Aniversarios

23/3/2026

50 años del golpe

Así viví y así luchó el PO el 24 de marzo de 1976

24 de marzo de 1976 (Foto: Clarín)

La noche del 23 de marzo de 1976, tropas del Tercer Cuerpo de Ejército allanaron mi casa paterna. Sabría al otro día que rompieron el portón con la culata de un camión militar, que una cantidad de uniformados estuvieron durante unas siete horas, y, por testimonios de vecinos con el correr de los días, que habían saqueado la casa.

Mis padres estaban en casa de mi hermana, radicada ya desde hacía años en el exterior. En la casa quedó viviendo al cuidado de ella, una entrañable tía. Días antes, le pedí a mi tía que se fuera. La caracterización del partido, particularmente desde la fallida asonada del brigadier Capellini en diciembre, fue que el golpe estaba en marcha. Y la mía personal que ocurriría de un día para otro.

Desde luego, mi domicilio legal no era mi domicilio real. El PO de la época, llamado entonces Política Obrera, antecesor del actual Partido Obrero, tenía por política desde la dictadura de Onganía que todos los militantes, particularmente aquellos expuestos, tuviéramos “domicilio alternativo”; así llamábamos al domicilio que inscribíamos en los lugares de trabajo. Esta medida no la abandonamos con la llegada de la democracia y la elección de Cámpora el 11 de marzo de 1973. Gran acierto, la “primavera democrática” duraría 45 días.

El veloz golpe institucional contra Cámpora, que invistió a Lastiri, yerno de López Rega, para llamar a la elección de setiembre en la que gana la presidencia la fórmula Perón-Perón, vendría rápidamente a instaurar el régimen de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Y se sucederían los golpes de Estado en las provincias como el que organizaría el propio Perón mediante el “Navarrazo”, nombrando al brigadier Lacabanne como interventor de la gobernación de Córdoba. En Córdoba vivíamos, desde aquel golpe, operativos rastrillo del Ejército en los barrios, la instalación de varios centros de detención y tortura clandestinos, y, desde luego, los asesinatos de la Triple A. Mi biblioteca personal tuvo que ser enterrada un año antes del fatídico 24 de marzo. No era posible tenerla ni siquiera en el domicilio alternativo.

En la mañana del golpe sonó el despertador a las 6:00, como todos los días, para ir a trabajar al banco. Había que entrar a las 7:00, tanto yo como un compañero delegado del Banco de la Provincia de Córdoba que vivía con mi familia. Prendimos la radio y nos enteramos del golpe. Salimos a nuestros bancos, para tratar de organizar la ocupación, huelga o lo que fuera posible. Al cruzar el puente sobre el Río Primero que nos separaba del centro, nos encontramos con un retén del Ejército pidiendo documentos. Los exhibimos y pasamos. Los vehículos cargados de soldados iban y venían surcando la ciudad.

Tomamos contactos con los compañeros de trabajo, el desconcierto y un primer terror dominaron la escena. Algunas instituciones funcionaban, otras no. En algún lugar, nos volvimos a reunir para volver a nuestra casa, conectarnos con compañeros del partido y evaluar la situación. Hasta ese momento no sabíamos nada sobre persecución alguna a nosotros en particular.

Pensamos en el problema de cruzar algún puente, algo inevitable si queríamos refugiarnos en nuestra casa y reunirnos con mi familia porque el río divide la ciudad. No le encontramos solución. Tomamos el colectivo. Al llegar a un puente que cruzaría el río en sentido contrario al de la madrugada, vemos un enorme operativo militar que abarcaba el puente desde el comienzo hasta el final. El chofer detiene la marcha ante un primer retén. Recibe la orden de seguir hasta el próximo. Éramos sólo ocho pasajeros. Pocos viajaban en ese horario en sentido contrario al del centro de la ciudad. El colectivo avanza hasta el próximo retén al final del puente. Allí, militares controlaban a transeúntes y pasajeros con una lista en la que chequeaban el nombre de cada uno, documento en mano.

El chofer detiene la marcha en el segundo retén. Al hacerlo, desde una cola de gente de a pie que esperaba ser controlada se suben decenas de personas, seguramente pensando en eludir el control, por las razones que fueran. Al mejor estilo nazi, como operaron las tropas durante toda la dictadura, los militares armas en mano, hicieron bajar a todos. Como organizados por una secreta conexión, los ocho pasajeros que veníamos ya arriba del “ómnibus” (así llamábamos a los colectivos en Córdoba), nos quedamos sentados, boleto en mano. Los militares a los gritos preguntan porqué no bajamos, nos ordenan bajar. El chofer contesta, “ya los revisaron en la entrada al puente”. El militar consulta a un superior y ordena: “siga”.

Desde ese momento no será el chofer de aquel ómnibus, será el compañero de UTA, con esa contribución solidaria, con esa forma de hacer algo contra semejante represión, contra semejantes métodos. Con las dificultades del caso, con los teléfonos de línea, algunos de cuyos destinos podrían estar presumiblemente ya intervenidos, nos vamos comunicando con familiares y compañeros del partido. Allí me entero que los militares estuvieron en la casa donde me crié desde los cuatro años, toda la noche.

Jorge, mi compañero, a través de un familiar de la Fuerza Aérea, logra averiguar que ambos estábamos en las listas de todos los puentes de la ciudad. El compañero de UTA nos salvó de “La Perla”, el monstruoso campo de concentración cordobés. Nos salvó la vida. Estos pequeños actos de solidaridad de clase se multiplicarían hasta grandes gestas obreras de la resistencia a la dictadura que abarcaron todo el período.

¿Cómo era militar bajo la dictadura militar?
Ciclo de entrevistas de Prensa Obrera a compañeros que militaron clandestinamente bajo el gobierno genocida. -
prensaobrera.com

Los delegados y activistas como nosotros fueron el eje de la represión. La aniquilación de la vanguardia obrera surgida y formada en las luchas desde el Cordobazo en adelante, que se extendieron por todo el país, los estudiantes, la izquierda, fueron el objetivo central del genocidio del proceso. El general Balza, -el que nunca llegaría con sus tropas a enfrentar el levantamiento carapintada de 1987- lo describe así en una nota publicada el 22 de marzo de 2026 en Clarín: “En mi opinión (el objetivo) no fue la “subversión”, debilitada, que no tendría más de dos mil hombres, con limitada capacidad y armamento… fue para cambiar un sistema político-económico, le apuntaron a todos los que calificaban de oponentes irrecuperables: políticos, obreros, estudiantes, empleados, docentes, sindicalistas, periodistas, diplomáticos, religiosos, deportistas”. El gran oponente a derrotar fueron las coordinadoras fabriles, organizadoras de la huelga general de 1975 contra el Rodrigazo que sellara el fin del gobierno de Isabel Perón y abriera para toda la burguesía y sus partidos, la cuenta regresiva hacia el golpe militar.

En el marco del debate partidario, dispusimos que también debíamos irnos del domicilio alternativo. Podrían habernos seguido, podríamos ser delatados; además, otro delegado ligado a nosotros vivía enfrente a nuestra casa. En horas, un compañero ofreció su casa, pequeña, pero allí iríamos los cuatro de mi familia, mi compañera y los dos hijos, una de ocho años y el otro de un año y medio. Jorge, iría hacia otro lado. Vivimos horas muy difíciles, hubo un operativo militar en una casa aledaña, pero no era para nosotros, lo advirtió nuestra niña de ocho años que siguió jugando en la vereda, pero luego nos avisó, muy consciente del peligro.

El comité local, del cual yo era integrante, llegó a la conclusión que era imposible mantenerme en Córdoba. El problema era salir de la ciudad, cercada por completo por los operativos militares y policiales. Con el correr de los días alguien nos avisó que los trenes (todavía los había diarios) no eran controlados. A partir del dato nos empeñamos en organizar un sendero de retenes de compañeros que irían constatando un camino hacia la estación, libre de controles militares que podían aparecer en cualquier calle a cualquier hora, como ocurrió durante toda la dictadura. Jorge lograba ser escondido por su familia. Mi familia quedaría en esa casa hasta ver dónde seguir viviendo y cuándo reunirnos todos otra vez en Buenos Aires.

Así las cosas, logré llegar a la estación y tomar el tren a Buenos Aires. Mi equipaje fue un portafolio con una camisa, alguna prenda interior y un par de medias. Con saco y pelo corto, por supuesto. Felizmente para aquellos tiempos, nunca usé ni bigote ni barba, una ayuda para eludir los semblanteos de la represión.

El tren arrancó a las 21:00. No pegué un ojo. Pero las cosas no fueron exactamente como estaban previstas. En Río Segundo, un operativo militar detiene la formación. Otra vez, como los nazis, a los gritos, van mirando vagón por vagón, pasajero por pasajero. No se detuvieron en mi persona. Bajaron algunos del tren, la mayoría siguió arriba, desconozco si algunos quedaron detenidos. El tren retomó su marcha.

El 1° de abril, en mi cumpleaños 24, llegué a Buenos Aires, ciudad completamente desconocida para mí. Sólo tenía un papelito con un nombre y una dirección. Allí, preguntando, llegué a Caballito. Recuerdo la calle y el número como si fuera hoy: Rivadavia 4986. Pero allí había un enorme edificio de departamentos. Tenía que tocar uno por uno; lo hice, pero había un error en el nombre. El mundo se acababa virtualmente para mí. Después de deambular un rato, busqué en una gruesa guía de teléfonos, como había en aquellos tiempos, en un locutorio, el apellido de familiares de mi esposa, a quienes no conocía. No los llamé. Preguntando, tomé un tren y llegué a la casa indicada en la guía, en Lomas de Zamora.

“Hola. Estoy perseguido por los militares, soy Néstor, el marido de Silvia, su sobrina, necesito que me ayuden”. Otra vez, alguien me salvaba la vida, por amor a su sobrina, por buena gente, arriesgando lo que arriesgaron. Amor eterno para ellos.

En tres días lograba retomar contacto con compañeros bancarios que conocí en la militancia nacional que teníamos en el gremio. El mecanismo partidario de refugio se activaba nuevamente. Otra casa de compañeros, y otra, y otra, irían permitiendo sortear todos los obstáculos. Otra historia empezaba, hasta que Jorge, ya seguro, ayudaba a Silvia y a los niños a llegar a Buenos Aires. Siempre en tren. Pudimos explotar los defectos y fragmentación nacional de los sistemas represivos de la dictadura. Un compañero del partido nos daría un departamento durante seis meses a toda la familia, en un mes conseguía un laburo y empezaba otra historria, la de la militancia en la clandestinidad, durante toda la dictadura. Mis padres no podrían volver al país durante nueve meses, no se los permití y ellos acompañaron la decisión.

La caracterización adecuada de la dictadura nos ayudaría. Lograríamos editar el periódico en la clandestinidad, distribuirlo con los más creativos métodos para eludir la represión, seríamos parte de las heroicas luchas del movimiento obrero durante la dictadura. La organización celular del partido, organizado como partido de lucha, militante, disciplinado en el centralismo democrático, que debate una orientación y la aplica como un solo puño, fue clave para mantener una organización revolucionaria bajo la dictadura. Así viví aquel comienzo de la oscura noche de la dictadura genocida, así luchó el Partido Obrero. Gloria a Pablo Rieznik a quien logramos arrancar de las mazmorras de la dictadura. Gloria a nuestros desaparecidos.

A 50 años del golpe de Estado: un “orden constitucional” del saqueo contra el pueblo
Copemos la Plaza el 24 de marzo -
prensaobrera.com
Homenaje a los compañeros de Política Obrera secuestrados y desaparecidos en la última dictadura militar
Breve reseña de la vida y militancia de los compañeros de la organización antecesora del Partido Obrero. -
prensaobrera.com