueca y al hacha de bronce" (F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.) 

Por último, en relación con el problema de la actitud del socialismo de Marx hacia los pequeños campesinos, que seguirán existiendo en la época de la expropiación de los expropiadores, debemos señalar unas palabras de Engels, que expresan a su vez las ideas de Marx: "Cuando tengamos en nuestras manos el poder estatal, no podremos pensar en expropiar violentamente a los pequeños campesinos (con indemnización o sin ella) como habrá que hacerlo con los grandes terratenientes. Con respecto a los pequeños campesinos, nuestra misión consistirá, ante todo, en encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen cooperativo, no de un modo violento, sino mediante el ejemplo y ofreciéndoles la ayuda social para este fin. Y entonces es indudable que nos sobrarán medios para hacer ver al campesino todas las ventajas que le dará semejante paso, ventajas que le deben ser explicadas desde ahora"[7] (Engels, El problema agrario en Occidente, ed. de Alexéieva, pág. 17; la trad. rusa contiene errores. Véase el original en Neue Zeit ). 
 

La táctica de la lucha de clase del proletariado

Después de esclarecer, ya en los años 1844-1845, uno de los defectos fundamentales del antiguo materialismo, que consiste en no comprender las condiciones de la actividad revolucionaria práctica, ni apreciar su importancia, Marx consagra, a lo largo de su vida, una intensa atención, a la vez que a los trabajos teóricos, a los problemas tácticos de la lucha de clase del proletariado Todas las obras de Marx, y en particular los cuatro volúmenes de su correspondencia con Engels, publicados en 1913, nos ofrecen a este respecto una documentación copiosísima. Estos documentos distan mucho de estar debidamente recopilados, sistematizados, estudiados y analizados. Por eso tendremos que limitarnos aquí exclusivamente a algunas observaciones muy generales y breves, subrayando que el materialismo, despojado de e s t e aspecto, era justamente para Marx un materialismo a medias, unilateral, sin vida. Marx trazó el objetivo fundamental de la táctica del proletariado en rigurosa consonancia con todas las premisas de su concepción materialista dialéctica del mundo. Sólo considerando en forma objetiva el conjunto de las relaciones mutuas de todas las clases, sin excepción, de una sociedad dada, y teniendo en cuenta, por lo tanto, el grado objetivo de desarrollo de esta sociedad y sus relaciones mutuas y con otras sociedades, podemos disponer de una base que nos permita trazar certeramente la táctica de la clase de vanguardia. A este respecto, todas las clases y todos los países se examinan de un modo dinámico, no estático; es decir, no como algo inmóvil, sino en movimiento (movimiento cuyas leyes emanan de las condiciones económicas de vida de cada clase). A su vez, el movimiento se estudia, no sólo desde el punto de vista del pasado, sino también del porvenir, y, además, no con el criterio vulgar de los "evolucionistas", que sólo ven los cambios lentos, sino dialécticamente: "En desarrollos de tal magnitud, veinte años son más que un día -- escribía Marx a Engels --, aun cuando en el futuro puedan venir días en que estén corporizados veinte años". (Correspondencia, t. III, pág. 127)[8] La táctica del proletariado debe tener presente, en cada grado de desarrollo, en cada momento, esta dialéctica objetivamente inevitable de la historia humana; por una parte, aprovechando las épocas de estancamiento político o de desarrollo a paso de tortuga -- la llamada evolución "pacífica" -- para elevar la conciencia, la fuerza y la capacidad combativa de la clase avanzada, y por otra parte, encauzando toda esta labor de aprovechamiento hacia el "objetivo final" del movimiento de dicha clase capacitándola para resolver prácticamente las grandes tareas de los grandes días "en que estén corporizados veinte años". Sobre esta cuestión hay dos apreciaciones de Marx que tienen gran importancia: una, de la Miseria de la filosofia, se refiere a la lucha económica y a las organizaciones económicas del proletariado; la otra es del Manifiesto Comunista y se refiere a sus tareas políticas. La primera dice así: "La gran industria concentra en un solo lugar una multitud de personas que se desconocen entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero la defensa de su salario, es decir, este interés común frente a su patrono, los une en una idea común de resistencia, de coalición [. . .]. Las coaliciones, al principio aisladas, forman grupos y la defensa de sus asociaciones frente al capital, siempre unido, acaba siendo para los obreros más necesaria que la defensa de sus salarios [. . .]. En esta lucha, que es una verdadera guerra civil, se van aglutinando y desarrollando todos los elementos para la batalla futura. Al llegar a este punto, la coalición adquiere un carácter político". He aquí, ante nosotros, el programa y la táctica de la lucha económica y del movimiento sindical para varios decenios, para toda la larga época durante la cual el proletariado prepara sus fuerzas "para la batalla futura". Compárese esto con los numerosos ejemplos que Marx y Engels sacan del movimiento obrero inglés, de cómo la "prosperidad" industrial da lugar a intentos de "comprar al proletariado" (Correspondencia con Engels, t. I, pág. 136)[9] y de apartarlo de la lucha ¡ de cómo esta prosperidad en general "desmoraliza a los obreros" (II, 218); de cómo "se aburguesa" el proletariado inglés y de cómo "la más burguesa de las naciones [Inglaterra], aparentementlo tiende a poseer una aristocracia burguesa y un proletariado burgués, además de una burguesía" (II, 290)[10]; de cómo desaparece la "energía revolucionaria" del proletariado inglés (III, 124); de cómo habrá que esperar más o menos tiempo hasta que "los obreros ingleses se libren de su aparente contaminación burguesa" (III, 127); de cómo al movimiento obrero inglés le falta "el ardor de los cartistas [11]" (1866; III, 305)[12]; de cómo los líderes de los obreros ingleses forman un tipo medio entre burgués radical y obrero" (caracterización que se refiere a Holyoake, IV, 209); de cómo, en virtud de la posición monopolista de Inglaterra y mientras subsista este monopolio, "no hay nada que hacer con el obrero inglés" (IV, 433)[13]. La táctica de la lucha económica en relación con la marcha general (y con el desenlace ) del movimiento obrero se examina aquí desde un punto de vista admirablemente amplio, universal, dialéctico y verdaderamente revolucionario.

El Manifiesto Comunista establece la siguiente tesis fundamental del marxismo sobre la táctica de la lucha política: "Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero al mismo tiempo defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de este movimiento". Por eso Marx apoyó en 1848, en Polonia, al partido de la "revolución agraria", es decir, al "partido que hizo en 1846 la insurrección de Cracovia" En Alemania, Marx apoyó en 1843-1849 a la democracia revolucionaria extrema, sin que jamás tuviera que retractarse de lo que entonces dijo en materia de táctica. La burguesía alemana era para él un elemento "inclinado desde el primer instante a traicionar al pueblo [sólo la alianza con los campesinos hubiera permitido a la burguesía alcanzar plenamente sus objetivos] y a llegar a un compromiso con los representantes coronados de la vieja sociedad". He aquí el análisis final hecho por Marx acerca de la posición de clase de la burguesía alemana en la época de la revolución democrático-burguesa. Este análisis es, entre otras cosas, un modelo de materialismo que enfoca a la sociedad en movimiento y, por cierto, no sólo desde el lado del movimiento que mira hacia atrás : ". . . sin fe en sí misma y sin fe en el pueblo; gruñendo contra los de arriba y temblando ante los de abajo; [. . .] empavorecida ante la tempestad mundial; [. . .] sin energía en ningún sentido y plagiando en todos; [. . .] sin iniciativa; [. . .] un viejo maldito que está condenado a dirigir y a desviar, en su propio interés senil, los primeros impulsos juveniles de un pueblo robusto [. . .]" (Nueva Gaceta del Rin, 1848; véase La herencia literaria, t. III, pág. 212)[14]. Unos veinte años después, en carta dirigida a Engels (III, 224), decía Marx que la causa del fracaso de la revolución de 1848 era que la burguesía había preferido la paz con esclavitud a la simple perspectiva de una lucha por la libertad. Al cerrarse el período de la revolución de 1848-1849, Marx se alzó contra los que se empeñaban en seguir jugando a la revolución (lucha contra Schapper y Willich), sosteniendo la necesidad de saber trabajar en la época nueva, en la fase de la preparación, aparentemente "pacífica", de nuevas revoluciones. En el siguiente pasaje, en el que enjuicia la situación alemana en los tiempos de la más negra reacción, en 1856; se muestra en qué sentido pedía Marx que se encauzara esta labor: "Todo el asunto dependerá en Alemania de la posibilidad de cubrir la retaguardia de la revolución proletaria mediante una segunda edición de la guerra campesina" (Correspondencia con Engels, t. II, pág. 108)[15]. Mientras en Alemania no se llevó a término la revolución democrática (burguesa), Marx concentró toda su atención, en lo referente a la táctica del proletariado socialista, en impulsar la energía democrática de los campesinos. Opinaba que la actitud de Lassalle era, "objetivamente, una traición al movimiento obrero en beneficio de Prusia" (III, 210), entre otras cosas porque se mostraba demasiado indulgente con los terratenientes y el nacionalismo prusiano. "En un país agrario -- escribía Engels en 1865, en un cambio de impresiones con Marx a propósito de una proyectada declaración conjunta a la prensa -- es una vileza alzarse únicamente contra la burguesía en nombre del proletariado industrial, olvidando por completo la patriarcal 'explotación a palos' de los obreros agrícolas por parte de la nobleza feudal" (t. III, 217)[16]. En el período de 1864 a 1870, cuando tocaba a su fin la época en que culminó la revolución democrático-burguesa de Alemania, la época en que las clases explotadoras de Prusia y Austria luchaban en torno a los medios para llevar a término esta revolución desde arriba, Marx no sólo condenó la conducta de Lassalle por sus coqueterías con Bismarck, sino que llamó al orden a Liebknecht, que se había dejado ganar por la "austrofilia" y defendía el particularismo. Marx exigía una táctica revolucionaria que combatiese implacablemente tanto a Bismarck como a los austrófilos, una táctica que no se acomodara al "vencedor", al junker prusiano, sino que reanudase inmediatamente la lucha revolucionaria contra él, incluso en la situación creada por las victorias militares de Prusia (Correspondencia con Engels, III, 134, 136, 147, 179, 204, 210, 215, 418, 437, 440-441)[17]. En el famoso llamamiento de la Internacional del 9 de septiembre de 1870, Marx prevenía al proletariado francés contra un alzamiento prematuro; no obstante, cuando éste se produjo, a pesar de todo, en 1871, acogió con entusiasmo la iniciativa revolucionaria de las masas que "tomaban el cielo por asalto"  (carta de Marx a Kugelmann). En esta situación, como en muchas otras, la derrota de la acción revolucionaria representaba, desde el punto de vista del materialismo dialéctico que sustentaba Marx, un mal menor en la marcha general y en el desenlace de la lucha proletaria, en comparación con lo que hubiela representado el abandono de las posiciones ya conquistadas, es decir, la capitulación sin lucha. Esta capitulación habría desmoralizado al proletariado y mermado su combatividad. Marx, que apreciaba en todo su valor el empleo de los medios legales de lucha en los períodos de estancamiento político y de dominio de la legalidad burguesa, condenó severamente, en los años de 1877-1878, después de promulgarse la ley de excepción contra los socialistas, las "frases revolucionarias" de Most; pero combatió con no menos energía, tal vez con más vigor, el oportunismo que por entonces se había adueñado temporalmente del partido socialdemócrata oficial, que no había sabido dar pruebas inmediatas de firmeza, decisión, espíritu revolucionario y disposición a pasar a la lucha ilegal en respuesta a la ley de excepción (Cartas de Marx a Engels, IV, 397, 404, 418, 422 y 424.[18] Véanse también las cartas a Sorge). 

Te puede interesar: Marx, la revolución encarnada. Por Mila Matias (de Socialismo Revolucionario - Bolivia)

Fuente: marxists.org

 

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“I have a dream” (yo tengo un sueño).

¿Cuál era el sueño del pastor bautista Marthin Luther King, de cuyo asesinato (4 de abril de 1968) acaban de cumplirse 50 años? Frente a una multitud de 1 millón de personas negras movilizadas en Washington, dijo tener el sueño de “una América fraternal”. Fundador y primer presidente de la fundación Souther Christian Leadership Conference (SCLC), fue un defensor de los derechos civiles y de voto del pueblo negro a partir de 1964/65, aunque ya en 1955 había adquirido notoriedad por el boicot a los autobuses de Montgomery, después de que una mujer negra fuera arrestada por negarse a darle el asiento a un hombre blanco. Las movilizaciones que siguieron a ese hecho provocaron dos muertos por la represión, y la casa de King fue atacada con bombas incendiarias. Fue entonces que la Corte Suprema declaró inconstitucional la segregación contra los negros, pero su resolución nunca fue cumplida.

Sin embargo, la SCLC prosiguió su prédica pacifista –King se decía seguidor de Ghandi− pese a la violentísima represión y los arrestos masivos (lo que le valió fuertes críticas del activista negro Malcom X, también asesinado). Incluso King fue apresado en Albany por presiones del jefe de policía, Laurie Pritchett, aunque las movilizaciones que siguieron a su arresto lograron su libertad pocos días después.

En Birmingham, un centro del racismo, no había policías ni tenderos ni empleados negros, y la desocupación entre ellos triplicaba a la de la población blanca. Entre 1945 y 1962 hubo cincuenta atentados, sobre todo contra iglesias para negros, mientras el Ku Klux Klan (KKK) asesinaba impunemente. En la Pascua de 1963, encarcelado, King escribió su “Carta desde la cárcel de Birmingham, en la que reiteraba su mensaje pacifista. Fue liberado por pedido del presidente Kennedy. El 2 de mayo de ese año, otra marcha pacífica de King fue reprimida con perros, gases y cachiporras por policías y comandos civiles.

El 15 de septiembre de 1963 el KKK puso una bomba en una iglesia bautista de la calle 16, también en Birmingham, y asesinó a cuatro niñas y a otras 22 personas. Después de la marcha multitudinaria sobre Washington y su famoso discuso “I have a dream”, King empezó a sufrir fuertes divisiones en su movimiento, especialmente luego de que a seis niños negros admitidos en una escuela hasta entonces reservadas a blancos les incendiaran sus casas y sus familias tuvieron que mudarse. El 7 de marzo de 1964 otra vez una manifestación negra fue atacada por hordas de blancos armados, acompañados y protegidos por la policía. King había convocado a suspender esa movilización después de reunirse con el presidente Lyndon Johnson.

King se decidió a “romper el silencio” sobre la guerra de Vietnam” sólo en 1967. Dijo entonces que el gobierno norteamericano era “el más grande proveedor de violencia en el mundo, por lo que fue atacado duramente por la revista Times y el diario The Washington Post. King denunció también la alianza “entre los Estados Unidos  y los terratenientes de América latina”. Hay una evidente evolución hacia posiciones más combativas en los últimos años de King, quien, a su vez, repudiaba al marxismo “por su concepción materialista de la historia”, que negaba la religión.

Luther King era pacifista y reformista, pero incluso esos límites, como ha dicho una publicación, resultaron mucho para un establishment que decidió combatirlo.

50 años después

Cincuenta años después de su muerte, la causa por los derechos civiles se enfrenta a un reanimamiento de los movimientos supremacistas de la mano de Trump, que apañó el accionar de esas bandas contra militantes antifascistas en Charlottesville. Los derechos democráticos vienen sufriendo un revés en Norteamérica desde la “guerra contra el terrorismo” iniciada en 2001.

El fusilamiento de jóvenes negros por parte de las fuerzas policiales se desarrolla con total impunidad. Además, el 60 por ciento de la población carcelaria de los Estados Unidos están compuesta por negros e hispanos, porcentaje que trepa al 90 por ciento en las cárceles privadas porque en ellas “es más barato alimentarlos” (PO 1359). La polarización social se ha acentuado.

Todo esto desmiente las patrañas de Obama acerca de un fin de la segregación racial (bajo su administración, cabe recordar, la Guardia Nacional fue desplegada en Ferguson para sofocar los levantamientos contra el crimen del joven Michael Brown a manos de la policía). Los demócratas han manipulado el cincuentenario como escenario de campaña electoral: en los homenajes, el presidente del Comité Nacional Demócrata (DNC), Tom Pérez, dijo que la manera de cumplir el sueño de Luther King es a través del ejercicio del voto.

La lucha por los derechos civiles, en cambio, requiere la movilización junto a la clase obrera y la más firme delimitación de los partidos de la guerra imperialista.

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En ocasión de un nuevo aniversario del golpe de estado de 1976 y de una renovada movilización de masas –en la cual el Encuentro Memoria Verdad y Justicia colocará la denuncia de la impunidad, la represión y el ajuste de ayer y de hoy, por parte de Macri y los gobernadores–,  recuperamos artículos publicados en Prensa Obrera sobre aspectos clave para comprender el desarrollo de la lucha de clases durante la dictadura.

Los mismos datan del año 2006, y fueron elaborados como parte de la sección 30° aniversario del golpe.

Cómo la “burguesía nacional” organizó el golpe del 76

La dictadura, el gran negociado de la burguesía nacional

La lucha de la clase obrera contra la dictadura

La burocracia sindical con los milicos

Política Obrera, el periódico clandestino de lucha contra la dictadura

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El 14 de marzo se cumplió el centenario de la declaración de la huelga general de estudiantes en Córdoba, disparando el proceso de la Reforma Universitaria.

Los festejos y reseñas oficiales por los 100 años de la Reforma suelen ceñirse a enlistar reivindicaciones aisladas –cátedra libre, autonomía, cogobierno... Esta presentación amputada, esterilizada, no permite vislumbrar la envergadura del movimiento reformista, sin la cual su trascendencia hasta el presente sería inexplicable. Es cierto que el 90% de aquellos reclamos se encuentran hoy insatisfechos, en instituciones educativas asfixiadas, gobernadas por camarillas inamovibles y con una representación estudiantil –el “demos”- de carácter decorativo. El capitalismo senil de nuestra época es definitivamente incapaz de acoger en su seno a una universidad pujante y democrática. Pero el largo alcance del movimiento reformista, y su proyección continental, excede a sus reivindicaciones: está asociado a los métodos revolucionarios que puso en marcha, y al hecho de haber sido pionero en lograr la convergencia entre la juventud estudiosa y la clase trabajadora. En pocos meses, de abril a septiembre de 1918, los estudiantes cordobeses organizaron varias huelgas generales, ocuparon las facultades, destituyeron a las autoridades reaccionarias, se aliaron a las luchas de los trabajadores y convocaron a unirse a toda la juventud latinoamericana. 

Este despliegue, pocas veces mencionado, forma parte del arsenal metodológico con el que cuenta el movimiento estudiantil en la actualidad, del cual tendrá que valerse en una época de ataques a las conquistas históricas de la educación y la universidad pública.

Sagrada insurrección

Veamos. El conflicto en Córdoba estalla con el comienzo del ciclo lectivo de 1918. El 10 de marzo se realiza la primera movilización callejera y los estudiantes de las facultades de Medicina, Ingeniería y Derecho se organizan en el llamado “Comité Pro-Reforma”. Sus reclamos consistían en rechazar un nuevo régimen de asistencia y la supresión del internado en el Hospital de Clínicas. Al no obtener respuesta por parte de las autoridades clericales, el 14 de marzo los estudiantes declaran una huelga general y llaman a una suerte de “no inicio” de clases para el primer día de las mismas, el 1 de abril. El éxito es total, frente a lo cual las autoridades deciden cerrar la universidad. El gobierno de Hipólito Yrigoyen, por su parte, decreta la intervención. Los estudiantes viven la intervención del gobierno radical, al cual consideraban como un aliado, como un triunfo y deciden levantar la huelga. El interventor, José Nicolás Matienzo, anuncia un proyecto de reformas de los estatutos que termina con la inamovilidad de los cargos directivos, deja cesantes a todos aquellos con antigüedad superior a los dos años y convoca a elecciones para votar nuevas autoridades, dando participación al cuerpo de profesores. Pero el 15 de junio, día en que la Asamblea Universitaria debía votar al rector, contra todas las previsiones es electo el candidato de la secta religiosa “Corda Frates”. Entonces, los estudiantes invaden la sala, desalojan a los consejeros, expulsan a los gendarmes y declaran la huelga general. Los reformistas vuelven a ganar la calle, pero esta vez logran la adhesión del resto de las universidades del país, de los secundarios y de los sindicatos obreros de la provincia. En Córdoba se movilizan entre 10 y 15 mil personas, cuando los estudiantes no superaban los 1.500. El Manifiesto Liminar, redactado en esos días, proclama “bien alto el derecho a la sagrada insurrección”.

Pero la Reforma no culmina allí. Los acontecimientos del 15 de junio sepultan la ilusión de que es posible concretar las aspiraciones reformistas a través de la intervención desde arriba del gobierno radical. La alianza entre el movimiento estudiantil y la docencia liberal se fractura. El movimiento entra en una nueva etapa. Su programa va tomando forma a partir de la propia experiencia. Los reformistas se considerarán como la fuerza vital de la universidad, invirtiendo el planteo que hacía del cuerpo de profesores el depositario natural de la autoridad. El Manifiesto coloca en los estudiantes la finalidad última de la universidad y defiende su derecho, por ende, a dotarse de un gobierno propio. Destituido Antonio Nores, el rector clerical, el gobierno de Yrigoyen se compromete a enviar a un nuevo interventor, que sin embargo nunca llega. Los estudiantes deciden, entonces, tomar el asunto definitivamente en sus manos. 

El 9 de septiembre ocupan la universidad y la colocan bajo la “superintendencia” de la Federación Universitaria de Córdoba (FUC), recientemente conformada. Se nombran a tres estudiantes como decanos y se designan a los profesores interinos. Se constituyen mesas de examen y, contra los que podrían esperar los Feinmann de la época, muchos estudiantes reprueban. La universidad es puesta bajo el control de los estudiantes. Para demostrarlo descienden al prosecretario al cargo de mayordomo y su lugar es ocupado por un estudiante. La toma coincide con una huelga general de la clase obrera cordobesa, declarada a partir del conflicto de los trabajadores del calzado. Deodoro Roca es orador en los actos convocados por las federaciones de trabajadores. Los estudiantes  invitan al pueblo a participar de la inauguración de las clases, pero ésta no se pudo realizar porque el gobierno nacional envía al Ejército, copa la universidad y detiene a todos los ocupantes. Sin embargo, rápidamente el gobierno recula y decide enviar a su ministro de Educación, José Santos Salinas, como nuevo interventor. El proceso contra los estudiantes detenidos es rápidamente olvidado y se pasa a modificar los estatutos incorporando los ya célebres principios reformistas: autonomía, participación estudiantil en el gobierno universitario, docencia libre, extensión universitaria y asistencia libre a clases. Ahora bien, observando todo este desarrollo, ¿es posible reducir semejante rebelión estudiantil a un listado de reivindicaciones?

Contexto revolucionario

Los estudiantes reformistas desarrollaron su movimiento en el contexto de la gran catástrofe humanitaria de la Primera Guerra Mundial y de la respuesta revolucionaria del Octubre ruso, que hizo tambalear la dominación imperialista en Europa y buena parte del globo. Al calor de estos acontecimientos, entre 1918 y 1921 nuestro país también vive su “trienio rojo”. Junto a la Reforma Universitaria, se producen grandes levantamientos obreros que desafían al poder del Estado, como la Semana Trágica, la huelga de La Forestal y la Patagonia Rebelde. El gobierno de Yrigoyen responde a este ascenso obrero con una política que combina duras represiones con intentos de cooptación. En simultáneo, la burguesía argentina lanza la Liga Patriótica, una suerte de Triple A de la época, armada para asesinar activistas obreros y defender el orden establecido.  

Cierta historiografía suele desdeñar la influencia de la Revolución Rusa en el movimiento que dio lugar a la Reforma Universitaria. Sin embargo, investigaciones más recientes  lograron reconstruir la experiencia de una cantidad de agrupaciones reformistas que se referenciaban en las perspectivas bolcheviques. Revistas como Bases o Insurrexit, editadas por grupos estudiantiles de Buenos Aires dan cuenta de ello, y publicaciones similares aparecen en Córdoba, Rosario y La Plata. Los sindicatos obreros que van a actuar en tándem con el movimiento reformista estaban dirigidos por el Partido Socialista Internacional (PSI), una ruptura del PS de clara orientación pro-bolchevique. El PSI actuará como filial argentina de la Tercera Internacional de Lenin y Trotsky. Otro ejemplo, en este sentido, lo brindan las resoluciones de la FUC, que en plena Semana Trágica decreta un paro en solidaridad con los trabajadores porteños. Luego, el Centro de Estudiantes de Medicina de Córdoba vota “expulsar de la institución a todo estudiante que dentro del plazo de 24 horas no se separe de la Liga Patriótica” .       

Hacia 1922, cuando Yrigoyen es sucedido por Alvear, la situación nacional e internacional estaba dando un viraje. La guerra mundial había finalizado. El capitalismo a nivel mundial estaba logrando re-estabilizarse. La revolución, que había nacido en Rusia en 1917, no logró, como esperaban sus máximos dirigentes, triunfar en los principales países europeos. Aparecía, por primera vez, la sombra del fascismo en Europa. En nuestro país también se vivía un cierto apaciguamiento de las huelgas. Entonces Marcelo T. de Alvear, que pertenecía al ala derecha del radicalismo, se apoyó en los sectores conservadores para lanzar una verdadera contra-reforma. En noviembre de 1922 decide ocupar con el Ejército la Universidad del Litoral. La misma suerte corre la universidad cordobesa. Se reforman los estatutos limitando la participación estudiantil en el cogobierno. Los estudiantes pueden elegir tres de los once miembros de los consejos directivos, pero estos tres deben ser profesores. También en la Universidad de Buenos Aires y en la de Tucumán se modifican los estatutos con un sentido anti-reformista. El reflujo del movimiento reformista puso de manifiesto el carácter efímero de sus conquistas, incompatibles con el régimen social.

Perspectivas políticas

El movimiento reformista cordobés va a ser rápidamente emulado en toda América Latina. Ocurría que, desde finales del siglo XIX, la penetración del capital extranjero había creado en las grandes ciudades del continente una clase media que pugnaba por ingresar en la universidad. Su pretensión, sin embargo, chocaba con la estructura medieval de éstas, que tenían como función formar a los hijos de las clases dominantes. Esta contradicción fue la base para que la chispa que se encendió en Córdoba se expandiera durante más de una década por todo el continente. El fuego sacudió primero al Perú, luego a Chile y Cuba, a Colombia, Guatemala y Uruguay. Una segunda oleada se dará en la década del ‘30 en Brasil, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Venezuela y México. Pero con la misma velocidad que se propagaba el movimiento, saltaba a la luz la incapacidad de los partidos políticos de la burguesía para hacer frente a las demandas reformistas. La misma frustración que en la Argentina se vivió con el radicalismo se dio en otros países, por caso con Augusto Leguía en Perú o Arturo Alessandrini en Chile.

De allí que los estudiantes reformistas decidieran fundar sus propios partidos. La impotencia de los regímenes y gobiernos establecidos para habilitar un desarrollo autónomo, científico y democrático de las universidades tenía que dar lugar a nuevas transformaciones sociales y políticas. ¿Cuál era el carácter de estas transformaciones? En torno a este debate, el reformismo se escindió en dos alas fundamentales. De un lado, el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre fundó el APRA, al que concebía como un frente a escala continental para lograr la “unidad de los trabajadores manuales e intelectuales”. De acuerdo a las perspectivas apristas, los estudiantes debían tomar un rol dirigente en los grandes cambios que tenía América Latina por delante. Una revolución socialista, en sus parámetros, solo podría “venir después”. El APRA fue pionero en postular una suerte de nacionalismo latinoamericanista bajo el comando de la pequeña burguesía. Sin embargo, no pudo cumplir con sus propios postulados. En lugar del papel independiente, antiimperialista, que prometía, Haya de la Torre termina apoyando a los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y su partido es asimilado completamente al régimen peruano.

En la vereda opuesta, un ala de la Reforma postuló la necesidad de una revolución social en términos socialistas e internacionalistas. Los estudiantes tenían, en esta perspectiva, que jugar un rol auxiliar de la clase obrera. Bajo esta impronta, José Carlos Mariátegui fundó el Partido Socialista peruano y Julio Antonio Mella –que como estudiante había sido designado “rector interno” de la universidad- puso en pie el Partido Comunista cubano. Mella va a criticar el mesianismo estudiantil del APRA y su reivindicación unilateral de la “nueva generación”: “como si la lucha social fuese fundamentalmente una cuestión de glándulas, canas y arrugas, y no de imperativos económicos y de fuerza de las clases, totalmente consideradas. La única revolución socialista triunfante hasta hoy en día, no ha sido una revolución de jóvenes y estudiantes, sino de obreros y de todas las edades”. Para el revolucionario cubano, “la reforma universitaria debe acometerse con el mismo concepto general de todas las reformas dentro de la organización económica y política actual. La condición primera para reformar un régimen –lo ha demostrado siempre la historia- es la toma del poder por la clase portadora de esa reforma. Actualmente, la clase portadora de las reformas sociales es la clase proletaria” .   

Balance y vigencia

La irrupción estudiantil que se inició en Córdoba, y se expandió por todo el continente, fue un movimiento de características revolucionarias. Por sus métodos de acción directa y por su temprana confraternización con los trabajadores. A pesar del esfuerzo por ocultar su influencia, las investigaciones más recientes revelan el peso de la Revolución Rusa y sus postulados en la formación de agrupaciones estudiantiles en la Argentina. En nuestro país y en toda América Latina, los principios de la Reforma no triunfarían más que de forma efímera, para rápidamente chocar contra el atraso de sus regímenes políticos, amoldados a las necesidades de las clases dominantes y el clero. El difuso programa reformista se enfrentó entonces a sus propios límites. Los estudiantes que buscaron darle una salida a este problema se escindieron en dos alas, una nacionalista –que otorgaba a la pequeña burguesía un papel dirigente en el cambio social- y otra socialista –que depositó en la clase obrera las posibilidades de una transformación radical de fondo.

La juventud no es una clase social, sino una capa social. Como tal, tiende a oscilar entre las dos clases fundamentales de la sociedad. Con la Reforma, el movimiento estudiantil supo colocarse junto a los trabajadores, como parte de un ascenso revolucionario de características internacionales. Algo similar ocurriría muchos años después, con el Cordobazo de 1969, cuando la juventud es parte del levantamiento obrero y popular contra la dictadura de Juan Carlos Onganía. También, en esa ocasión, como parte de un fenómeno mundial (Mayo Francés, Primavera de Praga). Mucho más cerca en el tiempo podemos anotar el Argentinazo de 2001, cuando la tan frecuentemente vilipendiada “clase media porteña” salió en apoyo a los piqueteros, desafiando el estado de sitio de Fernando De la Rúa. Los estudiantes, como parte de esa rebelión popular, pusieron a la izquierda al frente de buena parte de las federaciones universitarias del país. En la otra vereda, tenemos el papel reaccionario de la FUBA durante el primer peronismo, aliada con la oligarquía conservadora y la embajada norteamericana; o las recientes manifestaciones estudiantiles en Venezuela, que rivalizaron con el chavismo desde el punto de vista de la derecha golpista y los intereses del gran capital.

A 100 años, podemos afirmar que la Reforma como movimiento social fue superada. Sin embargo, las reivindicaciones democráticas que le dieron vida mantienen toda su vigencia. La lucha por la autonomía, el cogobierno, la docencia libre, la cátedra paralela, debe ser integrada a un planteamiento de conjunto de la cuestión educativa. Lo mismo ocurre con sus métodos de acción directa, que ahora mismo están en la mira de los “protocolos” represivos de gobiernos que, al mismo tiempo que se sirven de la Reforma para hacer demagogia vacía, embisten contra sus herederos, es decir, los estudiantes de hoy. Así, en nombre del centenario de Córdoba, se celebrarán congresos y conferencias que prometen reformas –más bien contra-reformas- para mejor degradar las carreras universitarias, engrosar el negocio de la privatización, liquidar los profesorados y poner a los estudiantes –ya desde la secundaria- como mano de obra precarizada al servicio del capital. Desde nuestro lugar, llamamos al movimiento estudiantil a reiniciar la lucha reformista, levantando las banderas del ’18 y recuperando sus métodos contra los agentes actuales de la destrucción educativa. Ya no se trata solo de liberar a la ciencia y el conocimiento de las garras de la Iglesia, sino fundamentalmente de las del capital financiero, que a través de sus bancos y convenios busca copar la universidad en beneficio propio. Bajo esta presión, los rectores que ayer se ligaban al clero, hoy actúan como gerentes de negocios al interior de las facultades, buscando expandir el terreno de los beneficios empresariales a costa de los intereses estudiantiles y docentes. La lucha que proponemos se apoya en la conclusión a la que arribaron los sectores más avanzados del movimiento reformista: la transformación educativa es inseparable de la transformación social dirigida por la clase obrera. 


Biliografía
-    Bustelo, N. V. (2015). La reforma universitaria desde sus grupos y revistas: Una reconstrucción de los proyectos y las disputas del movimiento estudiantil porteño de las primeras décadas del siglo XX (1914-1928). Tesis de posgrado. Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. 
-    Bustelo, N., & Domínguez Rubio, L. (2017). Radicalizar la reforma universitaria. La fracción revolucionaria del movimiento estudiantil argentino, 1918-1922. Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, 44(2), 31-62. 
-    Ciria, A. & Sanguinetti, H. (1983). La Reforma Universitaria (1918-1983). Buenos Aires. Centro Editor de América Latina.
-    Haya de la Torre, V. R. (1936). El antiimperialismo y el APRA. Santiago de Chile. Ediciones Ercilla.  
-    Mella, J. A. (2011). Escritos y crónicas políticas. Buenos Aires. Capital Intelectual.
-    Portantiero, J. C. (1978). Estudiantes y política en América Latina. Buenos Aires. Siglo XXI.
-    Rieznik, P. (2000). Marxismo y sociedad. Buenos Aires. Eudeba. 
-    Solano, G. (1998), 80 años de la Reforma Universitaria: fundación del movimiento estudiantil latinoamericano. Revista En Defensa del Marxismo nº 20. Buenos Aires. Rumbos.

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Publicado en La Voz, de la provincia de Córdoba, el 05/03/2018 

Hace 100 años, los estudiantes cordobeses fueron los que encendieron la llama de la Reforma Universitaria. Terminar con la opresión, con el autoritarismo, era el grito universal inspirado por la Revolución Rusa (1917) y el ascenso general de la clase obrera europea de la primera posguerra.

El programa de la Reforma Universitaria planteaba la participación estudiantil en el gobierno de casas de altos estudios, la autonomía universitaria, la docencia libre y la extensión universitaria.

Uno de sus mayores méritos es que puso de manifiesto la unidad de la transformación educativa y cultural con la transformación social y política de la sociedad.

La influencia obrera se expresó también en los métodos: declaró la huelga general, ocupó el Rectorado, invadió el recinto de la Asamblea Universitaria el 15 de junio. Con métodos “piqueteros”, “la multitud arrolló a los gendarmes, arrastrándolos hasta la puerta de calle”, según cuenta La Prensa del 16 de junio de 1918; ocupó y cortó calles en multitudinarias movilizaciones (10 mil cordobeses en julio) y acompañó activamente huelgas obreras.

Perfidia a granel

Este año habrá innumerables actos y homenajes que poblarán las grillas de todas las instituciones y partidos. Advertimos –sobre todo a la juventud– sobre que en ellos se ocultará la verdad de toda esta rica gesta, que fue tan poderosa que desde la clerical “Córdoba de las campanas” no tardó en extenderse a las otras universidades del país, a toda América latina y al mundo.

Los que crean protocolos para limitar la protesta social y política, los que estigmatizan y condenan marchas y piquetes, los que persiguen y encarcelan a luchadores y que hoy vociferan loas a la Reforma del ’18 e incluso se presentan como sus defensores, ¿cómo hubieran actuado en ese momento?

Con los mismos propósitos, Hipólito Yrigoyen mandó a encarcelar a los 83 ocupantes que el 9 de septiembre de 1918 reabrieron la Universidad de Córdoba con la dirección de los estudiantes, que durante tres días (hasta que fueron desalojados) cumplieron incluso la función de los decanos.

Esta parte de la historia será cuidadosamente enterrada porque es una denuncia de los “homenajeadores”.

Enterradores

La perfidia obedece primero a ocultar que la Reforma empezó a ser desmontada a los pocos años, en el gobierno del radical Marcelo T. de Alvear, y sigue hasta nuestros días, gobierno tras gobierno.

Los estudiantes en 1918 se levantaron contra la Corda Frates, una logia dominada por el Arzobispado, que imponía docentes y contenidos. Por eso exigían la docencia libre y hablaban del “demos universitario” (ver Manifiesto Liminar). Pero la Iglesia Católica volvió a ser metida en la educación.

Lo hizo Juan Domingo Perón en su primera presidencia, luego el “progresista” Arturo Frondizi (¡laica o libre!), haciendo efectivo el decreto de la Revolución Libertadora que abría la enseñanza universitaria a los privados, en ese momento fundamentalmente la Iglesia y más tarde los grupos capitalistas varios.

Se estableció en las leyes de educación del menemismo, que todos los sucesivos gobiernos sostuvieron y agravaron, y en la ley de educación aprobada en 2010 en Córdoba. Violaron una de las principales banderas de la Reforma, a la que ahora homenajearán con bombos y platillos.

Así sucedió con cada uno de los reclamos que levantaron y pusieron en marcha los estudiantes cordobeses hace 100 años.
Los mueve un segundo propósito: reivindicar la Reforma para avanzar aún más en la liquidación de las carreras de grado, en asegurar a grupos como Intel, Monsanto y otros el dominio de los contenidos, en facilitar el negocio de los posgrados, en que otras “Corda Frates” avancen sobre el “demos universitario” y se adueñen de la educación.

Vigencia

Deodoro Roca comentó en 1936: “La Reforma fue todo lo que pudo ser. No pudo ser más de lo que fue, en dramas y actores. ¡Dio de sí todo!”. Esto significó que la Reforma superaría el terreno universitario y se abría a la lucha política más general. Pero, al hacerlo, comprobó rápidamente sus propios límites.

El movimiento reformista no pudo desempeñar un papel independiente en la escena política, y enseguida se dividió entre los que se pasaron al terreno de la burguesía y los que abrazaron la causa de los trabajadores.

Pero si la Reforma como movimiento social fue superada, las reivindicaciones democráticas que le dieron vida mantienen hoy toda su vigencia. La lucha por la autonomía, el cogobierno, la docencia libre, la cátedra paralela serán las banderas con las que nos planteamos nuestro homenaje, sosteniendo la conclusión a la que arribaron los sectores más avanzados del movimiento reformista: la transformación educativa es inseparable de la transformación social, dirigida por la clase obrera contra la opresión y la miseria capitalista.

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En 1957, hace sesenta años, la CGT Córdoba convocó un congreso de regionales de la CGT en la ciudad de La Falda. Allí se aprobó un programa que, desde entonces, pasó a convertirse en una referencia del llamado peronismo revolucionario, del sindicalismo de liberación y también de la izquierda. Junto a los programas de Huerta Grande (1962) y de la CGT de los argentinos (1968) y, hasta cierto punto, los 26 puntos de la CGT (1986), fue parte de una liturgia del peronismo que confrontó objetivamente con el clasismo. Este despuntó en el Cordobazo y, desde entonces, pasó a ser parte constitutiva del movimiento obrero en lucha.

La evocación de lo ocurrido en La Falda tiene una rigurosa actualidad. Un conjunto de sectores orientados por el bloque político kirchnerista –la Corriente Federal y la CTA, pero también dirigentes de la CGT, en particular del interior– han vuelto a poner en debate la necesidad de un programa político reivindicativo que se inspire en aquellos antecedentes. No es casual. El peronismo ha sido protagonista del fracaso del “gobierno nacional y popular” y hoy es responsable del sostenimiento del gobierno de los CEO. En oposición, para una franja creciente de la vanguardia obrera la superación política del peronismo es lo único que puede darle a la clase obrera una posición dirigente en el movimiento de liberación nacional y social. Entonces, el reflotamiento de los programas “históricos” del nacionalismo burgués en el movimiento obrero tiene una finalidad que va más allá de la circunstancia. A medida que la crisis de este gobierno lo exija, y esto ya está ocurriendo, la burocracia sindical y la propia burguesía apelarán al arsenal de estos programas para tratar de plantar una alternativa política que procure desviar al movimiento obrero de sus objetivos propios, llevarlo al carril de la burguesía falsamente nacional y alejarlo de la posibilidad de convertirse en dirección nacional de la mayoría nacional oprimida.

La clase obrera y la Libertadora

Sobre el período 1956-1958, las estadísticas arrojan dos datos contundentes: que los paros y huelgas fueron in crescendo desde 1956 –poco menos de un año después de la caída de Perón a manos de la Libertadora– hasta un clímax en 1959; y que a fines de 1957 el salario real promedio de los trabajadores era un 8,5 % superior al del período 1950-1955. Este ascenso obrero inició la recuperación de las organizaciones obreras, no solo a nivel de fábrica sino de los sindicatos –CGT, sindicatos y regionales adheridos a la central obrera habían sido intervenidos desde fines de 1955 por la dictadura. Fue, a la vez, determinante en el fracaso de los planes de la burguesía, que había validado el golpe con la pretensión de producir un retroceso histórico de las posiciones adquiridas por la clase obrera.

“En realidad, el problema obrero en 1958 era todavía más grave que tres años atrás: ya nadie podía, como lo hacía Perón, reclamar moderación en las demandas salariales desde el Estado en prueba de la adhesión del sindicalismo a los principios ideológicos del movimiento nacional en que estaba integrado”, afirma un investigador de la época (1).

1957 fue escenario de dos grandes huelgas –ferroviarios y trabajadores municipales de Buenos Aires– y del primer paro general por 24 horas convocado por la Comisión Intersindical (integrada por dirigentes comunistas y peronistas) para el 12 de julio. Saboteado por el PC –que redujo el paro a una hora para preservar su legalidad electoral– el paro fue muy fuerte en el movimiento obrero industrial y varias ciudades del interior.

En agosto de 1957, la Libertadora convocó a un Congreso Normalizador de la CGT para imponer una dirección gorila, sustentada en el sindicalismo llamado “democrático” –pro yanqui y antiperonista. Tuvo que disolverlo cuando constató que, pese a la proscripción de los dirigentes peronistas, los delegados presentes derrotaron por 298 a 291 votos la propuesta de realizar el Congreso sin reconocer los mandatos de los representantes proscriptos por la dictadura. Del fracaso de este Congreso surgieron las 62 Organizaciones, que agruparon a los sindicatos peronistas y estalinistas en una primera etapa, disociados un año después. Es en este período que aparecen por primera vez los Vandor, Loholaberry, Cardoso, Carulias, la generación de dirigentes pos ‘Fusiladora’ que, tempranamente, evolucionaron hacia una posición colaboracionista con el gobierno golpista –que Vandor resumiría en el “golpear y negociar”– y a distanciarse del propio peronismo en tanto se aseguraran las migajas que le dejaba su integración al Estado.

La CGT Córdoba

Córdoba fue, en este período, y desde antes del 57, un epicentro del ascenso obrero. Contaba con un proletariado joven en la ciudad de mayor concentración industrial. Una importante masa de activistas había llevado a la secretaría general de Luz y Fuerza a un joven de ideas de izquierda, Agustín Tosco (1957). La Libertadora había decidido debilitar la presencia peronista en la naciente industria mecánica, desplazando a la UOM y colocando en su lugar a un ignoto gremio llamado Smata, pero en 1957 una lista comunista ganó las elecciones. El paro de la Intersindical del 12 de mayo fue cumplido con una masividad que no tuvo parangón. En este escenario surgió la nueva dirección de la CGT Córdoba, la primera normalizada en el país. Esta no surgió de un congreso de delegados de base sino de la propuesta de la vieja guardia de dirigentes del peronismo ortodoxo que habían dominado la central hasta la caída de Perón y estaban proscriptos. Ellos propusieron a Atilio López, un joven dirigente de la UTA, e incluso a dirigentes independientes y aún de izquierda que permitieran dotar a la central de cierta autoridad (2). Fue esta dirección la que convocó al plenario de Delegaciones Regionales que alumbraría el programa de La Falda. Se produjo en un cuadro de descomposición aguda de la dictadura: caos económico, pérdida de control sobre el movimiento obrero, renuencia del capital extranjero a invertir en el país y ruptura del arco político que sostenía a la Libertadora –con el ala “desarrollista” de la UCR lanzada a un pacto con Perón y la burocracia sindical con vistas a las elecciones del año siguiente.

Los análisis sobre este programa se detienen en la radicalización de sus consignas: control estatal del comercio exterior, nacionalización de las fuentes naturales de energía, control obrero de la producción, expropiación del latifundio, salario mínimo, vital y móvil, entre muchas otras, pero no analizan su lugar y su función histórica.

El Programa no dice una palabra sobre los medios de lucha para imponerlo. No aparece la huelga general, los piquetes, las ocupaciones de fábrica, el plan de lucha, es decir el conjunto de métodos de acción que debe desenvolver la clase obrera para imponer estos objetivos. La introducción al texto define su naturaleza: es una “expresión de anhelos de este plenario (de La Falda) a la Mesa Coordinadora de las 62 Organizaciones”.

Segundo: define como objetivo estratégico la defensa de la industria nacional (se propone, por ejemplo, la “nacionalización de los frigoríficos extranjeros”) a lo que conllevaría una larga ristra de nacionalizaciones (con pago). Parte del supuesto, por lo tanto, de que entre la clase obrera y la burguesía nacional existiría un terreno común. La lucha de clases, sobre la que se sustenta el clasismo, es reemplazada por la “unión nacional” en la que el proletariado no está llamado a dirigir, sino a oficiar de “columna vertebral” de la lucha por la liberación nacional y social. Ni el de La Falda ni los que le siguieron replantearon la línea histórica del peronismo de seguidismo a la burguesía.

Tercero: no plantea la independencia política y organizativa del movimiento obrero frente al Estado y el nacionalismo burgués.

Críticos del propio nacionalismo denunciaron estos límites. Ricardo Carpani denunció “la creencia de que, sobre la base de un programa de nacionalización de los recursos fundamentales, pero manteniendo en lo esencial el régimen de la propiedad privada, existe la posibilidad para esa burguesía (se refiere a la burguesía industrial argentina) de un destino independiente del imperialismo” (4).

Todo esto explica que La Falda, Huerta Grande, CGT de los Argentinos hayan sido firmados sin reparo por los secretarios generales de gremios de la CGT, es decir por la burocracia sindical peronista.

El clasismo llama a defender una posición de principios sobre la burocracia sindical, a luchar por su expulsión de los sindicatos y reemplazarla por una dirección de clase e independencia obrera frente al Estado y los patrones.

Notas

1. Marcelo Cavarozzi, Sindicatos y política en Argentina 1955-1958, Estudios CEDES, Buenos Aires. 1979.

2. Lucio Garzón Maceda, La CGT Córdoba de La Falda al Cordobazo, Graciani, Córdoba, 2009.

3. Ricardo Carpani, Nacionalismo burgués y nacionalismo revolucionario, Peña Lillo, Buenos Aires, 2014. 

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Como muchísimos obreros, Marx solía ir de picnic los domingos con su familia y amigos al Hyde Park de Londres. En las caminatas que se realizaban en el verano se solía comprar cerveza fresca “a excepción del breve período durante el cual una banda de tartufos aristócratas, amontonando en sus casas y sus clubes privados todos los alcoholes del mundo entero y haciendo de cada día del año una fiesta perpetua, había procurado, prohibiendo la venta de cerveza los domingos, impulsar a la ‘plebe’ por la senda de la virtud y las buenas costumbres”. Pero los trabajadores londinenses no estaban dispuestos a que se les diera hipócritas lecciones de moral: “El primer domingo posterior a la salida del “Bill” (decreto), cientos de miles de personas se lanzaron a Hyde Park y atronaron con sus gritos a los aristócratas que se paseaban en sus carrozas o montados en finos caballos un irónico y formidable ¡Go to church! (¡Iros a la Iglesia!), aterrando a los virtuosos caballeros y las bellas damas. Al domingo siguiente pasaron de un cuarto a medio millón los que se concentraron en el Hyde Park para gritar un ¡Go to church! cada vez más belicoso. ¡El Bill fue eliminado al tercer domingo!”*

Marx apoyó resueltamente la protesta anti eclesiástica, al punto que fue retenido por un policía para ser llevado a la comisaría. Finalmente convenció al “honesto guardián de la ley” de la justeza de la protesta popular contra la moralina clasista de la aristocracia, quién lo liberó.

Macri quiere aumentar los impuestos al consumo de cigarrillos y alcohol para seguir pagando la deuda pública a los usureros metiendo la mano en el bolsillo del trabajador. Lo hace bajo la excusa de defender la salud del trabajador contra el tabaquismo y el alcoholismo. Estas plagas sociales creadas por la explotación capitalista no se acabarán ni por la represión económica, ni del código penal, sino por una nueva sociedad que elimine la explotación del hombre por el hombre. Abajo los impuestos al consumo, sí a los impuestos progresivos sobre las ganancias capitalistas.

*De las memorias de Wilhelm Liebknecht, revolucionario socialista y amigo de Marx (1896)

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Como aporte al reciente Seminario sobre la vigencia de la Revolución de Octubre organizado por la revista En Defensa del Marxismo, el historiador Jean Jacques Marie compartió desde Francia dos valiosas exposiciones sobre el tema.
 
Marie es militante del Parti des travailleurs y autor de una amplísima obra historiográfica, volcada en gran parte al estudio de esta revolución –en la que sobresalen sus biografías de Lenin, Trotsky y Stalin, y estudios como Cronstadt, La Guerre civile russe y Beria: Le bourreau politique de Staline–. Su tesis de fondo es que el trotskismo sigue siendo “la continuidad revolucionaria” de la prolongada lucha histórica por el socialismo y la revolución de Octubre.
 
Reproducimos aquí el video y el texto completo de su ponencia sobre la mujer y la revolución, traducido por Prensa Obrera, en la que parte de la movilización de mujeres que operó como detonante de los episodios de Febrero de 1917, para extenderse hacia el destacado rol femenino en las conquistas sociales y la defensa de la revolución de Octubre.
 

La mujer y la revolución de febrero
 
Quisiera empezar evocando la manera en la que comenzó la Revolución el 23 de febrero de 1917. En primer lugar, esta revolución es desde un cierto punto de vista la prolongación y continuación de la que estalló en 1905 y terminó en el Domingo Rojo, durante el cual una procesión pacifica de obreras, obreros y sus hijos, fue masacrada por las tropas zaristas, con cerca de 1200 muertos. Esto no impidió que la Iglesia Ortodoxa beatificará al zar Nicolás II en el año 2000, revelando su escaso nivel de exigencia. 
 
La Revolución empezó con una huelga y manifestación de obreras textiles del distrito de Viborg, una barriada obrera al norte de San Petersburgo. Estas obreras, sin embargo, habían recibido el día anterior la recomendación de los responsables bolcheviques del distrito de no hacer huelga, interrogándose sobre cómo podía terminar. Hartas de hacer colas desde las cuatro de la mañana para intentar conseguir pan, cada vez más caro y más raro, deciden, ellas mismas, entrar en huelga y manifestar, van a ver a los metalúrgicos de la fábrica Ericsson, que estaba al lado de la de ellas, para pedirles que se les unan, que se declaren en huelga y salgan a manifestar. 
 
Tenemos ahí una situación tal que el diputado ultra monárquico Shulguin, tan reaccionario que provocaría la envidia de Marine le Pen, la califica diciendo que la revolución estaba lista, pero los revolucionarios no. 
 
Era exacto. Es entendible que no estuvieran listos estos revolucionarios, que habían sufrido varias oleadas represivas, con los diputados bolcheviques exiliados y detenidos y muchos cuadros encarcelados. Son estas obreras las que encienden la mecha y que además, durante  las manifestaciones juegan un gran papel cuando los manifestantes se enfrentan a los soldados, a quienes sus oficiales les ordenan disparar sobre la multitud; se cuelgan de sus fusiles  suplicándoles  que no disparen, logran hacerlos ceder. El papel que juegan en la revolución es el de detonante, que luego desembocará en manifestaciones de 40000 mujeres a mediados de abril 1917, exigiendo la instauración del derecho al voto femenino. Ese derecho al voto será promulgado, a pesar de las reticencias del Gobierno provisorio, en junio de 1917, es el primer país del mundo donde el voto femenino es promulgado sin la menor restricción. Es prácticamente una de las pocas reformas políticas del Gobierno Provisorio. 
 
Esto lleva al hecho de que en los meses siguientes de la Revolución un gran número de mujeres ocupa un lugar destacado. En 1917, entre los tres oradores más populares de Petrogrado, hay dos mujeres. Por un lado esta Trotsky, y por el otro dos mujeres, Alejandra Kollontai y Maria Spiridonova, una socialista revolucionaria de izquierda. Los discursos de los tres encienden a las masas. Esto se traducirá en el rol fundamental jugado por varias de ellas. 
 
Alejandra Kollontai será miembro del primer gobierno bolchevique, al cual renunciará porque se opone a la paz de Brest-Litovsk. Esto llevará a la creación de una sección femenina en el Comité Central del partido Bolchevique, con mandato para elaborar medidas que permitan lanzar una política de emancipación de las mujeres. Este lugar de las mujeres, muchas veces olvidado en la historia o subestimado, no dejara de ser importante durante la guerra civil. Un cierto número de mujeres ocupa un lugar importante. Inessa Armand, Evguenia Bosch, Konstantia Sabrilova, cuadros políticos y dirigentes de Comités Militares. Parece asombroso pero significa una ruptura total con la tradición de la Rusia zarista donde la mujer no era nada. Esta herencia esta hoy ampliamente olvidada en la Rusia de Putin, que es un concentrado de la reacción, donde la iglesia ortodoxa tiene un lugar importante, a tal punto que quieren volver a la tradición zarista, cuando las campesinas eran golpeadas casi todos los días, y acaban de despenalizar la violencia familiar.

 

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Como aporte al reciente Seminario sobre la vigencia de la Revolución de Octubre organizado por la revista En Defensa del Marxismo, el historiador Jean Jacques Marie compartió desde Francia dos valiosas exposiciones sobre el tema.
 
Marie es militante del Parti des travailleurs y autor de una amplísima obra historiográfica, volcada en gran parte al estudio de esta revolución –en la que sobresalen sus biografías de Lenin, Trotsky y Stalin, y estudios como Cronstadt, La Guerre civile russe y Beria: Le bourreau politique de Staline–. Su tesis de fondo es que el trotskismo sigue siendo “la continuidad revolucionaria” de la prolongada lucha histórica por el socialismo y la revolución de Octubre.
 
Reproducimos aquí el video y el texto completo de su ponencia, en la que parte de una polémica con los historiadores que la presentan como un golpe de Estado y se explaya sobre los debates al interior del Partido Bolchevique; las transformaciones revolucionarias posteriores a Octubre; y en particular sobre la Guerra Civil y sus devastadores efectos, luego de la cual Lenin afirmará: "Las potencias capitalistas no pudieron acabar con nosotros. Pero nos prohibieron o impidieron dar un verdadero paso adelante".
 

 
El primer gobierno de trabajadores de la historia
 
Lamento hablar desde tan lejos, pero como decía Lenin es molesto para un revolucionario tener más de 55 años, y los 55 años, los dejé atrás hace muchísimo tiempo. 
 
Quiero empezar derribando una puerta abierta, que son las puertas más fáciles de derribar. La puerta abierta es que numerosos historiadores califican la revolución de octubre como un simple golpe de Estado. Golpe de Estado, llevado a cabo por un puñado de bolcheviques a espaldas de la masa de la población. 
 
Primero, ¿Qué es un golpe de Estado? Es la toma del poder por un grupo, que saca del poder a otro grupo, sin que este cambio  se traduzca en modificaciones económicas y sociales reales, y aún menos  profundas. Si miramos lo que ocurrió en Rusia, en 1917, es justo todo lo contrario de lo que ocurrió con los coroneles griegos, Pinochet en Chile, y Videla en la Argentina. 
 
En primer lugar, es un movimiento que surge de las profundidades mismas de la sociedad, es una rebelión profunda de las masas obreras, campesinas, y también de soldados contra la guerra, y contra la situación que engendra la guerra en Rusia. Porque la guerra causa la ruina del país, reduce a la masa de la población a una existencia miserable, creando problemas de aprovisionamiento y desemboca en una crisis política sin salida que termina en la caída del zarismo el 2 de marzo de 1917. Sin embargo la caída del zarismo no arregla nada, porque los que acceden al poder al día siguiente de la caída del zar deciden continuar con la política del zar. Ciertamente se establecen ciertas libertades políticas, se suprime la discriminación contra las nacionalidades, se decretan la libertad de opinión, la libertad de prensa y de palabra, todo eso es real, efectivamente pero por el resto el Gobierno Provisional  que tiene en su interior, a partir del 6 de mayo de 1917, representantes de los dos principales partidos socialistas, continúa con la guerra, y esa prosecución de la guerra, que arruina y disloca completamente al país, implica que la guerra civil empieza a partir de la caída misma de la monarquía y se traduce en una serie de convulsiones que dan lugar, junto con la continuación de la política del zar, con la continuación de la guerra, a una crisis social, económica y política de una profundidad nunca vista ni igualada en la historia. Por ejemplo, en julio-agosto, 366 fábricas cierran en San Petersburgo y otras grandes ciudades. El aprovisionamiento no llega, el carbón, la comida, el hierro. El funcionamiento de los trenes es peor cada día, y el 19 de agosto de 1917 el ministro de Transportes anuncia que en otoño los trenes ya no funcionaran y agrega que San Petersburgo morirá de hambre. 
 
Al mismo tiempo, estos gobernantes constatan el derrumbe provocado por su política, pero son incapaces de cambiar lo que sea. No pueden ni quieren. 
 
No pueden porque representan los intereses de la burguesía industrial y financiera, y no quieren porque se encuentran paralizados por la amplitud de la catástrofe que se anuncia. 
 
Los únicos que tienen una política clara y neta son los bolcheviques. 
 
Un dirigente del principal partido de la burguesía de la época, que se llama Miliukov, en un pasaje de su libro sobre la historia de la revolución rusa, porque escribió un libro, titula el capítulo que empieza en agosto del 17 "O Kornilov o Lenin". Y afirma que hay solo dos posibilidades de salida de la crisis en la que se encuentra sumergida Rusia. O una mano de hierro para resolver los problemas, Kornilov, es decir el poder militar brutal, para resolver la indisciplina en el ejército, de donde los soldados desertan cada día, pero que dejaría sin atacar los problemas económicos y sociales en los cuales se hunde Rusia;  o Lenin , es decir la toma del poder por las capas más oprimidas de la sociedad. 
 
 El golpe de Estado de Kornilov, a fines de agosto de 1917, fracasa. por un lado porque suscita la reacción profunda de las masas de obreros, de ferroviarios, y también  de la masa de los soldados y por otro lado Kornilov es un extraño jefe de complot, ya que no se mueve de la sede del Estado Mayor , no toma la dirección de las tropas que envía sobre San Petersburgo, y se disculpará, más adelante, diciendo que como tuvo un ligero ataque de malaria, pasó todo el tiempo sonándose la nariz, y es difícil evidentemente dirigir un golpe de estado, sonándose la nariz, aún en esa época donde no existía la televisión. 
 
Cuando los bolcheviques toman el poder, a fines de octubre de 1917, noviembre según el calendario actual, heredan una Rusia completamente devastada. En el Congreso de los Soviets, un dirigente menchevique internacionalista se dirige a los bolcheviques diciéndoles ¿Que van a hacer? 
 
¿Van a tomar el poder con la industria en ruinas, y los transportes completamente paralizados?
 
Si bien en el partido bolchevique había sectores que se oponían a la toma del poder, lo hacían por dos razones diferentes.
 
Por un lado un parlamentarismo un poco imbécil, tal como el de Zinoviev y Kamenev, que afirmaban que después de la Constituyente, los Bolcheviques serían el principal partido de la oposición, y era absurdo tomar el poder.
 
Pero, cual es la perspectiva de ser partido de oposición, el principal incluso, en la Asamblea de un país que se derrumba por completo?
 
La segunda posición opositora era la de aquellos que decían que iban a tener que enfrentar problemas irresolubles. 
 
Uno de ellos, Voloriarski, uno de los agitadores más influyentes de San Petersburgo, que sería matado por los socialistas revolucionarios, el 20 de junio de 2018, se preguntaba:
 
¿Si tomamos el poder, como haremos para alimentar a la población?
 
 El Ejército ya confisca los cuatro quintos del aprovisionamiento y con eso tampoco cubre las necesidades de alimentos de todo el Ejército. 
 
Segundo: no podremos pagar los salarios y tercero deberemos instaurar el Terror, por lo tanto es mejor esperar. 
 
Eso tampoco era una solución porque la espera desemboca en el caos, y una sociedad inmersa en el caos corría el riesgo de la posibilidad de un segundo complot de extrema derecha, que pudiera ser triunfante. 
 
Segundo punto que me parece importante, es que esta revolución, revalidada por el segundo Congreso de los Soviets, alumbra en los meses siguientes una serie de medidas que demuestran que se trata de una verdadera revolución y no de la toma del poder por un grupo político. 
 
Una revolución que conlleva una serie de reformas y medidas a la vez políticas, económicas y sociales de enorme amplitud, que marcan un intento real de construir una sociedad nueva.
 
Reformas, primero civiles y políticas: la instauración del casamiento civil, la instauración del derecho al divorcio, la puesta en pie de igualdad en el código de la familia de los hijos legítimos y los llamados ilegítimos,  la separación de la iglesia y el Estado, la separación Iglesia y escuela, cuando hasta el momento las escuelas eran todas religiosas. 
 
Luego, la puesta en marcha de decretos aprobados por el segundo Congreso de los Soviets, y presentados por Lenin. El decreto sobre la paz, que corresponde a las aspiraciones más profundas de la masa de soldados y campesinos, que en su mayoría también son soldados. 
 
El decreto sobre la tierra, que le quita las tierras a la Corona, o a lo que quedaba de la Corona, y a los grandes terratenientes, a la Iglesia, y a los Monasterios. Estas tierras son transferidas a los Comités Campesinos que deben encargarse de repartirlas entre los campesinos de la comuna. 
 
A esto se agregan una serie de medidas de orden económico como la nacionalización de la banca, la creación de un banco central del Estado, y la decisión, sin precedentes en la historia, que es anular la deuda, negarse a pagar la deuda acumulada por el régimen zarista. Esto tiene como objetivo particular modernizar el Ejército, modernizar la marina, y modernizar los transportes ferroviarios, para facilitar el traslado de las tropas. 
 
Los bolcheviques y los socialistas revolucionarios de izquierda, asociados a ellos en diciembre, deciden no reconocer la deuda. Imaginen lo que significaría hoy en un mundo donde la deuda pública es de 63000 billones, una enorme burbuja especulativa que se pasea por el mundo entero, y de la que EEUU posee la tercera parte, si un gobierno decidiera no pagar la deuda. Provocaría una crisis financiera, económica y social muy interesante, aunque no veo muchos con el coraje que tuvieron en ese plano los bolcheviques en 1918.
 
En ese momento, los embajadores de las potencias occidentales se reunieron y elaboraron una declaración apelando al sentido moral de los bolcheviques, para que honrasen la deuda. Por suerte, ese llamado al sentido moral fue ineficaz. 
 
Con la Revolución, Rusia entra en una segunda etapa de la guerra civil, que va a ser absolutamente destructiva.
 
Ya el país estaba arruinado cuando los bolcheviques llegan al poder, y dos años y medio de guerra civil, de enorme violencia y brutalidad y más violenta aún, ya que de hecho se trata de una guerra civil de alcance mundial.
 
Por supuesto, la guerra civil no se desarrolla a escala del mundo pero políticamente tiene un alcance mundial,  que se manifiesta en el hecho de que  las potencias aliadas, apenas se detiene  la guerra en noviembre 1918, con la revolución en Alemania y en Austria deciden tomar medidas para impedir que el bolchevismo se extienda en Europa, y en todos los países del mundo ya que, cuando asiste al Consejo de Guerra Aliado, el 16 enero de 1919, el presidente de EEUU, Wilson, les explica a los jefes políticos del campo aliado, que el bolchevismo es una amenaza para todos los países incluyendo a los EEUU. El mismo día, Konrad Adenauer, que los EEUU impondrán como canciller de la Alemania Federal, en ese entonces simple alcalde de Colonia, declara que solo un peligro amenaza a Alemania: ¡¡ el bolchevismo!! Declara eso al día siguiente del aplastamiento de la revolución en Alemania y del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. El jefe del Estado Mayor británico, Henry Wilson anota en su diario, que habría que concentrar fuerzas militares británicas en los lugares problemáticos.
 
Escribe –Wilson-: Estamos parados sobre un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Hay que concentrar fuerzas militares británicas en Inglaterra, Irlanda, Egipto, la India.
 
Es decir esta revolución de alcance mundial amenaza al imperio colonial inglés y por supuesto al imperio colonial francés, pero eso al Comandante del Estado mayor británico no le interesa, tiene otras preocupaciones.
 
Tenemos una guerra civil de amplitud mundial, que se manifiesta en el hecho que los países aliados envían armas a los ejércitos blancos, que se fueron constituyendo aquí y allá en el sur, en el este y oeste en Rusia. Les proveen ayuda material y soldados. Esa ayuda es más simbólica que real, ya que estos soldados, en general, no quieren pelear. Inglaterra envía soldados al norte pero estos no quieren moverse -los únicos dispuestos al combate son los griegos que quieren luchar contra los enemigos de la Iglesia Ortodoxa, ya que el patriarca ortodoxo había declarado que los bolcheviques eran fuerzas satánicas y basura humana. Esto habla de su disposición a aceptar las consecuencias sociales y políticas de la revolución.
 
No voy a extenderme sobre la guerra civil, porque sería largo y aburrido.
 
La verdadera cuestión es que esta guerra civil termina la destrucción de un país ya en ruinas.
 
El que cuenta muy bien esto, es un oficial alemán, Edwin Duinger, hecho prisionero por el Ejército Ruso en 1916, encerrado en un campo de prisioneros, cuya realidad describe con gran precisión. Muy parecido, en verdad a los futuros Gulags, salvo que la gente allí no trabaja.
 
Cuando es liberado, tras la derrota militar de Alemania y Austria, se enrola en el ejército blanco del almirante Kolchak, que controla Siberia, y cuando este ejercito es derrotado lo sigue hasta Vladivostok, donde embarca para regresar a Alemania.
 
Voy a leer el relato que hace del comportamiento de los ejércitos blancos, porque es muy ilustrativo. En sus Memorias escribe lo siguiente:
 
“Nuestra marcha no es solo la de la muerte, nuestra marcha es también similar a la destrucción sin piedad de los vándalos. Hemos destruido todas las fábricas, todos los depósitos del ferrocarril, todos los talleres de reparación. En Petrobablosk, en Omsk, capital de Siberia, en Nuevo Nikolaiev, nada de lo que hubiera podido servir a los rojos quedó en pie. Cabinas de señalización, estaciones ferroviarias, puestos de guardavías. Del Ural a Taigal, hemos volado 25 puentes que parecían hechos para la eternidad”.
 
Termina diciendo: “Alrededor nuestro, todo no es más que un desierto de sangre y ruinas”.
 
A excepción de Crimea, donde el general blanco Wrangel, quería dejar intactos los palacios imperiales que contaba recuperar con la ayuda del ejercito del gobierno francés, han destruido prácticamente todo en un país que ya estaba destruido en sus tres cuartas partes, en octubre de 1917.
 
Las consecuencias de esto son tres.
 
La primera es que esta guerra civil y la destrucción que la acompañan imposibilitan en gran parte, la puesta en marcha de los proyectos más emancipadores, por ejemplo, los bolcheviques para llevar a cabo la verdadera emancipación de las mujeres, querían liberarlas de las tareas domésticas. Para eso se había votado la creación de guarderías, de jardines maternales y de infantes, cantinas públicas, pero la realidad no se correspondía, en esas condiciones era imposible poner en pie todo eso. Cuando termina la guerra civil, se crean algunos jardines maternales, ¡¡ unos pocos centenares en ese inmenso país!!
 
El 18 de noviembre de 1920, el gobierno de los Comisarios del Pueblo decide despenalizar el aborto. La libertad de abortar, de la cual León Trotsky decía que es la más triste de las libertades. Este derecho podía ejercerse en los hospitales, en presencia y con la participación de un médico. El problema es que hay muy pocos hospitales en Rusia en 1920, y que la mayoría de las mujeres campesinas continúan abortando con métodos arcaicos, la aguja de metal, tijeras, drogas, venenos, y la mortalidad es enorme.
 
Evidentemente esta guerra civil impide todo esfuerzo de construcción de viviendas, y el derecho al divorcio choca con el hecho de que cuando una pareja se divorcia no tiene posibilidad de separarse, la mayoría de las veces, por no encontrar una vivienda para uno de ellos. O sea esa libertad es en parte limitada por la ausencia de medios materiales, que la guerra civil volvió prácticamente inaccesibles.
 
En una guerra civil es bastante difícil que la democracia pueda desarrollarse plenamente. No se puede imaginar en medio de una operación militar que un ejército disponga bruscamente, ahora vamos a debatir y cuando terminamos retomamos el combate. Una guerra exige autoridad y por lo tanto una limitación de la capacidad de discusión.
 
Una guerra exige autoridad y por lo tanto una limitación a la capacidad de debate, de discusión. Segundo, para alimentar a la población y como la industria soviética estaba paralizada, no había nada para ofrecerles a los campesinos a cambio de su trigo. Se imponía la requisa, y para requisar hacen falta métodos de fuerza, brutales. Entonces, en el curso de esta guerra civil, están fuertemente cuestionadas las reglas fundamentales de la democracia.
 
De todas formas en el partido Bolchevique hay ejemplos de discusión continua, de debates feroces, muy brutales, verbalmente aclaro. 
 
Al mismo tiempo, como en una guerra civil, a diferencia de una guerra entre Estados, el enemigo no se encuentra solo frente a nosotros, sino al lado, o atrás, es imposible dejarles a los adversarios políticos la libertad de expresarse. 
 
El volante, el panfleto es un arma, el diario es un arma, en una guerra civil. 
 
Al final de la Guerra Civil hay una muy importante reducción de las libertades, lo que va a terminar manifestándose dentro del mismo partido dirigente y va a contribuir, sin ser el factor principal, a la emergencia y desarrollo de un aparato político de estado, de un aparato sobre el cual se desarrollará la burocracia, distribuyendo en su beneficio el reparto de la espantosa penuria que reina en la Rusia de la época. 
 
Recuerdo un texto de Lenin de 1920, confrontado a la hambruna que asola el país diciendo:
 
"Somos nosotros los que debemos decidir quién va a morir".
 
Por supuesto, ninguno de ellos había hecho la revolución para tener el derecho de tomar esa decisión. 
 
Esto es la expresión de una situación catastrófica que llevará a Lenin a afirmar en su último escrito del 9 de marzo de 1922:
 
"Las potencias capitalistas no pudieron acabar con nosotros. Pero nos prohibieron o impidieron dar un verdadero paso adelante"
 
Es la constatación de una falta de éxito y se plantea, con angustia, la pregunta. “¿Podremos aguantar, con nuestra economía semicampesina, hasta el momento en que el socialismo este instaurado en los grandes países europeos?".
 
Es decir, que para Lenin, la suerte de la revolución rusa dependía de la revolución en otros países. 
 
Pero la revolución en otros países fue aplastada, en Alemania desembocó en el fascismo y el nazismo, en Austria desembocó en el fascismo, en Italia desembocó en el fascismo, en Hungría desemboco en el fascismo. 
 
Por lo tanto, las perspectivas aparecen efectivamente bastante difíciles y delicadas, este fracaso desembocará no solamente en el fascismo sino también en la Segunda Guerra mundial.
 
Es la razón por la cual hay que partir prácticamente de cero. 

 

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Foto: Manifestación política el 18 de junio de 1917 en Petrogrado. La bandera izquierda dice "Paz para el mundo entero - Todo el poder al pueblo - Toda la tierra al pueblo " y la bandera derecha dice: "Abajo los ministros capitalistas"; éstas eran consignas bolcheviques.
 
 
El trasfondo histórico
 
Rusia tenía una población de más de 165 millones en 1917, mientras que Petrogrado tenía una población de 2,7 millones. Petrogrado tenía aproximadamente 390.000 obreros, de los cuales alrededor de un tercio eran mujeres, y la guarnición de Petrogrado abarcaba entre 215.000 y 300.000 soldados, a los que deberían agregarse los alrededor de 30.000 marineros y soldados de la base naval de Kronstadt, en la cercana isla Kotlin.
 
Después de la Revolución de Febrero, que dio como resultado la abdicación del zar Nicolás II, los soviets, bajo la dirección de los mencheviques y socialistas revolucionarios, cedieron graciosamente el poder a un Gobierno Provisional burgués no elegido que continuaba la guerra imperialista y posponía la reforma agraria hasta la elección de una Asamblea Constituyente en un futuro indefinido. Sin embargo, dado que los mismos soviets habían ordenado la elección de comités de soldados en el ejército y les habían dado instrucciones de desobedecer todas las órdenes de los oficiales contrarias a los decretos emitidos por el Soviet de Diputados de los Trabajadores y de los Soldados, el resultado final fue la temblorosa estructura de doble poder, signada por constantes crisis gubernamentales. La primera de dichas crisis, sobre la continuación de la participación de Rusia en la guerra imperialista, estalló en abril de 1917 y resultó en la expulsión del Gobierno Provisional de los principales líderes políticos burgueses, Pavel Miliukov del Partido Kadete (Partido Constitucional Demócrata) y de Alexander Guchkov, del Partido "Octobrista". La crisis de abril proporcionó una prueba evidente de la impotencia del Gobierno Provisional en la guarnición de Petrogrado, porque las tropas respondieron a la autoridad del Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado en lugar de responder al General Kornilov, entonces comandante del Distrito Militar de Petrogrado. 
 
La crisis de abril derribó al Primer Gobierno Provisional y dio lugar a la formación de un segundo gobierno, que fue también el Primer Gobierno de Coalición, y que incluía nueve ministros de los partidos burgueses y seis de los partidos "socialistas". El Primer Ministro y Ministro del Interior seguía siendo un príncipe con el nombre de Georgy Lvov, pero la estrella ascendente y candidato a Bonaparte era el Ministro de Guerra y de la Marina de Guerra Alexander Kerensky, miembro de la organización trudovique (una escisión de los socialistas revolucionarios que se opuso al boicot por éstos de las elecciones a la Primera Duma). El gabinete también incluía a los mencheviques Irakli Tsereteli como Ministro de Correos y Telégrafos y a Mijail Skobelev como Ministro de Trabajo, así como al "teórico" de los socialistas revolucionarios, Víctor Chernov, como Ministro de Agricultura, y a su compañero de partido Pavel Pereverzev como Ministro de Justicia.
 
El Partido Bolchevique a mediados de 1917
 
El partido bolchevique experimentó múltiples sacudidas de febrero a junio de 1917. Inicialmente se opuso a las manifestaciones del Día Internacional de la Mujer que condujeron al estallido de la Revolución de Febrero (el 23 de febrero en el calendario Juliano era el 8 de marzo en el calendario gregoriano), luego experimentó un agudo giro a la derecha a mediados de marzo, cuando el trío formado por Kamenev, Stalin y Muranov regresó de Siberia y tomó el control del órgano partidario, Pravda, que comenzó a abogar por un apoyo crítico al gobierno provisional, el rechazo de la consigna "Abajo la guerra" y el fin de las actividades desorganizadoras en el frente. Esta posición contrastaba fuertemente con las opiniones expresadas por Lenin en sus “Cartas desde lejos”, y por lo tanto no es sorprendente que Pravda publicara sólo la primera de ellas, y además censurada. Según el testimonio de Alexander Shlyapnikov:
 
El día de la primera edición de "Pravda reformado" - el 15 de marzo - fue un día de júbilo para los defensistas. El conjunto del Palacio Táuride, desde los miembros del Comité de la Duma al Comité Ejecutivo del Soviet - el corazón mismo de la democracia revolucionaria - se llenó con la misma noticia: la victoria de los bolcheviques moderados y razonables sobre los extremistas. En el Comité Ejecutivo del Soviet nos recibieron con sonrisas venenosas. Fue la primera y única vez que Pravda recibió la aprobación del ala defensista, incluso de los más reaccionarios. Cuando ese número de Pravda fue recibido en las fábricas, causó perplejidad entre los miembros y simpatizantes de nuestro partido y satisfacción entre nuestros oponentes más virulentos. El Comité de Petrogrado, el Buró del Comité Central y el Consejo Editorial de Pravda recibieron muchas interpelaciones - ¿qué estaba pasando? ¿por qué nuestro periódico renunciaba a la línea bolchevique y tomaba la ruta defensista? Pero el Comité de Petrogrado, al igual que toda la organización, estaba sorprendido por este golpe de timón, y, profundamente indignado, culpaba al Buró del Comité Central. El resentimiento en los barrios obreros era muy grande, y cuando los proletarios se enteraron de que Pravda había sido capturado por los tres ex líderes recién llegados de Siberia [Kamenev, Stalin y Muranov], exigieron su expulsión del partido.
 
Tales eran los puntos de vista de los dirigentes bolcheviques en Petrogrado, cuando el 3 de abril Lenin llegó a la estación Finlandia y al día siguiente presentó ante los delegados bolcheviques a la Conferencia Panrusa de Soviets de Diputados de Obreros y Soldados su famosa "Tesis", las cuales, en contraste con la posición de Kamenev-Stalin sobre la guerra, reafirmaban el llamado anterior de Lenin rechazar totalmente el "defensismo revolucionario" y abogaban por la fraternización en el frente, adoptando las perspectivas de Trotsky y caracterizando al "momento actual" como una transición entre la primera etapa "liberal-burguesa" de la revolución y la segunda etapa "socialista", durante la cual el poder sería transferido a manos del proletariado. En cuanto al Gobierno Provisional, las tesis de Lenin rechazaban la fórmula de "apoyo limitado" de Stalin-Kamenev y pedían en cambio el rechazo total del Gobierno Provisional, descontando como absurda la posibilidad de reunificación con los mencheviques. El principal eslogan bolchevique desde entonces sería la transferencia de todo el poder a los soviets, lo que daría como resultado el armamento del pueblo, la abolición de la policía, el ejército y la burocracia estatal, la confiscación de todas las propiedades de los terratenientes y la transferencia del control sobre la producción y distribución de bienes a manos de los trabajadores. En la Séptima Conferencia de Rusia del POSDR(b), que se reunió en Petrogrado del 24 al 29 de abril, las posiciones de Lenin sobre el Gobierno Provisional y sobre la guerra obtuvieron el apoyo de la mayoría. 
 
Los miembros del Partido Bolchevique en el momento del derrocamiento del zar eran muy escasos. En febrero había unos 2.000 bolcheviques en Petrogrado, es decir, los bolcheviques constituían entonces alrededor del 0,5 por ciento de la clase obrera industrial de la capital. En la apertura de la Conferencia de abril, la afiliación al partido de la ciudad había aumentado a 16.000. A finales de junio había llegado a 32.000, mientras que 2.000 soldados de la guarnición se habían unido a la Organización Militar Bolchevique y 4.000 soldados se habían asociado al "Club Pravda", un club "no partidario" de personal militar operado por la Organización Militar Bolchevique. Este crecimiento masivo de la militancia partidaria fue acompañado por una transformación en la composición de la organización partidaria de Petrogrado, cuyas filas se inflaron con reclutas impetuosos que sabían poco de marxismo y estaban sobre todo sedientos de acción revolucionaria.
 
A este reclutamiento sobre una base individual debe agregarse la incorporación al Partido Bolchevique de organizaciones existentes. El 4 (17) de mayo, un día antes de la formación del Gobierno de la Primera Coalición, León Trotsky regresó del exilio. Sus posiciones ahora coincidían con las de Lenin, y por lo tanto comenzó a trabajar con el Partido Bolchevique junto con su organización, la “Organización Inter-Distrito” de Petrogrado, un grupo de unos 4.000 militantes formado en noviembre de 1913 que se fusionó con el Partido Bolchevique en su sexto congreso, celebrado a fines de julio y principios de agosto de 1917.
 
Pero, no obstante el crecimiento exponencial de la afiliación partidaria, los bolcheviques todavía eran una minoría relativamente pequeña dentro del país a mediados de 1917: los bolcheviques obtuvieron el 9,63 por ciento de los delegados en el Primer Congreso Panruso de Soviets de Diputados Obreros y Soldados que se reunió en Petrogrado del 3 de junio al 24 de junio de 1917. Este congreso nacional soviético incluyó 1.090 delegados, 822 de ellos con derecho a voto, lo cuales representaban a 305 soviets de trabajadores, soldados y campesinos, y a 53 soviets regionales, provinciales y de distrito. La distribución de los delegados por partido era la siguiente: 285 socialistas revolucionarios, 248 mencheviques, 105 bolcheviques, 32 mencheviques internacionalistas y otros.
 
En dicha época existían en Petrogrado tres organizaciones distintas del Partido Bolchevique: el Comité Central de nueve hombres, elegido a fines de abril de 1917; la Organización Militar, bajo la dirección de N.I. Podvoiski y V.I. Nevsky; y el Comité de Petersburgo, cada una de ellas con sus propias responsabilidades. Dichas organizaciones sometían al partido a presiones diferentes y a veces conflictivas. El Comité Central, que tenía que tomar en consideración la situación de todo el país, debía a menudo contener a las organizaciones más radicalizadas de la capital. 
 
Los Días de Junio establecen el escenario
 
Una manifestación armada prevista para el 10 de junio por iniciativa de la Organización Militar bolchevique como expresión de oposición masiva a los preparativos del Gobierno Provisional para una ofensiva militar, y en particular a los intentos de Kerensky de reinstaurar la disciplina militar y a las crecientes amenazas de traslados al frente, tuvo que ser cancelada a último momento debido a la oposición del Congreso de los Soviets. En el momento de la abortada manifestación del 10 de junio, algunos elementos del Partido Bolchevique, particularmente en el Comité de Petersburgo y en la Organización Militar (en contraposición al Comité Central y a Lenin), la consideraron una oportunidad potencial para un levantamiento en la capital. Lenin tuvo que comparecer en una reunión de emergencia del Comité de Petersburgo celebrada el 11 de junio a fin de defender la decisión del Comité Central de cancelar la manifestación armada. Explicó que el Comité Central no podría haber actuado de otra manera debido a la orden formal del Soviet que prohibía la manifestación y porque habían sabido de fuentes confiables que la contrarrevolución pretendía hacer uso de la manifestación. Lenin agregó:
 
Incluso en la guerra a veces sucede que las ofensivas programadas deben ser canceladas por razones estratégicas, y es tanto más probable que esto ocurra en la guerra de clases. ... Es necesario analizar la situación y ser audaz en las decisiones.
 
Después de la cancelación de la manifestación del 10 de junio, el Congreso de los Soviets decidió organizar una marcha propia el domingo 18 de junio, en la que todas las unidades militares de la guarnición de Petrogrado debían tomar parte sin armas. Los bolcheviques convirtieron esta idea mal concebida en una masiva manifestación de oposición al Gobierno Provisional, con más de 400.000 participantes. 
 
En sus memorias de la Revolución Rusa, Sujanov recuerda:
 
Todos los trabajadores y soldados de Petersburgo participaron en ella. Pero ¿cuál era el carácter político de la manifestación? « Bolcheviques », comenté, mirando las consignas, « y detrás de ellos hay otra columna bolchevique ». . . . « ¡Todo el Poder a los Soviets! » « ¡Abajo los diez ministros capitalistas! » « ¡Paz a las chozas, guerra a los palacios! » De esta manera robusta y pesada, el trabajador-campesino de Petersburgo, vanguardia de la revolución rusa y mundial, expresaba su voluntad. La situación era absolutamente inequívoca. Aquí y allá, la cadena de banderas y columnas bolcheviques era interrumpida por consignas soviéticas oficiales y de los Socialistas Revolucionarios. Pero éstas estaban sumergidas en la masa; parecían ser excepciones que confirmaban la regla. Una y otra vez, como un inmutable invocación saliendo de las profundidades de la capital revolucionaria, como el propio destino, como la madera fatal de Birnam, avanzaban hacia nosotros: « ¡Todo el Poder a los Soviets! », « ¡Abajo los diez ministros capitalistas! ».
 
La abortada manifestación del 10 de junio había sido planificada por los bolcheviques junto con la Federación de Anarquistas-Comunistas de Petrogrado, una de las dos principales organizaciones anarquistas que operaban en Petrogrado en el verano de 1917, siendo los anarcosindicalistas el segundo grupo. En su planificación para la manifestación de junio de 18, el “Comité Revolucionario Provisional” anarquista, acuartelado en la mansión de Durnovo, decidió ser más audaz que los bolcheviques. Irrumpiendo en la prisión de Vyborg, liberaron a F.P. Jaustov, el editor del periódico de la Organización Militar bolchevique en la primera línea, Okopnaia Pravda. En respuesta, el 19 de junio el Gobierno Provisional organizó una incursión en la mansión de Durnovo, matando a Asnin, uno de los líderes anarquistas-comunistas. Esto, junto con la ofensiva de julio lanzada por Kerensky y la recepción por parte de varios regimientos de la guarnición de Petrogrado de órdenes de entregar armas y hombres, condujo al surgimiento de disturbios entre los soldados y al aumento de la tensión en las unidades militares, particularmente en el Primer Regimiento de Ametralladoras, en el que planes para que un levantamiento inmediato, avivado por los Anarquistas-Comunistas, fueron esbozados ya el 1 de julio.
 
En la Conferencia Rusa de Organizaciones Militares Bolcheviques, los 107 delegados, que representaban a 26.000 miembros del partido (en su mayoría soldados que se habían unido al partido en 1917), fueron advertidos de no caer en el juego del gobierno, que intentaba empujarlos a una sublevación desorganizada y prematura. En su discurso de Lenin el 20 de junio hizo la siguiente advertencia:
 
Debemos ser especialmente atentos y cuidadosos para no ser caer en una provocación. . . . Un movimiento equivocado de nuestra parte puede arruinarlo todo. ... Si pudiéramos ahora tomar el poder, es ingenuo pensar que habiéndolo tomado podríamos conservarlo.
 
Hemos dicho más de una vez que la única forma posible de gobierno revolucionario es un Soviet de diputados obreros, soldados y campesinos.
 
¿Cuál es el peso exacto de nuestra fracción en el Soviet? Incluso en los Soviets de ambas capitales, para no hablar de los otros, somos una minoría insignificante. ¿Y qué demuestra este hecho? No se puede dejar de lado. Muestra que la mayoría de las masas está vacilando pero todavía cree en los socialistas revolucionarios y los mencheviques.
 
Este es un hecho básico, y determina el comportamiento de nuestro partido. ¿Cómo podemos empujar a la pequeña burguesía a tomar el poder, si esta pequeña burguesía ya es capaz de hacerlo pero no quiere tomarlo?
 
No, para tomar el poder seriamente (no mediante métodos blanquistas) el partido proletario debe luchar por la influencia dentro del Soviet, paciente, inquebrantablemente, explicando a las masas día a día el error de sus ilusiones pequeñoburguesas.
 
Lenin retomó esta idea al día siguiente en un editorial sobre la ofensiva de Kerensky publicado en Pravda:
 
El ejército marchó a la muerte porque creía que estaba haciendo sacrificios por la libertad, la revolución y la paz temprana.
 
Pero el ejército lo hizo porque es sólo una parte del pueblo, que en esta etapa de la revolución está siguiendo a los partidos socialista revolucionario y menchevique. Este hecho general y básico, la confianza de la mayoría en la política pequeñoburguesa de los mencheviques y los socialistas revolucionarios, que dependen de los capitalistas, determina la posición y la conducta de nuestro partido.
 
Seguiremos esforzándonos por exponer la política gubernamental, advirtiendo resueltamente a los obreros y soldados, como en el pasado, que no deben centrar sus esperanzas en acciones descoordinadas y desorganizadas.
 
Pero, en palabras de Trotsky, los obreros y los soldados "recordaban que en febrero sus líderes habían estado dispuestos a batirse en retirada justo en vísperas de la victoria; que en marzo la jornada de ocho horas había sido obtenida por la acción de abajo; que en abril Miliukov había sido expulsado por regimientos que salieron a la calle por iniciativa propia. El recuerdo de estos hechos acentuaba el humor tenso e impaciente de las masas".
 
Entre los dirigentes a nivel de unidad de la Organización Militar de Petrogrado, el sentimiento en este momento estaba fuertemente a favor de una acción directa inmediata contra el Gobierno Provisional, y muchos miembros del Partido Bolchevique a nivel de distrito ya consideraban inevitable e incluso deseable un levantamiento temprano. La divergencia entre el Comité Central y la Organización Militar en su estimación de la situación revolucionaria y de la fuerza del partido se reflejó en sus respectivos órganos, Pravda y Soldatskaia Pravda.
 
Justo cuando la ofensiva estaba a punto de colapsar, el Gobierno Provisional experimentó una crisis en torno a Ucrania: cuatro ministros del partido Kadete dejaron la coalición en protesta contra el compromiso alcanzado entre Kerensky y la Rada Central en Kiev sobre la autodeterminación de Ucrania. La abrupta deserción de los Kadetes dejó al Gobierno Provisional, compuesto ahora de seis ministros "socialistas" y sólo cinco "capitalistas", en una posición desorganizada y completamente vulnerable en vísperas de las Jornadas de Julio. Y en el transcurso mismo de las Jornadas de Julio los bolcheviques obtuvieron la mayoría en la sección obrera del Soviet de Petrogrado, un testimonio de su creciente influencia entre las masas.
 
El levantamiento del 3 de julio de 1917 en Petrogrado
 
La serie de acontecimientos conocidos como las Jornadas de Julio comenzó con una rebelión del Primer Regimiento de Ametralladoras, apoyada por varias otras unidades militares, el 3 de julio. El estallido del levantamiento encontró a los bolcheviques en la capital celebrando su Segunda Conferencia de la Ciudad de Petrogrado, que se inauguró el 1 de julio en la mansión Kshesinskaia, la sede de los bolcheviques. Fue sólo a último momento que el Comité Central decidió unirse al movimiento, cuando quedó claro que varios regimientos, apoyados por masas de obreros, ya estaban en la calle y que los bolcheviques en todas partes participaban en la manifestación. Se aprobó la recomendación de que las manifestaciones callejeras continuaran el día siguiente bajo los auspicios bolcheviques, pero, aunque se entendía que las manifestaciones estarían armadas, no se dijo nada sobre un levantamiento armado ni sobre la ocupación de edificios gubernamentales. En cambio, la resolución oficial pedía "la transferencia del poder al Soviet de Diputados de Obreros, Soldados y Campesinos".
 
Así, la Organización Militar Bolchevique asumió el liderazgo de un movimiento callejero que originalmente se había desarrollado fuera de su control. Por otra parte, la erupción de la revuelta desbarató al Partido Bolchevique: aquellos de sus agitadores que obedecían las directrices del Comité Central e intentaban posponer un levantamiento a menudo se encontraron en conflicto, en lugares como la fábrica Putilov y la base naval de Kronstadt, con otros miembros del partido, en particular los pertenecientes a la Organización Militar y al Comité de Petersburgo, que favorecían un levantamiento.
 
Un partido revolucionario inevitablemente experimenta un crecimiento exponencial durante una revolución: hemos visto que durante el período considerado el Partido Bolchevique en Petrogrado creció 1.600 por ciento, desde apenas 2.000 miembros a finales de febrero a 32.000 miembros a finales de junio. En dichas circunstancias, un partido está casi inevitablemente sujeto a presiones sin precedentes, que se manifiestan con diferentes grados de intensidad en los diferentes órganos del partido, dando lugar a un desorden potencial en momentos críticos. Ningún método organizativo, por más "leninista" que sea, puede evitar que esto ocurra de antemano; el resultado de tales eventos depende de un conjunto de circunstancias, entre las cuales la confianza obtenida por el liderazgo del partido entre sus miembros durante un largo período de tiempo no es la menos significativa. Esta es la razón por la que la construcción de un partido revolucionario no es una tarea que se pueda emprender en el curso de los acontecimientos revolucionarios mismos, como lo demostrarían posteriormente, por la negativa, los acontecimientos de la Revolución alemana.
 
Los manifestantes armados del 3 de julio, después de un intento infructuoso de detener a Kerensky, se trasladaron al Palacio Táuride, sede del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, con la intención de obligarlo a tomar el poder de manos del Gobierno Provisional. La multitud, estimada en sesenta a setenta mil personas, abrumó las defensas y presentó su exigencia de que todo el poder se transfiriera a los soviets, sólo encontrase con una negativa cerrada. Trotsky capturó la ironía del momento cuando observó que, mientras cientos de miles de manifestantes exigían la transferencia del poder a los líderes de los soviets, éstos buscaban fuerzas armadas para emplear contra los manifestantes. Los mencheviques y los socialistas revolucionarios, después de haber recibido el poder de los obreros y soldados luego de la revolución de febrero, trataban de entregárselo a la burguesía imperialista contra la voluntad de las masas, prefiriendo una guerra civil contra el pueblo a una transferencia sin sangre del poder a sus propias manos. Cuando los manifestantes de julio se encontraron ante la negativa frontal de los dirigentes soviéticos a prescindir de sus aliados capitalistas (la mayoría de los cuales habían dejado al gobierno por su cuenta) en nombre de la "democracia", la situación llegó a un punto muerto.
 
"¡Toma el poder, hijo de puta, cuando te lo dan!"
 
Al día siguiente, 4 de julio, Lenin llegó a Petrogrado desde Finlandia y se dirigió a la mansión Kshesinskaia, donde pronto tuvo que enfrentarse a los marineros de la base naval de Kronstadt, que habían venido armados en una flotilla hacia la capital. El último discurso público de Lenin hasta después de la revolución de Octubre no fue lo que los marineros esperaban escuchar: puso énfasis en la necesidad de una manifestación pacífica, expresó la certeza de que el lema "Todo el poder a los Soviets" eventualmente prevalecería y concluyó pidiendo a los marineros autocontrol, determinación y vigilancia. De este modo, los acontecimientos de los Jornadas de Julio muestran al Comité Central bolchevique, y particularmente a Lenin, en un rol muy inusual: intentando impedir un levantamiento prematuro en la capital que, de haber tenido éxito, podría haber llevado al aislamiento de los bolcheviques y al eventual aplastamiento de la Revolución Rusa, como ocurrió con la Comuna de París en 1871 y con el Levantamiento Espartaquista en Berlín en enero de 1919.
 
Una procesión armada de unos sesenta mil hombres se dirigió hacia el Palacio Táuride, sólo para ser emboscada por un francotirador en la esquina de las calles Nevsky y Liteiny, y de nuevo en la esquina de las calles Liteiny y Panteleimonov. Pero la mayor cantidad de bajas resultó de enfrentamientos con dos escuadrones de cosacos, los cuales incluso emplearon artillería contra los manifestantes. Para entonces los manifestantes ya habían acumulado varias docenas de muertos y heridos. Fue después de estas batallas campales que los marineros de Kronstadt, encabezados por el bolchevique Raskolnikov, llegaron al Palacio Táuride, donde fueron recibidos por los soldados del Primer Regimiento de Ametralladoras. 
 
Y aquí, en el Palacio Táuride, sede de la dirección soviética, tuvo lugar uno de los acontecimientos más dramáticos y tragicómicos de la época: el Ministro de Agricultura, el "teórico" de los socialistas revolucionarios, Victor Chernov, fue enviado por los líderes soviéticos para calmar a los manifestantes. Chernov fue arrastrado por la muchedumbre, y un trabajador sacudió su puño ante su cara diciendo: "¡Toma el poder, hijo de puta, cuando te lo dan!". Chernov fue declarado bajo arresto, llevado a un coche cercano y finalmente salvado sólo por la oportuna intervención de Trotsky, quien con extrema dificultad persuadió a los manifestantes para que lo liberaran. Sujanov describió la escena en las siguientes palabras:
 
La turba estaba en un estado de excitación hasta donde alcanzaba la vista. . . . Todo Kronstadt conocía a Trotsky, y se habría pensado que confiaban en él. Pero Trotsky empezó a hablar y la multitud no se calmó. Si en ese momento se hubiera disparado un tiro por provocación, habría podido ocurrir una tremenda matanza y todos nosotros, tal vez también Trotsky, podríamos haber sido destrozados. Trotsky, excitado y sin encontrar palabras en esta atmósfera salvaje, apenas podía hacer que las filas más cercanas lo escucharan. ... Cuando trató de liberar a Chernov, encontró una viva resistencia. "Has venido a declarar tu voluntad y a mostrar al Soviet que la clase obrera ya no quiere ver a la burguesía en el poder" (declaró Trotsky). "Pero, ¿por qué herir a tu propia causa con pequeños actos de violencia contra individuos casuales? . . . Cada uno de ustedes ha demostrado su devoción a la revolución. Cada uno de ustedes está dispuesto a dar su vida por ella. Yo sé eso. ¡Dame la mano, compañero! ¡Tu mano, hermano!" Trotsky estiró la mano hacia un marinero que protestaba con especial violencia. Pero éste se negó a responder ... Me pareció que el marinero, que debía haber oído más de una vez a Trotsky en Kronstadt, ahora tenía una sensación real de que era un traidor: recordaba sus discursos anteriores y estaba confundido. No sabiendo qué hacer, los marineros de Kronstadt liberaron a Chernov.
 
Chernov regresó al Palacio Táuride y se tomó la revancha escribiendo ocho editoriales contra los bolcheviques, de las cuales el periódico socialista revolucionario, Delo nadora, finalmente publicó cuatro. Pero el Gobierno Provisional en su conjunto, uno de cuyos ministros era Chernov, se vengó de los bolcheviques al día siguiente de una manera mucho más pérfida: lanzando, por iniciativa del Ministro de Justicia P.N. Pereverzev, una campaña de calumnias que describía a Lenin (a quien se había permitido llegar a Rusia viajando por Alemania en un coche sellado) como agente del Estado Mayor alemán.
 
El triunfo temporal de la reacción
 
El 5 de julio, el Comité Ejecutivo Central de los Soviets y los funcionarios del Distrito Militar de Petrogrado lanzaron una operación militar para retomar el control en la capital. Las tropas leales al gobierno ocuparon la mansión Kchesinskaia y destruyeron la planta editorial de Pravda. Lenin, que había decidido ocultarse, se les escapó por poco. Es inútil especular si, de haber sido capturado, habría sufrido el mismo destino que Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht después de la Revuelta Espartaquista, pero una pista sobre lo que podría haberle sucedido es ofrecida por la caricatura publicada en el periódico de derecha Petrogradskaia Gazeta dos días más tarde: "¿Lenin quiere un alto puesto? ¡Muy bien! ¡Un puesto está listo para él!!!" (caricatura de Petrogradskaia Gazeta, 7 de julio de 1917, con la etiqueta "un alto puesto para los líderes de la rebelión")
 
Tropas leales al gobierno también ocuparon la fortaleza de Pedro y Pablo, abandonada por los soldados del Primer Regimiento de Ametralladoras a instancias de la Organización Militar bolchevique. El Comité Central bolchevique también instruyó a sus seguidores para que pusieran fin a las manifestaciones callejeras, invitando a los trabajadores a volver a trabajar y a los soldados a regresar a sus cuarteles. Mientras tanto, el Gobierno Provisional ordenó la detención de los principales líderes bolcheviques tales como Lenin, Zinoviev (que también pasó a la clandestinidad) y Kamenev, y de los jefes de la Organización Interdistrital Lunacharsky y Trotsky. Aunque algunos de los detenidos, como Trotsky, salieron de la prisión durante el golpe de Kornilov para organizar la resistencia obrera, otros sólo serían liberados por la Revolución de Octubre. Así terminaron las Jornadas de Julio, las cuales fueron, en palabras de Lenin, "mucho más que una demostración y algo menos que una revolución".
 
Sin embargo, aunque algunos de los principales sus líderes tuvieron que pasar a la clandestinidad y sus periódicos Pravda, Soldatskaia Pravda, y Pravdy Golos fueron clausurados, el retroceso experimentado por el Partido Bolchevique fue de corta duración. El colapso de la ofensiva del Undécimo Ejército en el frente del suroeste ante un masivo contraataque de los ejércitos austro-alemanes y el deterioro de la situación económica hicieron que las consignas bolcheviques conservaran toda su validez. En consecuencia, los periódicos bolcheviques pronto reaparecieron con títulos ligeramente alterados y los comités del partido también volvieron a ponerse rápidamente de pie. El desarme de las unidades rebeldes ordenado por el gobierno provisional era más fácil de decir que de hacer, y pronto el aplastamiento del golpe de Kornilov en agosto de 1917 revirtió la situación y creó las condiciones para el éxito de la insurrección organizada por los bolcheviques para tomar el poder.
 
¿Cuáles fueron las lecciones de las Jornadas de Julio para el Partido Bolchevique? Según el libro magistral del que tomamos la mayor parte de los datos de este ensayo, Prelude to Revolution: The Petrograd Bolsheviks and the July 1917 Uprising de Alexander Rabinowitch:
 
La derrota sufrida por los bolcheviques resultó ser mucho menos grave de lo que cabía esperar. En el momento del abortado golpe de Kornilov, el partido más que recuperó sus pérdidas. El último día de agosto, los bolcheviques resurgidos obtuvieron la mayoría en el Soviet de Petrogrado por primera vez, y apenas dos semanas más tarde Lenin exhortó a los dirigentes bolcheviques de la capital a derrocar al Gobierno Provisional de inmediato. Es significativo que durante la segunda quincena de septiembre y en octubre, cuando el Partido Bolchevique se dividió una vez más en torno a la cuestión de la toma del poder, el alto mando de la Organización Militar insistió en la absoluta necesidad de una cuidadosa preparación antes de tomar la ofensiva contra el Gobierno Provisional. Como la Revolución de Octubre lo habría de demostrar, para el liderazgo de la Organización Militar, como para los bolcheviques de Petrogrado en general, las lecciones de julio no fueron inútiles.
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