Internacionales
29/5/2026
Qué es "Libia del Este", donde mantienen detenidos a 10 integrantes del convoy terrestre Global Sumud Maghreb
Una nación, dos gobiernos y una fractura que nació de la intervención extranjera

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Bengasi, una de las ciudades principales del este libio
A más de una década de la caída de Muamar el Gadafi en 2011, Libia no logró consolidar un Estado unificado. Lejos de las promesas occidentales de democratización tras la intervención militar de la Otan, el país quedó sumergido en una fragmentación crónica, consolidando dos administraciones rivales que se disputan la legitimidad institucional, los recursos energéticos y el reconocimiento internacional.
Las dos administraciones en pugna
Hoy el poder en Libia está nítidamente partido en dos zonas geográficas y políticas:
El Oeste (Trípoli) Sede del Gobierno de Unidad Nacional (GNU), encabezado por el primer ministro Abdulhamid Dbeibah. Es la administración que cuenta con el reconocimiento formal de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y retiene el control de las instituciones financieras clave, como el Banco Central y la Corporación Nacional del Petróleo (NOC).
El Este (Bengasi y Tobruk): Controlado con puño de hierro por el mariscal Jalifa Haftar a través del Ejército Nacional Libio (LNA). En el plano civil, opera un parlamento (la Cámara de Representantes) y un gobierno paralelo, pero la autoridad real es militar y dinástica, concentrada en la figura de Haftar y sus hijos.
Raíces de la fractura: de la intervención de la Otan a la guerra civil
Para entender la existencia de estas "dos Libias" hay que remontarse al desarrollo de la guerra civil de 2011 y la posterior implosión del entramado estatal:
1. El vacío tras la caída de Gadafi (2011): La intervención de la Otan destruyó el régimen centralizado sin articular una estructura de transición real. El poder se atomizó en cientos de milicias locales basadas en identidades regionales, tribales e ideológicas.
2. Las elecciones de 2014 y la división institucional: Tras unos comicios parlamentarios sumamente cuestionados, las facciones islamistas y del oeste rechazaron los resultados. El parlamento electo tuvo que refugiarse en el este (Tobruk), mientras que en Trípoli se instaló un gobierno rival apoyado por milicias occidentales. Quedó sellada la dualidad institucional.
3. La ofensiva de Haftar sobre Trípoli (2019-2020): Presentándose como un factor de orden y una fuerza laica contra el islamismo, Haftar lanzó una campaña militar masiva para capturar la capital. El conflicto escaló en una guerra abierta que internacionalizó definitivamente el escenario libio, concluyendo en un estancamiento militar y un alto el fuego en 2020 que congeló las líneas de frente actuales.
El tablero internacional: quién apoya a quién
La prolongación de esta división no se explica sin el financiamiento, el armamento y el soporte diplomático que distintas potencias extranjeras inyectan en cada bando, convirtiendo a Libia en un laboratorio de disputas geopolíticas externas.
Gobierno del Oeste (Trípoli) y poder del Este (Bengasi / Haftar)
Apoyo Principal a Trípoli: Turquía y Qatar. Naturaleza del apoyo. Intervención militar directa de Ankara (drones, tropas y asesores) que frenó el avance de Haftar en 2020.
Apoyo principal a Libia del Este: Rusia, Egipto y Emiratos Árabes Unidos (EAU) del Grupo Wagner (ahora Cuerpo de África ruso), soporte financiero de EAU y cobertura logística de Egipto.
Intereses geopolíticos de Trípoli: Control de zonas marítimas en el Mediterráneo oriental y contratos de reconstrucción.
Intereses geopolíticos en el Este: contener la influencia del islamismo político (para Egipto) y asegurar bases estratégicas en el norte de África y el Mediterráneo (para Rusia).
La ambigüedad occidental: países como Estados Unidos, Italia y Francia mantienen una postura ambivalente. Si bien diplomáticamente reconocen al gobierno de Trípoli por los canales de la ONU, han operado históricamente canales directos con Haftar en el este, bajo el argumento de cooperar en materia de contraterrorismo y control migratorio hacia Europa.
El estancamiento actual beneficia a los sectores dominantes de ambas administraciones, que usufructúan la división para postergar de manera indefinida las elecciones generales y repartirse las rentas de las exportaciones petroleras, mientras la infraestructura civil del país permanece degradada.



