Antonio Gramsci y la Revolución Rusa

Por Christian Rath
El 27 de abril de 1937, hace ochenta años y después de once de prisión, moría víctima de una apoplejía Antonio Gramsci. Expiró en una clínica de Roma a la que el gobierno fascista se había visto obligado a transferirlo hacía dos años, para evitar que el fundador y dirigente del Partido Comunista Italiano terminara muriendo en el fondo de su celda. A esa altura era un proscripto en la URSS, en la Internacional Comunista y dentro de su propio partido, a partir de su rechazo a “medidas excesivas” de sanción a la Oposición Unificada de parte de la mayoría del CC de la URSS orientada por Stalin. “Zinoviev, Trotsky y Kámenev han… sido nuestros maestros (…) creemos estar seguros de que la mayoría del CC de la URSS no desea aniquilar, más allá de la victoria en esta lucha, sino que está dispuesta a evitar medidas excesivas”, decía la carta del Buró Político del PC de Italia con su firma en octubre de 1926.
 
La carta planteaba un acuerdo pleno con aquella mayoría, pero Gramsci y sus autores consideraban lesivo, en un momento de retroceso de la revolución en Europa, la quiebra del grupo dirigente de la Revolución Rusa. La carta del BP del PCI no fue publicada en su momento por decisión de Palmiro Togliatti, de la dirección del PCI en Moscú, en acuerdo con Nicolás Bujarin (el texto recién sería conocido parcialmente en 1929 por una revelación de Angelo Tasca, dirigente del partido italiano expulsado ese año y publicada íntegramente por el PCI sólo en 1957). Sea por estas críticas o las que habría planteado, según testimonios, en la cárcel contra el giro ultraizquierdista del tercer período proclamado por la burocracia de la URSS (1928) lo concreto es que las campañas internacionales por la libertad de Gramsci cesaron entre 1930 y 1934, y la orden sólo pudo provenir del Kremlin. Lo que va a leerse es una apreciación de la intervención teórica y política del dirigente italiano sobre la Revolución Rusa. Partimos de la base de que historiadores y analistas políticos han construido una continuidad de Antonio Gramsci que, para nosotros, no existe y que cada capítulo de su existencia debe apreciarse en relación con su propia elaboración sobre los temas en debate, con la intervención de la clase obrera y el periodo de la lucha de clases. 
 
Gramsci nació en la isla de Cerdeña, una de las regiones más pobres y atrasadas de la península, y su infancia transcurrió en la miseria. Hijo de un funcionario condenado a prisión por no poder pagar sus deudas, debió trabajar desde los 11 años para contribuir al sostenimiento de una familia numerosa. 
 
A fin del siglo XIX, la vida de un trabajador sardo era una pesadilla. La región formaba parte del atrasado sur de Italia, sobre el que se desplegaban todas las consecuencias del desarrollo del capitalismo tardío y de la ausencia de una revolución democrática y agraria. Italia se había unificado como nación en 1870 a través de un proceso impuesto desde arriba por la monarquía piamontesa del norte con la complicidad de algunas potencias europeas. No fue tocada la propiedad latifundista y sólo hasta cierto punto la feudalidad vaticana: el reino del Papa desapareció como Estado independiente y quedó circunscripto a unas pocas edificaciones; ese Estado reaparecería en 1929 con los acuerdos de Letrán, firmados entre el papado y el gobierno fascista. Se constituyó una burguesía industrial en el norte que compartió con los latifundistas la explotación de los campesinos. Los agricultores fueron expropiados en masa y, ante una hambruna sistemática, emigraron al exterior o fueron mano de obra barata para las fábricas del norte. Gramsci logró completar su educación secundaria, comenzó a trabajar como periodista e inició su vida política sumándose al nacionalismo sardo, que atribuía la opresión de Cerdeña al resto de los italianos sin ninguna distinción de clases. “Echar a los continentales al mar” era su consigna. En 1913 fue conquistado en todo el país el sufragio universal y el temor a una radicalización política de los oprimidos sardos llevó a los grandes propietarios de la isla a abandonar la demagogia nacionalista y reprimir a mansalva las movilizaciones populares. Gramsci abandonó entonces el nacionalismo e ingresó en el Partido Socialista Italiano (PSI).
 
El PSI atravesaba un período de importante crecimiento -veinte diputados, centenares de miles de afiliados y el liderazgo de la central sindical. La masa obrera protagonizaba grandes luchas pero la enriquecida burguesía industrial había logrado integrar a su régimen de dominación a una corrompida aristocracia obrera. La actuación de Gramsci coincidió con un giro a la izquierda de la masa obrera y el desplazamiento dentro del PSI de los sectores más derechistas, en consonancia con la división y vacilaciones de la burguesía italiana, que se sumaría a la guerra nueve meses después de su inicio. En concreto, al inicio de la Primera Guerra, el Partido Socialista no apoyó la contienda inter-imperialista, a diferencia de las restantes secciones de la II Internacional. Una situación peculiar que Trotsky resumiría ante el Congreso de la III Internacional años más tarde: “Una lucha interior y una escisión tuvieron lugar en el Partido Socialista Italiano antes de la guerra imperialista. Así se desembarazó de los peores patrioteros. Además, Italia entró en la guerra nueve meses después que los otros países. Este hecho facilitó al PSI su política contra la guerra. El partido no se dejó arrastrar por el patriotismo y conservó la actitud crítica respecto de la guerra y del gobierno, gracias a lo cual fue posible que tomara parte en la Conferencia antimilitarista de Zimmerwald, aun cuando su antimilitarismo tuviese un aspecto amorfo”.
 
Gramsci y la Revolución Rusa
 
El estallido de la Revolución Rusa produjo un extraordinario impacto en el socialismo italiano. Gramsci se convirtió en su defensor entusiasta a través de aproximaciones empíricas en las que advertía que los bolcheviques saltarían las etapas preconcebidas en el mecanicismo marxista, según el cual no habría revolución en Rusia sin un desarrollo previo y pleno del capitalismo y de la clase obrera -posición de los marxistas “legales”, del propio Plejánov y de Kaustky. En un texto de julio de 1917 denunciará a Kerenski, Tseretelli, Chernov y otros como protagonistas del “estancamiento de la revolución” en oposición a los “maximalistas” que “encarnan la idea límite del socialismo: quieren todo el socialismo”. A éstos atribuye la posibilidad de concretar la realización del socialismo en cualquier momento, un planteo nacido de la voluntad de acción y la convicción de ideas que rescataba del liberalismo italiano. Para el Gramsci de ese tiempo, Lenin y sus compañeros “son revolucionarios, no evolucionistas. Y el pensamiento revolucionario niega que el tiempo sea factor de progreso. Niega que todas las experiencias pasadas entre la concepción del socialismo y su realización deban tener una comprobación absoluta e integral en el tiempo y en el espacio”.
 
Un año después se aprecia una maduración en su pensamiento. Denuncia a los “filisteos” que no pueden concebir el desarrollo social por fuera de los esquemas establecidos y según los cuales a la economía patriarcal y feudal siempre debe suceder la economía y el orden político de la burguesía. “¿Dónde estaba en Rusia -exclama- la burguesía capaz de realizar esa tarea?”. Si su dominio es una ley natural “¿cómo es que esa ley natural no ha funcionado?”. En definitiva, “la burguesía ha intentado imponer su dominio y ha fracasado”. Este salto de etapas habría sido el fruto, en su concepción, de la libre afirmación de las energías individuales y colectivas que ha llevado a la dictadura del proletariado y al “orden” de esta clase social. Este “orden” no sería el socialismo, al que “éste” Gramsci definió como un limbo producto de una evolución de “momentos sociales cada vez más ricos en valores colectivos”.
 
En su elaboración sobre la dictadura del proletariado, Gramsci parece alejarse del planteamiento marxista: ésta tendría por función garantizar la libertad, a través de órganos permanentes -los soviets, los partidos populares en los que debería disolverse luego de haber cumplido su función el Estado obrero, pero está soslayada la función esencial de la dictadura, que es el aplastamiento de la contrarrevolución. ¿Hay un punto de conexión entre este planteo y la aseveración del dirigente italiano sobre el jacobinismo? Gramsci se solaza de que la Revolución Rusa haya “ignorado el jacobinismo” y caracterice a éste como “fenómeno puramente burgués”. Si fuese así, hubo una respuesta dada por el propio Lenin casi al mismo tiempo: “Los historiadores de la burguesía ven en él (el jacobinismo) una caída. Los historiadores del proletariado, por el contrario, ven en el jacobinismo uno de los puntos culminantes de la lucha de emancipación de la nación oprimida. Los jacobinos dieron a Francia los mejores ejemplos de revolución democrática y de resistencia frente a la coalición monárquica contra la república… Los obreros y trabajadores conscientes creen en el paso del poder a la clase revolucionaria, oprimida, pues esa es la esencia del jacobinismo” (destacado de Lenin). No es, de todos modos, una “brecha” entre Lenin y Gramsci, sino una elaboración del pensador italiano con los datos del momento que no llegaría a cristalizar y sería retomada más tarde por otros autores, sin su participación. 
 
Si se escarba en este debate se puede obtener otra conclusión. Gramsci escribió en abril de 1917 que la Revolución Rusa no había conocido el jacobinismo porque, según él, debía transitar por un gobierno de la mayoría revolucionaria, sancionado incluso electoralmente por la Asamblea Constituyente a la que se había comprometido el Gobierno Provisional. No sería necesaria una dictadura jacobina, propia de la revolución burguesa. Gramsci se equivocó pero en su defensa puede decirse que, en abril de 1917, su punto de vista era compartido por una parte importante de los dirigentes bolcheviques y, por otra parte, no conocía los debates en el seno del partido revolucionario ni las Tesis de Abril, de Lenin.
 
Más de un año después de sus primeras elaboraciones sobre la Revolución Rusa y a raíz del atentado de 1918, que sería, finalmente, mortal para Lenin, Gramsci hizo una exposición mucho más elaborada del proceso de la Revolución Rusa, que lo acercó al concepto de la Revolución Permanente: “Basándose en el estudio crítico profundo de las condiciones económicas y políticas de Rusia, de los caracteres de la burguesía rusa y de la misión histórica del proletariado ruso, Lenin había llegado ya en 1905 a la conclusión de que, por el alto grado de conciencia del proletariado y dado el desarrollo de la lucha de clases, toda lucha política en Rusia se transformaría necesariamente en lucha social contra el orden burgués… la burguesía tuvo miedo de todo movimiento político en el que participara el proletariado y se hizo sustancialmente contrarrevolucionaria por necesidad histórica de conservación”.
 
¿Revolución mundial?
 
Lo más importante es que en su razonamiento frente a la Revolución Rusa está ausente la perspectiva de la revolución mundial. La Revolución de Octubre, sin embargo, alteró todas las caracterizaciones previas desde el momento que se produjo en un marco histórico totalmente diferente al de las revoluciones democráticas pasadas. La unificación de la economía mundial y la transformación del capitalismo de libre competencia en capitalismo imperialista crearon el escenario histórico en el que se operó, por primera vez, la descomposición del modo capitalista de producción y el ingreso a una fase de transición hacia la organización socialista. Un país atrasado considerado aisladamente puede no estar preparado para el socialismo, pero sí lo están la economía y política mundiales, en las cuales la revolución nacional y democrática puede insertarse y actuar de palanca de la revolución socialista internacional. No es la perspectiva que Gramsci avizoraba para la Revolución Rusa en ese entonces.
Si respondiera a una pregunta imaginaria: “¿cuál es la perspectiva de la Revolución Rusa?”, escribiría: “El proletariado ruso, educado de modo socialista, empezará su historia partiendo del estadio máximo de producción al que ha llegado la Inglaterra de hoy porque, puesto que tiene que empezar, empezará por lo que en otros países ya está consumado, y de esa consumación recibirá el impulso para conseguir la madurez económica que, según Marx, es la condición necesaria del colectivismo. Los revolucionarios mismos crearán las condiciones necesarias para la realización completa y plena de su ideal” (ídem anterior). El análisis no está fundado metodológicamente en la evolución de la economía mundial en su conjunto en este período histórico, sino en un país capitalista tomado como modelo, algo cada vez menos posible de concebir en la medida que el desarrollo capitalista alcanza a todos los países, al margen de su evolución anterior y su nivel económico. 
 
Respondiendo a una pregunta similar: ¿cómo se presentaba el partido a sí mismo el desarrollo ulterior de la revolución y que esperaba de ella? León Trotsky se respondía, años más tarde: “La política oficial de la Unión Soviética parte de la teoría del ‘socialismo en un solo país’… la realidad histórica no tiene nada que ver con este mito”. Con una extrema simplicidad, Lenin explicaba el sentido de la estrategia bolchevique al final del quinto año siguiente a la toma del poder. “Cuando, en nuestros tiempos, inauguramos la revolución internacional (destacado C.R.) actuamos así no porque estuviésemos convencidos de poder determinar de antemano el movimiento, sino porque numerosas circunstancias nos empujaban a comenzar esta revolución. Pensábamos: o bien la revolución internacional vendría en nuestra ayuda, y entonces nuestras victorias estarían completamente aseguradas, o bien cumpliremos nuestro modesto trabajo revolucionario, comprendiendo que en caso de derrota habríamos servido a la causa de la revolución, y que nuestra experiencia sería de determinada utilidad para otras revoluciones. Teníamos claro que sin el apoyo de una revolución internacional, mundial, la victoria de la revolución proletaria era imposible… pensábamos: enseguida, o al menos muy pronto, estallará la revolución en el resto de los países, en aquellos que están más desarrollados en el plano capitalista, o en caso contrario pereceremos”.
 
¿Una revolución contra El capital?
 
Una gran parte de los investigadores de la elaboración del pensador italiano concentraron la mirada sobre la provocadora nota que, con este título, dio a conocer después de la Revolución de Octubre y no en la vasta y sucesiva producción que dedicó al tema. Efectivamente, Gramsci interpretó la Revolución Rusa como una refutación de los pronósticos de Marx. “La Revolución Rusa es una revolución contra El capital”, escribió, atribuyéndole a Marx el evolucionismo de los reformistas de la II Internacional y de los mencheviques, ubicándose en un campo anti-evolucionista y anti-positivista. Dirá Gramsci: “…si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones de El capital, no reniegan, en cambio de su pensamiento inmanente vivificador. No son ´marxistas’ y eso es todo: no han levantado sobre las obras del maestro una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, el que nunca muere, que es la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán, y que en Marx se había contaminado con incrustaciones positivistas y naturalistas. Y ese pensamiento no sitúa nunca como factor máximo de la historia los hechos económicos en bruto, sino siempre el hombre, la sociedad de los hombres, de los hombres que se reúnen, se comprenden, desarrollan a través de esos contactos (cultura) una voluntad social, colectiva, y entienden los hechos económicos, los juzgan y los adaptan a su voluntad hasta que ésta (la voluntad) se convierta en motor de la economía…”.
 
Al asignar un valor superlativo a la propaganda, dirá: “La predicación socialista ha creado la voluntad social del pueblo ruso. ¿Por qué había de esperar que se renovase en Rusia la historia de Inglaterra, que se formase en Rusia una burguesía, que se suscitara la lucha de clases y que llegara finalmente la catástrofe del mundo capitalista?”. La propaganda socialista tendría así la virtud de suscitar la voluntad revolucionaria, capaz de actuar con independencia de las etapas del desenvolvimiento económico y social, e incluso aunque no ésta no sea mayoritaria: “El pueblo ruso ha pasado por todas estas experiencias, aunque haya sido con el pensamiento de una minoría”. Se puede debatir el concepto que Gramsci pretendió desenvolver al hablar de una “voluntad social, colectiva” que juzga y adapta los hechos económicos hasta dominarlos: ¿No permite acaso una interpretación de otro tipo, referida a la intervención de una vanguardia y de la propia clase obrera?
 
Gramsci afirmará, en relación con la revolución soviética, que “El capital de Marx era en Rusia el libro de los burgueses más que de los proletarios. Era la demostración crítica de la fatal necesidad de que en Rusia se formara una burguesía, empezara una era capitalista, se instaurase una sociedad de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera siquiera pensar en su ofensiva, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución”. 
Llegado a este punto, nadie puede pretender que el líder italiano conociera las elaboraciones del propio Marx o de Engels, desmintiendo estas caracterizaciones. 
 
En el final de una respuesta a Vera Zasúlich (8/3/1881) sobre la comuna rural rusa, que sería conocida recién en 1924, Marx había escrito, retomando su análisis de la génesis de la producción capitalista en El capital:
“En el fondo del sistema capitalista está, pues, la separación radical entre productor y medios de producción… la base de toda esta evolución es la expropiación de los campesinos. Todavía no se ha realizado de una manera radical más que en Inglaterra… Pero todos los demás países de Europa Occidental van por el mismo camino” (subrayado de Marx).
 
“La fatalidad histórica de este movimiento -proseguirá Marx- está pues, expresamente restringida a los países de Europa Occidental (ídem). El por qué de esta restricción está indicado en este pasaje del capítulo XXXII: ‘La propiedad privada, fundada en el trabajo personal… va a ser suplantada por la propiedad capitalista fundada en la explotación del trabajo de otros, en el sistema asalariado. En este movimiento occidental se trata, pues, de la transformación de una forma de propiedad privada en otra forma de propiedad privada. Entre los campesinos rusos, por el contrario, habría que transformar la propiedad común en propiedad privada (…) El análisis presentado en El capital -concluirá Marx en su carta- no da, pues, razones en pro ni en contra de la vitalidad de la comuna rural, pero el estudio especial que de ella he hecho... me ha convencido de que esta comuna es el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia (a condición de) asegurarle las condiciones para un desarrollo espontáneo”.
 
En 1882, en el prefacio a la traducción rusa de Plejánov del Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels plantearon lo siguiente: “En Rusia encontramos que, en contraste con el creciente sistema capitalista y con el flamante sistema burgués de propiedad rural, más de la mitad de la tierra es de propiedad común de los campesinos. La cuestión crucial es ésta: ¿puede la obstchina (comunidad aldeana) rusa, una forma ya seriamente minada de la antigua propiedad comunal, transformarse directamente en la forma superior de propiedad comunista de la tierra o tendrá que pasar por el mismo proceso de descomposición que exhibió el curso de la evolución histórica de Occidente? Hoy sólo existe una única respuesta posible a esta pregunta. Si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria de Occidente, de manera que la una complemente a la otra, la forma prevaleciente de la propiedad de la tierra en Rusia puede ser el punto de partida para una evolución comunista”.
 
Es decir, el propio Marx elaboró aportes y formuló interrogantes que la II Internacional primero, y el estalinismo, después, censuraron deliberadamente, incluso en vida de Gramsci. David Riazánov exhumó recién en 1924 los borradores de la carta que Marx le escribió en ruso a Vera Zasúlich, pero los textos volvieron a ser enterrados como parte de la reescritura de la historia rusa consumada por el estalinismo, una falsificación que empalidece cualquier objetivo. El análisis de Marx sobre la política y la diplomacia rusa desde Iván el Terrible hasta los Romanov fue reemplazado por la historiografía de la burocracia de la URSS, orientada a la glorificación de la política anexionista y expansionista del zarismo, un sendero por el que hoy transita el régimen encabezado por Putin. En esa mutilación monstruosa cayó la última elaboración de Marx sobre Rusia, aquella que advirtiera sobre la posibilidad de que la revolución en el imperio de los zares se convirtiera en el punto de partida de la revolución obrera en Occidente. 
Un año después de la Revolución de Octubre comenzará a abrirse paso la revolución en Italia, se desenvolverán los consejos de fábrica y la lucha interna en el Partido Socialista. Será sin duda el período más rico, militante y revolucionario de Gramsci. Nos debemos, por lo tanto, una segunda parte de esta historia.
 
* Agradezco los aportes de Roberto Gramar y Andrés Roldán.
Jens Christian Rath es dirigente del Partido Obrero. Colaborador habitual de Prensa Obrera y En defensa del marxismo, es autor también de El convenio Fiat-Smata (1996, junto a Julio Magri), Trabajadores, tercerización y burocracia sindical. El Caso Mariano Ferreyra (2011) y La revolución clausurada, Mayo de 1810-Julio de 1816 (2013, junto a Andrés Roldán).
 
 
NOTAS:
 
1.Antología Antonio Gramsci, a cargo de Manuel Sacristán, Siglo XXI, Buenos Aires, 2004.
 
2. León Trotsky: “Una escuela de estrategia revolucionaria”, discurso de cierre en el III Congreso de la III Internacional (1921). El Yunque editora, Buenos Aires, 1973. 
 
3. Il Grido del Popolo, “Los maximalistas rusos son la misma revolución rusa”, 28 de julio de 1917, www.gramsci.org.ar
 
4. Avanti¡, órgano del PSI, Utopía, 25/7/1918, en Antología… ídem anterior. 
 
5. Il Grido del Popolo, “Los maximalistas...”, ya citado.
 
6. 6. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, “¿Puede asustarse a la clase obrera con el jacobinismo?”, Cartago, Buenos Aires, 1960. 
 
7. Il Grido del Popolo,” La obra de Lenin”, 14/9/1918 en Antología… ídem anterior. 
 
8. León Trotsky: ¿Socialismo en un solo país?, redactado en 1934 y publicado como anexo a Historia de la Revolución Rusa en ese año. Extraído de “Le socialismo dans un seulpays?”, en L’Intenationale communiste aprés Lénine, T. II, León Trotsky, Presses Universitaires de France, Paris, 1969.
 
9. Il Grido del Popolo, “Los maximalistas...”, ya citado.
 
10. Marx y Engels: Obras Escogidas, T. III, Editorial Progreso, Moscú, 1974. 
 
11. Carlos Marx: El capital, Tomo I, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1956. 
 
12. Marx y Engels contra Rusia, Ediciones Libera, Buenos Aires, 1965. 
 
13. El plan para una edición histórica y crítica de las obras de Marx y Engels (MEGA, por sus siglas en alemán) presentado por David Riazanov fue aprobado por el gobierno soviético en 1922 e iba a comprender cuarenta volúmenes. De ellos, Riazanov no pudo publicar más de cinco, porque fue defenestrado en 1931 por la burocracia estalinista, que impugnó su escrupulosidad en la elaboración de la historia del partido. Esta burocracia ordenó su fusilamiento en 1938, luego de negarse a “confesar”. Entre los documentos inéditos de la edición nunca consumada estaba la primera parte de un manuscrito de La Ideología alemana y la correspondencia entre Marx y Vera Zasúlitch en torno a Rusia, que aquí comentamos.
 
 

Compartir

Comentarios