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Marx, la revolución encarnada

Un cinco de mayo de 1818, hace doscientos años, en Tréveris (Alemania), nacía Karl Marx. Engels lo describió como “el más grande pensador de nuestros tiempos”[1]. No es para menos, las ideas de Marx dieron vuelta el planeta, inspirando y acelerando los procesos de lucha consciente del proletariado mundial.

Una mirada de Marx nos lleva a su obra, pero también muchas veces a pensarlo en vida. El padre del socialismo científico, era un ser extraordinario, y no podemos ocultar la admiración. No es para menos. Quien pusiera al capital bajo el dominio del pensamiento y quien desarrollara la teoría de la revolución, tiene que ser un hombre por demás extraordinario entre los ya extraordinarios personajes de los que se nutrió el proletariado. Podía leer en todos los idiomas europeos y escribía tres (el alemán, el francés y el inglés) “para admiración de los expertos lingüistas” relataba su secretario devenido en yerno Paul Lafargue.

Los que lo conocieron en la vida íntima, relatan a un Marx amante de los niños, “rebosante de buen humor… (el) más bondadoso, gentil y generoso de los compañeros” [2]. Y si bien se conmovía en lo más profundo con los sufrimientos de la clase obrera “no fueron las consideraciones sentimentales sino el estudio de la historia y la economía política lo que lo acercó a las ideas comunistas”[3].

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Wilhem Liebnecht, su gran camarada y amigo, aseguró que si bien fue el hombre más odiado por los opresores y explotadores, fue el más amado por los oprimidos y explotados. Marx “fue grande tanto en su amor como en su odio. Su odio tenía al amor como su fuente”[4]. Y es que los intereses y sentimientos de Marx podían ser resumidos en su afirmación “nada de lo humano me es ajeno”. Por eso se orientó a estudiar los más diversos temas.

Sin, lugar a dudas Marx era un hombre de ciencia. Siempre pendiente de los descubrimientos científicos de las más diversas áreas, y con un interés especial por las matemáticas. Pero, ante todo, fue un revolucionario, cuya pasión arrolladora sólo podía provenir de la comprensión científica, cabal y objetiva del mundo y de la necesidad de transformarlo.

“La revolución encarnada”, “un soñador que piensa, un pensador que sueña” lo había descrito un periodista inglés en la única entrevista que Marx dio en su vida. Y es que su identificación con la lucha del proletariado era completa. Este “ciudadano del mundo”, como solía autonombrarse, participó e intervino activamente en todas las luchas obreras de los países en los que le tocó refugiarse, víctima de la persecución política de sus adversarios.

Sus esfuerzos no sólo se centraron en dejar una teoría que develó el origen de la explotación y el desarrollo de la sociedad en torno a la producción. También puso sus mayores esfuerzos en poner en pie la Internacional Comunista de los trabajadores, un partido de la clase obrera mundial, cuya finalidad era “la emancipación económica de la clase trabajadora mediante la conquista del poder político” –como dijera en sus propias palabras. Con el Manifiesto Comunista, dotó al movimiento obrero de un programa revolucionario, que permitió a la clase obrera avanzar hacia sus objetivos, logrando una delimitación tajante con anarquistas, socialistas utópicos y otras sectas que se convirtieron en trabas para el desarrollo político de la clase. Forjó así, una organización llamada a decidir los destinos de la humanidad.

Satanizado; tergiversadas sus ideas; intentaron en algún momento encerrarlo en el ámbito académico y convertirlo en inofensivo. Pero el hombre más odiado y calumniado de su tiempo (según su camarada Engels) se mantiene vigente después de doscientos años. Porque su obra de ciencia no fue para encerrarse en el ámbito de la pedantería académica, que él despreciaba, sino que fue concebida para ser el instrumento de lucha y emancipación del proletariado y de las clases oprimidas. 

 

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“Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento”, concluiría Engels, el 14 de marzo de 1883, ante la tumba del incansable revolucionario como fue Marx.

Publicado en socialismorevolucionariobolivia.wordpress.com.

Notas:
[1] En su discurso ante la tumba de Marx.
[2] Relatos de Eleonora Marx en “¿Cómo era Carlos Marx, según quienes lo conocieron?”
[3] Paul Lafargue, Recuerdos de Marx, 1890-1891.
[4] Discurso de Wilhelm Liebknecht en el funeral de Marx, traducido por Prensa Obrera.


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