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21 de junio de 2018 | #1507

Guerra comercial: un salto en la crisis mundial

Por Pablo Heller

Detrás de la guerra económica desatada por la Casa Blanca hay un interés por avanzar con el proceso de apertura y colonización de la economía china

Estamos en presencia de una agudización en la guerra comercial. La decisión de Donald Trump de colocar aranceles al aluminio y al acero apenas fue un anticipo de lo que se venía. Una vez confirmada la decisión de la Casa Blanca de estas medidas, la Unión Europea, Canadá y México impusieron tarifas de importación a motos, carne de cerdo, jeans y otros productos.

Versione italiana

Esto empalma con el agravamiento de las tensiones con China. Estados Unidos impuso tarifas a más de cien productos provenientes del gigante asiático -la mayoría de la industria aeroespacial, robótica, manufacturera y automotriz- por un valor de 50.000 millones de dólares. Pekín, a su turno, replicó disponiendo aranceles a 545 productos norteamericanos del sector agrícola, pesquero y automotriz.

Este proceso ha desatado una caída de las bolsas del mundo, empezando por las de Shanghai y Tokio. También generó pérdidas en los principales mercados de Europa y en Wall Street.

Estados Unidos

Existe un temor fundado de que las represalias comerciales tomadas por la Casa Blanca puedan asfixiar a la economía norteamericana.

El primer caso es el del sector agrícola y ganadero, afectado por las barreras interpuestas por China. Por lo pronto, esto ha provocado un descenso del precio de la soja. La economía norteamericana está sentada en un tembladeral. Sus dos déficits gemelos -fiscal y comercial- se han transformado en una verdadera bomba de tiempo.

El secretario del Tesoro, Steve Mnuchin planteó, a comienzos de año, el interés de la Casa Blanca de promover una depreciación del dólar, para mejorar su condición en el comercio exterior. Contrariamente, la divisa norteamericana se ha fortalecido en estos meses. Es que el crecimiento de la deuda pública -que ya asciende a 20 billones de dólares y supera el 100% del PBI- ha obligado a Washington a aumentar la tasa de interés para atraer fondos y financiar así los vencimientos previstos. El aumento de la tasa de interés pone de relieve las contradicciones de la política económica oficial: la necesidad de atender el rojo fiscal conspira con la posibilidad de remontar el déficit comercial.

La suba de los intereses plantea, además, un enfriamiento de la economía. En contraste con los pronósticos de una recuperación económica sólida, “los indicadores de actividad manufacturera y servicios han estado retrocediendo. Las ventas minoristas llevan tres meses consecutivos cayendo, los gastos en construcción se desaceleraron a comienzos de año y las ventas de automóviles se han estancado en gran medida” (The Wall Street Journal, extraído de SWS, 14/4).

El aumento de la tasa de interés compromete a una parte importante de las empresas privadas. La deuda corporativa se aproxima a los 7 billones de dólares. Casi un 40 por ciento de las empresas manufactureras y comerciales se encuentran en dificultades y están pagando tasas usurarias, propias de los países en defol.

El desplome de la Bolsa en febrero y los cimbronazos bursátiles últimos son señales de una burbuja que puede estallar. Existe una divergencia ostensible entre las cotizaciones de la Bolsa y los magros resultados operativos que obtienen las empresas. El enorme capital ficticio acumulado responde, en realidad, a la ausencia de una tasa de ganancia que justifique inversiones en capital productivo.

La política de Trump aumenta estos desequilibrios de manera explosiva. El magnate ha dispuesto un aumento extraordinario del gasto público para los próximos dos años, junto con una baja significativa del ingreso fiscal. Así, el déficit alcanzará al 5% del PBI. Según el FMI, en 2018 la deuda ascendería al 117% del PBI.

Con la reforma impositiva, Trump logró concitar un apoyo de la burguesía norteamericana. Sobre esa base, recobró la iniciativa política y hasta reestructuró su gabinete, desplazando a los miembros que había convocado por imposición del partido Republicano y el establishmet. En su lugar, colocó a hombres de su estricta confianza. Trump se montó en este envión para romper el acuerdo con Irán y poner en marcha las represalias comerciales en curso. De todos modos, se sigue moviendo en arenas movedizas y estos pasos en el plano económico y político pueden terminar siendo un búmeran.

Está lejos de reinar una homogeneidad en la clase capitalista norteamericana y las medidas comerciales adoptadas por Washington despiertan resistencias en círculos empresariales, en el partido Demócrata y en el propio partido Republicano. Esta división se puede agravar si los costos son superiores a los supuestos beneficios. Diversos analistas alertan sobre el peligro de una fractura del comercio internacional de resultados imprevisibles y una disolución del orden político mundial a partir del enfrentamiento de Trump con los socios históricos de Estados Unidos, como acaba de darse en la cumbre del G7.

En este cuadro, el panorama político en Estados Unidos es extremadamente volátil. Un terreno de disputa entre las fuerzas de la burguesía serán las elecciones de medio término en noviembre, donde está en juego la continuidad de la mayoría republicana de ambas cámaras. La pérdida de esa mayoría sería un golpe letal al experimento bonapartista de Trump. Siempre queda la carta reservada del impeachment.

China

Aunque este panorama vuelve a confirmar que el epicentro de la crisis está en Estados Unidos, no es casualidad que el principal desplome de la Bolsa se haya producido en Shanghai.

El gobierno chino viene tratando de cortar un endeudamiento cada vez más abultado. Pero esa política ya está afectando el crecimiento de la segunda economía del planeta. La inversión, las ventas minoristas y la producción industrial perdieron empuje durante mayo, planteando la posibilidad de una caída económica de mayor aliento.

Gran parte de las empresas dependen del crédito barato para poder subsistir. Esto incluye a las de gestión estatal, pero también a las pymes, responsables de más del 60% del PBI de China. Estas empresas deben recurrir al crédito en el sector informal, el llamado sistema financiero en las sombras, pagando tasas de interés que duplican a las oficiales. Este panorama ha determinado que el Banco Popular de China, la banca central del país, no haya subido la tasa de interés, para ajustarla al aumento anunciado por la Reserva Federal.

El gigante asiático ya soportaba una crisis de sobreproducción en el acero y el aluminio, que buscó resolverla apelando a la fabricación de bienes con mayor valor agregado. Pero esta tentativa choca con Estados Unidos, que rechazan una competencia china en las industrias de punta. “El enorme excedente financiero chino utilizado para adquirir tecnología, por medio de fusiones y compras de acciones de empresas, es ahora bloqueado, privando de financiamiento al capital internacional. El excedente financiero también es usado para la compra de deuda pública extranjera -en especial la norteamericana, de la cual tiene 2 billones de dólares en bonos-, de modo que el bloqueo también podría afectar la continuidad del financiamiento de la deuda norteamericana por parte de China” (Ver Prensa Obrera digital, “Una guerra que no es sólo comercial”).

Esta disputa no se circunscribe exclusivamente a una competencia comercial. Detrás de la guerra económica desatada por la Casa Blanca, hay un interés por poner fin al proteccionismo industrial y financiero de China y avanzar con el proceso de apertura y colonización de su economía, para completar la restauración capitalista. En última instancia, someter a China y, de un modo general, al espacio de los ex Estados obreros, a la condición de semicolonias del imperialismo.

Perspectivas

El recrudecimiento de la guerra comercial expresa un salto de la crisis mundial, que está atravesada por las amenazas de un nuevo desplome bursátil, desequilibrios económicos explosivos de Estados Unidos, ralentización del crecimiento chino y hasta el peligro de un derrumbe . A esto habría que agregar las tendencias a la desintegración de la Unión Europa y la amenaza de una crisis bancaria y de deuda en desarrollo, en ese continente.

Este escenario, a su turno, alimenta las tendencias a la crisis política, al derrumbe de regímenes políticos y a la guerra misma. Pero también es el caldo de cultivo para las rebeliones populares y grandes giros políticos, acentuando las tendencias a la reacción política, por un lado, y la revolución social, por el otro.

Esto pone en el orden del día la necesidad de una acción internacional común de la clase obrera y poner en pie una Internacional sobre bases socialistas y revolucionarias, reconstruir la IV Internacional.

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