Cultura

20/7/2026

“La gran Palestina”, una obra impactante (que le molesta a Milei)

Judíes x Palestina - Cine x Palestina

"La gran Palestina" es un documental del mexicano Rafael Rangel

Si se quiere valorar la potencia del cine como herramienta de lucha social, el documental La gran Palestina, del realizador mexicano Rafael Rangel, es un gran ejemplo, tanto por su contenido como por las repercusiones de su arribo en Argentina.

Días atrás, el Secretario de Políticas Universitarias y el propio presidente Javier Milei se lanzaron como perros de presa ante la proyección de la película en la Universidad Nacional de Rosario, acusando a la actividad de “fomentar el terrorismo”. El gobierno exigió explicaciones al rector de la UNR, el radical Franco Bartolacci, quien dio una respuesta vergonzosa, desligando a la institución de la proyección y pidiendo perdón “a la comunidad judía argentina” -es decir, al sionismo representado en la DAIA, repudiado por muches judíes que hemos dicho una y otra vez “No en nuestro nombre”.

Con ese telón de fondo, la proyección del documental el martes 14 en la sede central de la CTA Autónoma, convocada junto al Comité Argentino de Solidaridad con el Pueblo Palestino, se erigió como un acto de valentía y de defensa de la libertad de expresión.

El evento contó también con un panel con la filósofa y especialista en hebreo y árabe Silvana Rabinovich, el referente palestino Abdallah Al-Tibi, el director de Relaciones Institucionales de la CTA-A Julián Aguirre y quien suscribe, integrante de Judíes x Palestina y de Cine x Palestina.

Una obra llena de contrastes

La gran Palestina (2025) es una pieza urgente y comprometida, parte de una trilogía de Rangel iniciada con Gaza, la franja del exterminio (2024) y que cerraría con otra película en proceso. Se compone casi en su totalidad de materiales grabados en Gaza, en gran medida aportados por miembros de la resistencia palestina en el terreno. Con ese registro directo, y el soporte de breves intertítulos y agregados de archivo, construye con habilidad un relato contundente y sensible sobre los meses que van desde el supuesto “Alto al fuego” al asedio israelí sobre Palestina, en enero de 2025, hasta abril de ese año.

Mucho de lo que vemos en estos registros es conocido por aquellos atentos al curso del genocidio, aunque ocultados al público masivo por los grandes medios y la política “antipolítica” de las corporaciones de redes sociales. Sin embargo, Rangel logra concatenar los materiales para construir una intimidad poderosa con las y los gazatíes: vivimos con ellas y ellos las esperanzas y desesperos, el impacto de la masacre y el espíritu de resistencia, el arraigo a la tierra como respuesta a los sucesivos desplazamientos.

La gran Palestina expresa con virtud esta convivencia entre la belleza y lo terrible, muchas veces incluso en una misma toma. Vemos a un hombre lisiado caminar por las orillas del Mediterráneo, como parte del contingente que regresó provisionalmente al norte de la Franja; a un nene que estudia en una casa rodeada de ruinas; a una mujer que prepara comidas tradicionales; a una familia reconstruyendo su hogar derruido; a una niña sin piernas sonriendo. Oímos cantos magnéticos en las caravanas de refugiados y en la voz de un sacerdote musulmán, en una ceremonia por los mártires.

El documental no se priva de mostrar las imágenes más crudas del genocidio, que ocupan gran parte del metraje y cortan en el público la respiración. Aunque en varios momentos, como señaló Rabinovich en su intervención, lo hace con ironía provocadora: es el caso de una recolección de huesos mostrada con el timing de un reel de TikTok, marcando el contraste entre la barbarie en curso y la superficialidad promovida desde el poder en las redes sociales.

La misma ironía aparece en la voz de una mujer gazatí que, al encontrarse con las ruinas producidas por Israel, señala que “Netflix podría venir a filmar” sin mayores necesidades de producción. Sin ir más lejos, la empresa de streaming se encuentra produciendo series post apocalípticas en las que toma como referencias de arte los sudarios (Kafan) con los que el pueblo palestino envuelve a las víctimas del genocidio.

Entre las pocas secuencias de archivo, se encuentra un montaje veloz que muestra la hipocresía de los medios internacionales, que se alarman por los rehenes israelíes mientras ignoran a las víctimas del genocidio. Asimismo, Rangel contrasta el buen estado de los rehenes israelíes liberados por la resistencia, así como la entrega respetuosa de aquellos muertos (por los propios bombardeos israelíes), con las secuelas de las torturas de los presos políticos palestinos en cárceles israelíes, que hoy suman más de diez mil.

Otra secuencia de archivo es la que abre y cierra el documental, con la llegada de judíos europeos a Palestina tras la Segunda Guerra Mundial, exhibiendo una bandera que reza “Los alemanes destruyeron nuestras familias y hogares. No destruyan nuestras esperanzas”. La interpretación de esta escena queda abierta a las y los espectadores, aunque es claro el choque entre ese pedido y los resultados de la política genocida de Israel.

Quizá la escena de mayor tensión sea la del epílogo, cuando presenciamos un extenso registro realizado con su celular por un paramédico palestino, en su camino a socorrer a un grupo atacado por el ejército israelí. Con conciencia cinematográfica, Rangel mantiene el registro hasta el final, cuando el celular ya ha caído y sobre la pantalla casi en negro oímos los rezos finales del paramédico, víctima también de las fuerzas represivas.

Conversatorio

La película fue disparadora de un rico intercambio. Silvana Rabinovich ofreció una lectura a contrapelo acerca de la religiosidad judía y musulmana, señalando que el lema “Allah es grande”, repetido una y otra vez en el documental, es presentado como un grito de guerra por la propaganda israelí, cuando debería ser interpretado como un señalamiento de humildad y una invitación a pensar en la universalidad de lo humano. Se refirió también al clásico texto de Walter Benjamin, El narrador, en el que el filósofo marxista denuncia los efectos enmudecedores de la guerra imperialista y contrapone la “información” supuestamente objetiva de los medios de comunicación al poder de la narración.

En nuestra intervención nos referimos a la complicidad de los Estados capitalistas con la masacre israelí y a una particularidad de los documentales que se vienen realizando en estos años sobre el tema. Históricamente, los genocidios del siglo XX han dado lugar a una sucesión diferenciada de creaciones documentales: primero los que muestran las evidencias, luego los que explican los mecanismos y finalmente los que reflexionan y releen las secuelas de la matanza en las generaciones posteriores. Pero películas como La gran Palestina y otras concentran estos tres abordajes, tanto por las facilidades técnicas como por la conciencia generada en casi 80 años de limpieza étnica.

Tanto Julián Aguirre como Abdallah Al Tibi destacaron la importancia de seguir visibilizando la limpieza étnica en Gaza (que se extiende a Cisjordania y Líbano). Al Tibi valoró en particular la secuencia del paramédico, relacionando sus rezos y su entrega final con la necesidad de paz del pueblo palestino.

Entre los presentes estuvieron Tilda Rabi (de la Federación de Entidades Argentino-Palestinas), Vanina Biasi (del PO-FITU), enjuiciada por defender la causa palestina, y periodistas de Nodal, cuyos colegas marcharon hacia Gaza y fueron apresados y torturados en Libia del Este. También Ramiro Giganti (de Anred) y el médico Raúl Laguna Bosch, partícipes de la flotilla Global Sumud, que denunciaron las torturas impuestas por Israel y las marcaron como una pequeña muestra de lo que sufren cotidianamente las y los presos palestinos.

En general, se señaló la necesidad de difundir la película. Las y los activistas tenemos que recoger el guante, proyectando en todos lados la película que le molesta a Milei.