Cultura

9/4/2026

Gorillaz encuentra otra altura

Entre la introspección sonora y el duelo, Gorillaz reformula su vínculo con el conflicto sin abandonar su posicionamiento de izquierda.

Las colaboraciones —marca histórica del proyecto— vuelven a ser centrales.

En su nuevo disco The Mountain, novena producción de estudio del proyecto liderado por Damon Albarn, Gorillaz profundiza una búsqueda introspectiva donde parte desde el duelo y lo transforma en experiencia sonora.

A 25 años del lanzamiento de su primer álbum, Gorillaz vuelve con The Mountain, un trabajo que no busca el golpe inmediato ni la consigna urgente. Desde sus primeros pasajes, el disco propone otra cosa: una atmósfera expansiva y contemplativa, donde las texturas y las colaboraciones construyen un paisaje antes que un estribillo explosivo. Si algo queda claro es que Albarn y compañía no están interesados en repetir fórmulas.

Las colaboraciones —marca histórica del proyecto — vuelven a ser centrales, pero esta vez integradas con mayor sutileza. No aparecen como invitados estelares que irrumpen para robarse la escena, sino como piezas orgánicas dentro de un clima más cohesionado. El álbum respira: hay espacio, percusiones más orgánicas, pasajes que se sostienen en la repetición hipnótica y una búsqueda sonora que se inclina más por la construcción de atmósferas que por el impacto inmediato. En varios pasajes, las estructuras parecen diluirse en capas sucesivas, donde la voz deja de ser protagonista para convertirse en un elemento más dentro del entramado.

A diferencia del pulso distópico de Humanz o del minimalismo melancólico de The Now Now, este nuevo trabajo parece apostar a una escucha completa. No es un disco de hits inmediatos: es un disco que pide tiempo, que se deja recorrer como un paisaje. En esa decisión hay una madurez evidente dentro de un proyecto que siempre entendió el pop como laboratorio. 

Entre los momentos más interesantes aparece la colaboración con Trueno, que no se siente como un guiño marketinero sino como una integración natural dentro del pulso rítmico del álbum. Su intervención aporta cadencia y tensión urbana, pero también conecta el proyecto con una escena latinoamericana que hoy ocupa un lugar central en la música global, aunque en condiciones profundamente desiguales dentro de la industria.

Algo similar ocurre con la participación de Bizarrap. Conocido por su maquinaria de hits virales, aquí aparece en un registro menos inmediato y más atmosférico, adaptado al clima general del disco. Es interesante cómo Gorillaz logra absorber una figura asociada al algoritmo sin perder coherencia estética. En lugar de sonar a crossover oportunista, la colaboración refuerza el carácter híbrido que la banda siempre defendió.

El cruce con Johnny Marr (ex The Smiths) aporta otra capa generacional. Su guitarra aparece como una textura elegante dentro del entramado sonoro. Es un gesto simbólico interesante: la herencia del indie británico dialogando con un proyecto que desde su nacimiento concibió el pop como territorio de cruces. Ese diálogo también expone un contraste: entre una tradición más introspectiva y un presente donde el post-punk vuelve a ensayar formas más explícitas de confrontación política.

Otro puente aparece con los británicos IDLES, una de las bandas más intensas del post-punk contemporáneo. Su presencia introduce una energía más áspera dentro del paisaje del álbum, aunque incluso allí Gorillaz parece absorber esa potencia y traducirla a su propio lenguaje más atmosférico. El resultado no es un choque sino una convivencia que refuerza la idea del disco como territorio de encuentros.

El mapa de colaboraciones se amplía aún más con artistas provenientes de otras tradiciones musicales. La participación recurrente de Anoushka Shankar introduce una dimensión distinta dentro del paisaje sonoro: melodías circulares, climas contemplativos y una espiritualidad que atraviesa buena parte del trabajo. Los viajes recientes de Albarn por la India parecen resonar en este clima introspectivo, reforzando la sensación de un disco concebido como experiencia más que como colección de canciones. Esa deriva espiritual no implica una fuga del mundo, sino otra forma —más difusa— de procesar un presente atravesado por la violencia global.

El disco también recupera una tradición muy propia del universo Gorillaz: la convivencia entre generaciones musicales. Allí aparece la huella de Tony Allen, figura central del afrobeat y colaborador histórico de Albarn, junto con referencias a voces que marcaron etapas anteriores del proyecto. Más que simples homenajes, estas presencias funcionan como recordatorio de que Gorillaz siempre construyó su identidad dialogando con tradiciones que exceden el presente inmediato.

Lo que deja este recorrido no es la sensación de collage caótico, sino de construcción cuidada. Las colaboraciones no compiten; dialogan. El resultado es un disco que se desplaza con paciencia y confirma que Gorillaz sigue entendiendo la música como punto de encuentro entre escenas, generaciones y geografías distintas.

Esa mezcla global —Latinoamérica dialogando con el indie británico, productores de la era del streaming conviviendo con guitarristas históricos— no es solamente un gesto estético. También es una declaración de época. Gorillaz vuelve a presentarse como un nodo donde circulan territorios distintos y sensibilidades diversas. Pero, a diferencia de otros momentos de su carrera, el conflicto no ocupa el centro del escenario. Está ahí, sí, pero como telón de fondo.

No hay indiferencia. La banda ha expresado públicamente su apoyo a causas concretas y ha participado de iniciativas solidarias en un contexto internacional atravesado por guerras abiertas y crisis humanitarias evidentes. El propio Damon Albarn llegó a impulsar presentaciones a beneficio del pueblo palestino, evidenciando un posicionamiento político que trasciende lo estrictamente musical.

En esa misma línea, en una entrevista reciente con el diario El País (20/3), Albarn fue aún más explícito: “definitivamente, somos de izquierdas al 100%”, afirmó, al tiempo que reivindicó una inclinación socialista dentro del proyecto. La declaración no es menor. En un presente cultural donde buena parte del pop tiende a diluir sus definiciones ideológicas, Gorillaz reafirma una identidad política incluso cuando su producción estética parece correrse del enunciado directo.

Lejos de expresar una retirada del conflicto, The Mountain parece inscribirse en una tendencia más amplia dentro de la cultura contemporánea: la transformación del antagonismo en experiencia subjetiva. Frente a la sobreexposición al horror y a la circulación permanente de imágenes de destrucción, el arte masivo encuentra otras vías de elaboración.

Sin embargo, ese desplazamiento también tiene límites y se vuelve más evidente si se lo contrasta con momentos anteriores de la discografía de Gorillaz. En discos como Demon Days o Plastic Beach, la crítica a la guerra, al capitalismo global y a la devastación ambiental aparecía con mayor centralidad conceptual. Más adelante, Humanz tradujo el clima político del ascenso de Donald Trump en una distopía urgente y festiva al mismo tiempo. Frente a ese recorrido, The Mountain marca otra inflexión: ya no se trata de narrar el conflicto, sino de procesarlo. En ese punto se abre una tensión que atraviesa no solo a Gorillaz, sino a buena parte de la cultura contemporánea.

Aun así, esa ambigüedad no invalida el recorrido del proyecto. Por el contrario, lo vuelve más complejo. Porque a diferencia de otros proyectos artísticos, Gorillaz  en su práctica pública y en las definiciones de Damon Albarn persiste un posicionamiento claro frente a los conflictos del presente.

En ese cruce —entre una música que elige sugerir antes que denunciar y una toma de posición que sigue siendo explícita— se juega el lugar que hoy ocupan muchos artistas dentro de la cultura global. Escucharlos implica también leer esa tensión: no como una renuncia, sino como una forma, todavía activa, de intervenir en el mundo.

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