20 de abril de 2018

Italia 1934: el mundial de la infamia

Primera de cuatro notas sobre los mundiales de fútbol
Por Juan Ferro

Retomamos  la serie de artículos “Sólo para hinchas” que comenzamos en el 2017. Esta vez habrá  cuatro notas sobre los mundiales de fútbol. Esperemos las disfruten.


Hacia 1930, el fútbol se estaba convirtiendo en un deporte de masas y, como no podía ser de otra manera,  junto a su desarrollo crecieron intereses  deportivos, políticos y económicos, que le darían un carácter mundial. El primer capítulo fue La Copa del Mundo de ese año que se realizó en el Uruguay. 

Veremos en las cuatro notas que forman esta serie, que todos los mundiales estuvieron signados por una guerra de estos intereses políticos y económicos.  El Mundial del ‘30, que ganó Uruguay, fue boicoteado por la inmensa mayoría de las selecciones europeas. De los 13 países que compitieron, sólo 4 eran de ese continente: Bélgica, Francia, Rumania y Yugoslavia. Luego, en el Mundial de 1934, en “devolución de gentilezas” al boicot europeo al primer torneo, participaron solamente 4 equipos no europeos. De todas maneras, se anotaron para intervenir un total de 32, lo que motivó la necesidad de realizar una pre selección, que derivó en la participación de 16 de ellos en el mundial.

El fútbol bajo el dominio del fascismo  

 

El 28 de octubre de 1922 había subido al poder en Italia el partido fascista. Su líder, Benito Mussolini, creía en la supremacía de la raza italiana  y que, como en la antigua Roma, serían de nuevo los amos del mundo. A Mussolini no le gustaba el fútbol pero era consciente del poder propagandístico que tenía para influir en defensa del régimen fascista. Por esa razón, desde el ‘30 se dio una política para lograr que la nueva sede fuera Italia.

Primero eliminó al otro país aspirante, Suecia, que luchó con Italia por acoger el Mundial. Sin embargo, retiró su candidatura en 1932, dejando el camino libre a Mussolini, ya que el Comité Organizador de la Copa estaba dirigido por Achille Starace, secretario general del Partido Nacional Fascista y por el general Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol.

Como eran tantos los equipos inscriptos, fue necesario hacer una fase previa de preselección. A pesar de ser la anfitriona, Italia tuvo que jugar contra Grecia. La “ida” se disputó en Milán y acabó con un 4-0 a favor de la selección italiana. Grecia renunció a jugar el partido de vuelta y a intentar una remontada imposible. Como compensación, Italia regaló 400.000 dólares a los griegos para que construyeran su sede de la Federación de Fútbol en Atenas.

La selección italiana era “trucha”. Reforzó el equipo ilegalmente  con cinco “oriundi”, así se llama a los extranjeros que adoptan la ciudadanía italiana. Los argentinos Luis Monti, Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Atilio Demaría y el brasileño Guarisi se nacionalizaron italianos y vistieron la ‘azzurra’ aunque de manera ilegal ya que ninguno de ellos cumplía el plazo de tres años que debían dejar pasar los futbolistas que quisieran vestir la camiseta de un país diferente al suyo. Monti, Orsi y Guaita fueron fundamentales para que Italia ganara su primer Mundial. Guaita dio el pase a la final ante Austria y Orsi forzó la decisiva prórroga ante Checoslovaquia en la gran final.

Mussolini asumió desde el vamos el control total de la organización del campeonato. Para que no hubiese dudas de su autoridad, creó un trofeo especial para el ganador que se llamaba "Copa del Duce" y era unas seis veces más grande que la propia  Copa del Mundo.

Uno de los hechos brutales de ese Mundial fue que, al inicio de los partidos, la selección italiana hacía el saludo fascista al entonarse los himnos. Y lo más abominable fue que también lo hicieron muchos árbitros internacionales de ese Mundial.

Mussolini decidió cuales serían los árbitros que dirigirían los partidos. Los primeros fueron un simple trámite. La "squadra azurra" goleaba a cuanto rival enfrentaba (Estados Unidos, Francia, Hungría). Su primer obstáculo serio fue la España de Ricardo Zamora e Isidro Lángara donde, luego de un extenuante partido de 120 minutos, igualaron 1 a 1.

La FIFA programó una revancha para el día siguiente (no había definición por penales), cuyo resultado Mussolini no quiso dejar en manos de los jugadores. Citó al general Vaccaro, presidente del Comité Olímpico Italiano para hablar del tema y este lo tranquilizó con un lacónico: “todo está solucionado”. “Todo” era el árbitro suizo, René Mercet, que descaradamente pitó a favor de Italia, que terminó por vencer a los españoles con un gol en falta de Giuseppe Meazza, nombre actual del más famoso estadio italiano.

La prensa señaló que, en ese partido, a España le fueron anulados dos goles legales.  Además, el árbitro suizo fue acusado de permitir el juego duro de los italianos, que culminó con cuatro jugadores españoles lesionados.  Tras esta actuación, Mercet fue sancionado a perpetuidad por la Federación Suiza y, como consecuencia de ello, no volvió a dirigir un encuentro internacional de fútbol, pues fue expulsado también por la FIFA. 

Tras eliminar a España, en semifinales, a Italia le esperaba el, quizás, mejor equipo del campeonato, Austria, que se destacaba por dos cosas: su elegante juego y el gran talento de su jugador estrella, Matthias Sindelar, uno de los mejores delanteros centros del mundo pero, además, uno de los más valientes antifascistas de la historia del fútbol, lo que, unos años después, pagó con su vida, al enfrentarse al régimen de Hitler. A Austria la estafaron y así Italia llegó a la final con Checoslovaquia.  

Antes de la final  Mussolini digitó que el árbitro fuera el sueco Iván  Eklind, quien fue invitado al palco de honor para "saludar" al "Duce”. Durante todo el partido el árbitro pasó por alto el juego agresivo de la selección italiana. Se “comió” un penal en el área italiana y  el gol de la victoria lo consiguió Schiavio de flojo disparo.  Cuentan que el arquero  (después veremos lo mismo en el ‘78) se dejó hacer  ese gol, porque si Italia no ganaba ese mundial, los jugadores de la "azurra" serían eliminados.  

Cuando terminó la Copa del Mundo, el propio presidente de la FIFA señaló públicamente sus dudas sobre si la FIFA había organizado el campeonato o había sido Mussolini.

El del ‘34 fue el Mundial de la infamia. Un torneo que se ganó fuera de las canchas. Hasta la próxima. 

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Tags: futbol

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