22 de abril de 2018

La huelga ferroviaria en Francia

Un momento decisivo de la lucha de clases.
Por Roberto Gramar (desde París)

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El pasado jueves 19, la CGT y Solidares organizaron en París y en decenas de ciudades de provincia un conjunto de manifestaciones en favor de la “convergencia de las luchas”, esto es, de los diferentes enfrentamientos entre el movimiento obrero, los estudiantes y otros sectores y el gobierno de Emmanuel Macron. En la madrugada del viernes, un impresionante operativo policial -en realidad, militar- desalojó a los estudiantes de la Universidad de Tolbiac, una de las más importantes universidades ocupadas.

La huelga ferroviaria está en el centro de estos enfrentamientos. La huelga y las movilizaciones muestran los contrastes de la lucha de clases en Francia, las fuerzas y debilidades del movimiento obrero, de su vanguardia militante, del conjunto de la lucha de los oprimidos. Estamos en una carrera contra el tiempo, entre el gobierno capitalista y las luchas obreras y populares. El desenlace será decisivo para todo este período de desarrollo de la crisis capitalista en los países europeos.
 

El ataque de Macron

Es claro que la así llamada “reforma ferroviaria” (que prevé la desarticulación de la empresa, la liquidación de las condiciones de trabajo, la cesión al capital privado de las actividades más lucrativas) determinará el futuro de este gobierno capitalista. Hace unos años se privatizaron las autorrutas, ahora se trata de los aeropuertos y el transporte. Pero el objetivo son los sistemas de jubilación y de seguridad social (prestaciones de salud). Hay una política planificada de destrucción de los servicios públicos. El gobierno ya anunció que en el segundo semestre del año lanzará la “reforma previsional”. Al mismo tiempo se destruye la educación nacional y se favorece la enseñanza privada. Lo mismo sucede con las universidades y la nueva ley de selección del ingreso de los estudiantes al tercer ciclo.

El programa presidencial tiene un largo alcance. Macron carece de un partido político que lo apoye en esta tarea y utiliza los recursos del bonapartismo, en sus expresiones más grotescas. Las elecciones presidenciales marcaron la crisis de los grandes partidos gubernamentales y en ese vacío se introdujo el nuevo presidente, apañado por el gran capital, los centros financieros, los órganos pensantes de la burguesía imperialista francesa. El presidente tiene que sostener el rango imperialista y militarista de Francia, con sus correspondientes costos y liquidación de libertades democráticas.

La liquidación de las conquistas obreras, de los reglamentos de protección, de las convenciones colectivas, es una necesidad inmediata. Comenzó con la liquidación del código de trabajo y el pasaje a una supuesta “negociación” a nivel de la empresa, que nunca va a existir como tal. Ataca a las burocracias sindicales y al rol que defienden de intermediarias entre el capital y el trabajo, favoreciendo siempre al régimen capitalista. La reforma ferroviaria sintetiza muy bien todos estos objetivos y es un pasaje necesario. Ataca un sector de la clase obrera muy sindicalizado, con un estatuto particular de trabajo, un cuadro nacional, un cierto poder de negociación. Hay que recordar que en 1995, el gobierno de Alain Juppé anunció la liquidación del régimen jubilatorio de los ferroviarios y la huelga que le respondió paralizó al país e hizo caer el gobierno.


La respuesta de la burocracia sindical

Los sindicatos ferroviarios son particularmente poderosos (en un país con una baja tasa de sindicalización salvo en el sector público y en ciertos núcleos industriales) y están divididos en diversas confederaciones, como en el resto del movimiento obrero. El sindicato dominante es la CGT (que pierde influencia), luego están la CFDT (Confederación Francesa Democrática del Trabajo) y UNSA (ambas de colaboración abierta de clases y con la segunda fuerte entre los maquinistas). El sindicato combativo es SUD Rail. FO (Fuerza Obrera) quedó rezagado y más cerca de la CGT que de CFDT-UNSA.

La reforma ferroviaria va a ser sancionada por el Poder Ejecutivo con la ratificación del Congreso, donde Macron dispone de una mayoría enorme y automática. No hay debate ni negociación con las organizaciones sindicales y de hecho tampoco en el país, con un ritmo frenético de sanción de leyes y disposiciones antipopulares y antiobreras. Además el movimiento obrero viene de dos derrotas importantes, contra las reformas laborales de François Hollande y de Macron mismo.

Al mismo tiempo, la destrucción de la SNCF [empresa estatal de ferrocarriles] y del código ferroviario no podían pasar tranquilamente. Las direcciones sindicales propusieron entonces un “plan de lucha” novedoso: una sucesión de huelgas de dos días y tres días de trabajo hasta el mes de junio. Este programa permitía mantener el diálogo con el gobierno, sin forzar la situación de la huelga. SUD fue el único que se opuso, manteniendo una consigna de “huelga reconductible”, esto es una huelga por tiempo indeterminado, sancionada y renovada cada día por una Asamblea General.

La respuesta del gobierno fue brutal: no hay nada que negociar. La CFDT en particular pidió la intervención directa del Primer Ministro, para dejar de lado a la inútil ministro de Transporte, que no tenía ningún poder. Es la negativa del gobierno la que mantiene por ahora el bloque sindical, aunque UNSA y la CFDT quieren romperlo. La CGT quedó en el centro de la escena. Las posiciones militantes de SUD Rail son muy minoritarias y ganaron la aprobación de unas pocas asambleas. El conflicto es explosivo y los sindicatos trataron de aplanarlo. El contraste es notable entre un movimiento de huelga que afecta a todo el país y la ausencia de reacciones más decididas de los gremios ferroviarios.


La convergencia de las luchas

La CGT utiliza una vez más su estrategia tradicional de controlar un conflicto para restarle combatividad y de organizar una serie de movilizaciones nacionales para darle una caja de resonancia y subraye su intervención como pivote de la lucha.

Es así como se han sucedido las jornadas de lucha. El 22 de marzo hubo una importante jornada de movilización de los empleados públicos y de los ferroviarios; en marzo hubo una movilización de los jubilados contra los nuevos impuestos; el 19 de abril fue la manifestación de la “confluencia de las luchas”, con una participación significativa de los estudiantes, a fines de mayo habrá una nueva movilización de los funcionarios. La CGT anunció que quiere hacer de la próxima manifestación del 1° de mayo un gran acto unitario de apoyo a los ferroviarios.

Este activismo de la CGT es engañoso, aunque ha lanzado acciones de luchas en algunos sectores. De hecho no ha habido ninguna “convergencia” y los sindicatos que se pronuncian por el apoyo efectivo y militante a los ferroviarios son pocos. El conflicto de Air France es un buen ejemplo en este sentido. El movimiento estudiantil es más bien la excepción que la regla. Se ha movilizado por miles el 19 de abril y el apoyo a los ferroviarios aparece en muchas de sus acciones de ocupación de las universidades.

La convergencia es ante todo un estado de ánimo de miles de activistas y militantes que perciben claramente que la huelga ferroviaria no podrá ganar si no se gana la calle, si no aparecen y se desarrollan otras huelgas y luchas. Hay que manifestar y organizarse. En las grandes ciudades de provincia -Nantes, Montpellier, Rennes- esta “convergencia” se manifiesta efectivamente en las calles, con manifestaciones conjuntas y enfrentamientos con la represión. La traducción en términos de sindicatos y secciones sindicales que estructuren y desarrollen el movimiento es embrionaria.

Lo que aparece claramente es la “recuperación” de la movilización obrera y estudiantil por los aparatos políticos. Hay una doble intervención. Por un lado, la dirección del NPA (Nuevo Partido Anticapitalista) lanzó una operación de “unidad de la izquierda”, con el PC, Benoît Hamón (ex-candidato presidencial del PS que ahora ha creado su propio movimiento) y otras organizaciones. Con un programa reformista y conciliador, democratizante y desmoralizador, se vuelve a la vieja “unidad de la izquierda y de la izquierda de la izquierda”, como alternativa política al así llamado neoliberalismo. Es una vía sin ninguna perspectiva de lucha.

La otra opción es Jean-Luc Mélenchon. Este demagogo “movimientista”, que se opone a las organizaciones del movimiento obrero y a la lucha de clases, que defiende al imperialismo francés, que trabaja con Podemos y trabajó con Syriza, pretende ser -en solitario- la oposición política a Macron... para ganar las próximas elecciones. Ha adoptado una política divisionista y de autopromoción. Se niega a hacer del 1° de mayo una jornada unitaria de apoyo a la huelga ferroviaria y a las luchas y llama a un “acto” propio y divisionista... para el 5 de mayo.

El rol político central que pretende jugar Mélenchon y su movimientismo sectario, y la reaparición pública del NPA y de Olivier Besancenot con su “alternativa política” reformista, están favorecidos por las dificultades de la izquierda militante para intervenir como eje de reagrupamiento, de centralización y de impulso de las luchas y de la organización. Esta izquierda logra agrupar miles de activistas, en particular en las manifestaciones y también en reuniones, asambleas, intervenciones. 

En las próximas semanas se va a jugar la suerte inmediata del gobierno y del movimiento obrero en el próximo período. Si a la crisis capitalista se le agrega una crisis política provocada por una derrota de Macron, se abrirá un período de renovación de la lucha de clases y de las posibilidades de organización e intervención revolucionaria de la vanguardia militante.

20 de abril 2018

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