Internacionales
1/10/2026
Brasil entre China y Estados Unidos: la disputa mundial entra en la elección
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La elección brasileña se desarrolla bajo una presión internacional que ya interviene en la campaña. Estados Unidos procura recuperar posiciones en un país que considera estratégico para su dominio continental, mientras China se consolidó como el principal socio comercial de Brasil. La pelea atraviesa las exportaciones, las inversiones, la tecnología, las tierras raras y la política exterior. Lula busca presentarse como defensor de la soberanía; Flavio Bolsonaro ofrece un alineamiento directo con Washington.
La magnitud del vínculo explica el problema. En 2025 Brasil exportó a China 100.000 millones de dólares e importó 70.900 millones Entre enero y agosto de 2026, el mercado chino absorbió el 30,7% de las exportaciones brasileñas, frente al 9,6% destinado a Estados Unidos. Soja, mineral de hierro, petróleo y carnes dominan esas ventas; desde China llegan manufacturas y bienes tecnológicos. El intercambio sostiene el superávit, pero reproduce una inserción primario-exportadora y de bajo valor agregado. (ComexStat-MDIC, datos de 2025 y enero-agosto de 2026; Ipece, marzo de 2026).
Washington responde con aranceles, presión diplomática y exigencias sobre áreas sensibles. El PIX ( sistema local de tarjetas de crédito que compiten con Visa, Mastercad y otras ) , las redes digitales, los minerales críticos y la pretensión de calificar a organizaciones criminales brasileñas como terroristas forman parte de una agenda de injerencia. La pelea de fondo consiste en disciplinar a Brasil y erosionar la influencia china. El apoyo de Trump al bolsonarismo le da una traducción electoral inmediata. (Marcelo Cantelmi, Clarín, 31/7/2026; Reuters, 22/9/2026).
Flávio transforma esa subordinación en credencial política. Se coloca junto a Trump y Milei y presenta cada conflicto con Washington como resultado de una radicalización de Lula. Un gobierno bolsonarista podría entregar ventajas en defensa, datos y minerales, pero no implicaría llegar al extremo de romper el comercio con China que es la principal fuente de ingresos del agronegocio brasileño que integra su base de apoyo. El alineamiento con Estados Unidos está obligado a convivir con los negocios de los exportadores brasileños con Beijing.
Lula explota esa contradicción. Reivindica los Brics y responde a algunas presiones norteamericanas con un discurso soberanista que recoge un sentimiento nacional legítimo. Pero su política exterior sigue la estrategia de la burguesía brasileña: diversificar mercados y mejorar la negociación sin tocar la propiedad del agronegocio, las mineras, los bancos ni las multinacionales. Su autonomía administra la dependencia entre varios centros de poder.
China no es una alternativa progresiva. Es una potencia capitalista dirigida por un Estado capitalista; sus créditos e inversiones persiguen mercados y rentabilidad que van de la mano con mecanismos de confiscación de las naciones dela periferia que entran en un vínculo con el gigante asiático. Es necesario no embellecer a Beijing: el capital chino actúa según sus intereses, no según las necesidades del pueblo brasileño.
Las tierras raras condensan la disputa. Washington busca cadenas de suministro fuera de China; Beijing quiere conservar su posición en procesamiento y tecnología. Lula negocia inversiones, pero no plantea el monopolio estatal del comercio exterior ni el control obrero de la extracción. La “soberanía” queda reducida a elegir qué capital participa del negocio, mientras las poblaciones afectadas soportan contaminación y despojo.
La polarización oculta una coincidencia de fondo. Flávio ofrece subordinación abierta a Washington; Lula procura margen de maniobra apoyándose en China. Ambos preservan la estructura dependiente que convierte a Brasil en proveedor de alimentos, petróleo y minerales. Los trabajadores deben enfrentar a Trump sin quedar atados a Lula. Defendemos el derecho de Brasil de comerciar libremente con China sin restricciones ni condicionamientos con China pero eso no significa presentar sus inversiones como emancipadoras.
Una política independiente exige desconocer acuerdos lesivos, nacionalizar minería, energía, crédito y comercio exterior bajo control de los trabajadores, y desarrollar un plan de industrialización orientado por las necesidades sociales. Este programa delimita tanto del vasallaje bolsonarista como de la diplomacia de Lula: la soberanía será una consigna vacía mientras los recursos sigan en manos del capital.



