Cultura

7/9/2026

No estamos todos, falta García Lorca

Se cumplieron 90 años del asesinato del gran poeta español por parte del franquismo.

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Federico García Lorca

Federico García Lorca tenía 38 años cuando fue asesinado. Ya era uno de los escritores más importantes de España y una figura reconocida internacionalmente. Fue perseguido por lo que representaba: una cultura popular y rebelde, vinculada a los sectores que el franquismo quería aplastar. También por ser homosexual, en una sociedad donde la reacción buscaba imponer violentamente una moral conservadora.

Lorca fue detenido en su Granada y fusilado en agosto de 1936. Desde entonces, su cuerpo permanece desaparecido. Se han realizado búsquedas y excavaciones, se han señalado posibles lugares de enterramiento y se han sucedido investigaciones durante décadas, pero todavía no existe una respuesta definitiva sobre dónde están sus restos.

La paradoja es enorme. Lorca está en todas partes y su cuerpo no está en ninguna. Sus poemas son estudiados en las escuelas, sus obras se representan en los teatros, su figura es reivindicada como patrimonio universal de la cultura española. El Estado puede homenajearlo, organizar actos en su nombre y convertirlo en una figura institucionalmente aceptable. Pero no quiso hacer lo fundamental: encontrar sus restos.

Y ahí está la verdadera dimensión política de Lorca. No se trata solamente de encontrar los huesos de un poeta. Se trata de encontrar los restos de una de las miles de personas que el franquismo asesinó y enterró clandestinamente. Lorca es la cara visible de una multitud de desaparecidos que todavía permanecen fuera de la historia oficial.

Una democracia que pidió pasar de página

La Transición española no rompió con el franquismo. Lo que hizo fue clausurar políticamente la discusión sobre sus crímenes. Franco murió, pero sobre los asesinatos, las torturas, las persecuciones y los miles de desaparecidos se impuso el silencio. La democracia española fue parida sin un proceso que señalara a los responsables de aquella represión y sin una política destinada a poner en el centro a sus víctimas.

El resultado es que los crímenes brutales del franquismo no forman parte de la conversación política cotidiana. Se habla de la Guerra Civil como una tragedia entre dos bandos, de la Transición como un gran pacto democrático y de la necesidad de no reabrir heridas. Pero detrás de esa narrativa desaparecen los cuerpos, las familias y las historias concretas de quienes fueron asesinados. Desaparece también la naturaleza política de aquella violencia: no fueron simplemente víctimas de una guerra, sino personas perseguidas y asesinadas por militar, por organizarse, por ser trabajadores, por ser homosexuales o tener determinada etnia, también por no someterse al orden que el franquismo buscaba imponer.

Lorca concentraba toda esa historia y lo más significativo es que, noventa años después, resulta mucho más fácil hablar de Lorca como poeta universal que hablar de las circunstancias concretas de su asesinato. Las fosas siguen siendo una evidencia material de un crimen político que nunca ocupó el lugar que debería ocupar en la historia oficial.

No hay que “cambiar de página”. Hay que volver sobre esas páginas que fueron arrancadas. Lorca resulta insoportable para ese relato porque su cuerpo desaparecido sigue ahí, aunque nadie pueda verlo. Su ausencia recuerda que la historia no terminó cuando murió Franco. Que hay muertos sin tumba. Que hay familias sin respuesta. Que hay crímenes de Estado sin condena.

El regreso del nacionalismo español

Y mientras el progresismo intenta cerrar esa discusión, el nacionalismo español vuelve a ocupar un lugar cada vez más explícito, como lo demuestra la crisis migratoria de Ceuta. La extrema derecha explota ese terreno de manera abierta. Pero el problema no se limita a Vox. El nacionalismo español puede volver a funcionar como un sentido común político mucho más amplio cuando la respuesta a las crisis pasa por reivindicar la fortaleza del Estado, sus fronteras y su autoridad. La paradoja es que mientras se pide no volver sobre las divisiones del pasado, reaparecen en el presente elementos centrales de aquella tradición nacionalista.

Frente a esto, el PSOE no plantea una ruptura. Intenta administrar ese nacionalismo desde una versión democrática y progresista. Y ahí está uno de sus límites fundamentales: no se puede combatir el nacionalismo reaccionario disputándole a la derecha quién defiende mejor a España.

Lorca representa otra cosa. Representa una España atravesada por sus contradicciones, por sus pueblos, por sus trabajadores, por sus marginados y por quienes fueron perseguidos por no aceptar el orden impuesto. Su obra está demasiado viva como para convertirlo en una postal institucional.

Por eso su asesinato sigue siendo político. Y por eso su sexualidad también importa. El mismo régimen que quiso destruir a la izquierda persiguió las expresiones de una sexualidad que escapaba a su moral reaccionaria. “Rojo y maricón” no son dos etiquetas separadas: son parte de la misma violencia política y social que buscó disciplinar a toda una sociedad.

Lorca fue asesinado para que aquello que representaba desapareciera con él. No lo consiguieron.

Que todos sepan que no he muerto

Encontrar a Lorca significa también buscar a todos los demás. Abrir las fosas. Recuperar los cuerpos. Identificar a los desaparecidos. Reconstruir sus historias. Señalar a sus victimarios. Romper con la impunidad. Significa rechazar la idea de que la única manera de construir el futuro es olvidar el pasado.

Lorca no es un muerto ilustre que la democracia española debe homenajear. Es un desaparecido que el Estado todavía tiene que encontrar. Por eso su nombre sigue siendo incómodo. Porque detrás del poeta universal aparece el militante, el homosexual perseguido, el artista que no encajaba en el orden reaccionario y, sobre todo, el cuerpo que todavía falta.

La izquierda no puede aceptar que la respuesta al avance de la extrema derecha sea un nuevo pacto de silencio. Tampoco puede aceptar que la memoria sea reducida a una política cultural. Hay que recuperar la tradición de quienes lucharon contra el franquismo y enfrentar las bases sociales y políticas que permiten que el nacionalismo español y la reacción vuelvan a presentarse como salida.

Y quizás por eso el mejor cierre siga estando en sus propias palabras:

“Quiero dormir un rato, un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto.”

La Gacela de la muerte oscura pertenece a Diván del Tamarit y esos versos aparecen en su tercera estrofa.

Para nosotros Lorca no murió. Que todos sepan que no ha muerto.