Internacionales
27/6/2026
Acerca de la “Conferencia Internacional contra la guerra” de Londres
Aprobó una agenda de movilización. ¿Cuáles son sus planteos y sus propuestas?
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El 20 de junio se celebró en Londres la "Conferencia Internacional contra la Guerra”, que atrajo unas 4.000 personas. Esto viene precedido por una conferencia similar realizada el pasado mes de octubre en París.
La iniciativa tuvo el patrocinio de un importante abanico de organizaciones: catorce sindicatos nacionales, entre ellos Unison, UCU, RMT, ASLEF, NEU y PCS, así como más de 100 secciones sindicales y consejos gremiales. También contó con el respaldo de decenas de organizaciones pacifistas y grupos de solidaridad de amplio alcance, como la Coalición Alto a la Guerra, la Campaña por el Desarme Nuclear, la Campaña de Solidaridad con Palestina, el Proyecto Paz y Justicia, la Fundación para la Paz Bertrand Russell, la Campaña de Solidaridad con Cuba y la Campaña de Solidaridad con Venezuela. En el plano más directamente político, fue auspiciada por Die Linke de Alemania, Podemos, los laboristas que rompieron con el Partido Laborista, como Corbyn y Sultana, el partido obrero belga, el DSA norteamericano.
El evento se celebró bajo el lema "Los pueblos de Europa exigen la paz”. El objetivo es "construir un movimiento" en toda Europa e internacionalmente contra el rearme, el militarismo y la tendencia hacia la guerra. La declaración final también exige la necesidad de “ampliar y profundizar los vínculos internacionales entre sindicalistas, movimientos pacifistas y fuerzas progresistas”.
Como corolario final se aprobaron una serie de iniciativas de movilización:
El 10 de octubre se convoca una jornada internacional conjunta de manifestaciones en apoyo de una Palestina libre.
Con fecha por confirmar, se realizará una Jornada de acción propuesta por los estibadores de Italia, Francia y Grecia; los días 21 y 22 de noviembre se celebrará un fin de semana internacional de manifestaciones contra la militarización, la escalada bélica y el servicio militar obligatorio.
El hecho que se haya hecho un cónclave de esta naturaleza y amplitud es un indicador que la cuestión de la guerra está creciendo tanto en velocidad como intensidad. El dato dominante posterior al estallido de la guerra en Ucrania era la falta de reacción frente al la guerra. Esto fue cambiando con el ataque a Palestina y ahora con la guerra en Irán, que ya envuelve a gran parte de los países del Medio Oriente. El genocidio provocado por Israel reproducido en vivo y en directo por los medios de comunicación hirió la sensibilidad de la población mundial y dio lugar a movilizaciones multitudinarias, incluidas las principales metrópolis y, por supuesto, en Europa. Al mismo tiempo, la guerra de Ucrania ya lleva cuatro años y no hay un final a la vista. Por el contrario, el conflicto ha ganado en virulencia, incluso el elemento novedoso es que los ataques ucranianos, bajo la tutela de la Otan, se están adentrando cada vez más en territorio ruso. Y las tensiones escalan en Europa del este, así como las amenazas de un involucramiento mayor y el envío de tropas terrestres a Ucrania por parte de las potencias europeas.
Los tambores de guerra suenan cada vez más fuertes unido al reame de la Unión Europea (UE). El aumento de los presupuestos militares va de la mano del ajuste a partidas como educación, salud, asistencia social y está provocando un estado de conmoción en los hogares, cuyas condiciones de vida se han visto afectadas por estos recortes. La gota que rebalsó el vaso es el cierre del Estrecho de Ormuz que provocó el salto de los precios de los combustibles y un recrudecimiento de las tendencias inflacionarias, lo cual echa más leña al fuego al descontento y la inquietud reinante entre los trabajadores.
Este es el contexto en el que tienen lugar y explica el evento.
Uno de los aspectos que cabe destacar es que a la par de denunciar a Trump, la declaración final de la Conferencia señala la responsabilidad de los gobiernos europeos en la guerra. Se hace referencia al rol de Starmer, Macron y Mertz. Pero se omite llamativamente a Sánchez cuando España viene sosteniendo la guerra de Ucrania, participa de los esfuerzos bélicos de le UE y ha votado los créditos de guerra y el rearme del país.
Los organizadores instaron a los asistentes a redoblar esfuerzos y "fortalecer y consolidar el movimiento". Pero la pregunta es: ¿cómo hacerlo? Se plantea impulsar una movilización ciudadana multitudinaria, pero hay una omisión clave que es definir el rol y la acción que están llamadas a ocupar la clase obrera y sus organizaciones.
Estamos ante la paradoja de que estuvieron presentes líderes sindicales en el cónclave pero las organizaciones que ellos dirigen se han caracterizado por su pasividad. A lo sumo han llamado a concurrir a sus afiliados a las movilizaciones generales e incluso en este caso, sin empeñarse en la organización de la concurrencia. Pero una cosa es la participación de un obrero individual disuelto como un ciudadano más y otra cosa es interviniendo en forma colectiva como clase. El llamado a las convocatorias generales es usado como una coartada para encubrir el quietismo de las organizaciones sindicales. Se desentienden convenientemente de cualquier lucha seria y simplemente delegan su responsabilidad e iniciativa en terceros, como Stop the War.
Resulta obvio que el movimiento contra la guerra tendría otro alcance si fuera acompañado por una paralización de la economía y la vida del país, si se organiza un boicot de los trabajadores, empezando por estibadores y portuarios, para impedir la producción y entrega de armamentos y otros insumos para la guerra.
La imponente huelga general política que tuvo lugar en Italia el pasado octubre, en solidaridad con Gaza, va en la dirección apropiada. La decisión y firmeza de varias centrales alternativas, como Si Cobas y USB de lanzar la huelga, obligaron, aunque en forma demorada, a la central más relevante, la CGIL, a plegarse. Una de las consignas que más resonó en la movilización y la huelga fue la de “bloqueemos todo", que incluye las empresas, o sea, llevar el movimiento a los lugares de trabajo.
Esto contrasta con la parálisis reinante en las organizaciones de otros países, como Gran Bretaña. En España hubo alguna medida de fuerza que enarboló el apoyo a la causa palestina, pero de menor envergadura y algunas acciones en Francia. Pero todo muy acotado.
Otra paradoja es que algunos de los partidos participantes como Die Linke reivindican “el derecho de Ucrania a defenderse” en nombre del “derecho a la autodeterminación”. O sea, la declaración plantea desescalar el conflicto, no enviar armas, pero fuerzas políticas que motorizan el evento justifican la guerra y están alineadas en uno de los campos en pugna. La diputada del DSA yanqui, Alejandra Ocasio Cortez votó las partidas presupuestarias de apoyo militar a Israel con el argumento de que eran “defensivas” (destinadas a la “Cúpula de hierro”) como si se pudiera hacer una divisoria entre lo que es ofensivo y defensivo. Esta conducta abrió una deliberación acalorada en la militancia de esta corriente.
En Ucrania no hay una lucha por la liberación nacional. El gobierno de Zelensky es un brazo de la Otan y la UE, que viene llevando adelante una colonización y confiscación de Ucrania que ha pasado a ser uno de los países más pobres de Europa. El interés nacional que se invoca es simplemente el disfraz del imperialismo para continuar y reforzar la sumisión del país.
La declaración habla de detener la guerra y arribar a una paz. ¿Pero, quién lo va a hacer? ¿Van a detener la guerra quienes son los responsables de haberla generado y están empeñados en su continuidad hasta el día de hoy? La declaración omite una caracterización de la guerra: cuáles son sus causas, cuáles son los intereses en juego, cuáles son las fuerzas sociales que están detrás de la confrontación. Esto brilla por su ausencia respecto la guerra de Ucrania, pero en general respecto a toda la escalada que se denuncia. Si se lo hiciera quedaría expuesto que estamos ante una guerra imperialista. Que la guerra responde a una crisis de fondo: la crisis histórica del capital que se une al declive de la primer potencia mundial, EE. UU y la tentativa de superar este impasse a través del uso de la fuerza. La guerra responde a esta necesidad profunda y el capital internacional y, en primer lugar, el imperialismo yanqui no va a renunciar a este objetivo que tiene un carácter estratégico. La guerra no es el resultado de una decisión discrecional de Trump. Prueba de ello es que la guerra actual en Ucrania se originó bajo el mandato de Biden. Estamos en presencia de una política de Estado. La ofensiva en curso apunta a rediseñar el planeta a la medida y de acuerdo las necesidades del imperialismo.
Delegar la solución del problema en quien lo ha creado conduce a una encerrona. Por esta vía, los movimientos antibélicos quedan confinados a oficiar de grupos de presión de los gobiernos capitalistas y, en esa medida, condenados a la impotencia. Incluso “la paz" a que se arribe concluye siendo una paz a expensas del pueblo y en detrimento de sus intereses. La paz en Gaza terminó instaurando un protectorado yanqui rodeado por las tropas israelíes que ocupan casi el 60 % del territorio. En Ucrania, la paz no conducirá a la autodeterminación del país sino a un reforzamiento del sometimiento semicolonial y hasta podría culminar en un reparto de su territorio entre la Otan y el régimen de Putin. Pero, además, estos acuerdos de paz, como lo evidencian las tratativas en Irán no son duraderos. Se trata de treguas pasajeras, precarias, que son la antesala de nuevas y mayores confrontaciones. Los acuerdos de Minsk en Ucrania firmados en 2014 son un ejemplo elocuente de ello. Por otra parte, la diplomacia se ha revelado como algo estéril e inoperante. Las tratativas y reclamos en el marco de las Naciones Unidas son una vía muerta e, incluso, en repetidos casos, culminan avalando salidas lesivas al interés popular. El “plan de paz” de Trump para Gaza fue bendecido por las Naciones Unidas.
La única garantía para frenar la guerra y consagrar una paz duradera es derribar los gobiernos responsables de la guerra e instaurar gobiernos de trabajadores. Oponerle a la lucha fratricida entre los pueblos la unidad internacional de los trabajadores. Transformar la guerra imperialista en una guerra contra el capital y sus representantes políticos. Esta son las premisas internacionalistas bajo las cuales se va a realizar la Conferencia de Atenas entre el 22 y 24 de julio próximo, que es la continuidad de la realizada en Buenos Aires en 2024 y Nápoles en 2025. Una de sus preocupaciones fundamentales va dirigida a impulsar que la clase obrera entre en acción y pase a ocupar un papel protagónico en la movilización contra la guerra.
La Conferencia de Atenas va a elaborar y votar un plan de actividades entre las cuales corresponde discutir la intervención en la agenda de movilizaciones resueltas por la “Conferencia internacional contra la guerra" que acaba de concluir en Londres.

