Políticas
22/4/2026
Menos industria y más lucro: la reconversión importadora de las empresas locales
Mientras despiden personal y cierran plantas, sostienen ganancias extraordinarias vendiendo productos con sobreprecios.
Seguir
Enfrentémoslas con los métodos propios de la clase obrera.
Un relevamiento del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas, titulado “Las grandes empresas ante la apertura Importadora de Milei“, expone cómo las grandes empresas líderes abandonan la producción local para convertirse en importadoras. Mientras despiden personal y cierran plantas, sostienen ganancias extraordinarias vendiendo productos con sobreprecios que multiplican hasta por siete el costo de importación. Bajo la era Milei, se ha acelerado este repliegue industrial: hoy prefieren importar productos terminados de China o Brasil antes que fabricarlos en sus plantas locales. En la tradición económica argentina, la industrialización por sustitución de importaciones implicaba desarrollar producción local para reemplazar bienes externos. La paradoja actual es que estamos frente a un proceso inverso: empresas que históricamente producían en el país abandonan la fabricación y pasan a comercializar productos importados.
El informe destaca que esta reconversión de negocios abarca tanto las patronales de origen nacional como extranjero y destaca a que no es un accidente sino “una estrategia que prioriza elevados márgenes de rentabilidad a corto plazo por sobre la preservación del empleo y la capacidad productiva nacional”. El dato más alarmante que revela el informe es la enorme brecha entre lo que le cuesta a una empresa traer un producto del exterior y el precio al que lo vende al consumidor argentino. Gracias a la apreciación cambiaria y la eliminación de aranceles, el costo de importación se ha desplomado, pero ese beneficio no llega al bolsillo del trabajador.
Los ejemplos analizados son contundentes:
Essen: importa cacerolas de China con un costo unitario (incluyendo fletes e impuestos) de unos $50.000. Sin embargo, en sus canales de venta se ofrecen a $384.000 (sin contar impuestos nacionales). La ganancia bruta es 7,7 veces el costo de origen.
Cencosud (Easy): registra un margen de 7,6 veces en ciertos productos. Por ejemplo, una silla plegable de metal marca M+Design, cuyo costo de importación es de $4.200, se vende en su tienda online a $32.000 (sin impuestos). En el caso de sillas de madera el costo de importación es de $50.000 y el precio de venta alcanza los $197.000.
Mondelez: presenta márgenes significativos en el sector alimenticio. Las tabletas de chocolate Milka de 55 gramos tienen un costo de importación de $648 y se venden a $4.247 (6,5 veces su costo), mientras que las galletitas Club Social cuestan $521 de importación y se ofrecen a $2.164 (4,1 veces su costo).
Lumilagro: sus termos importados de China tienen un costo unitario de unos $8.000, pero se venden en su tienda online a $44.000 (sin impuestos nacionales), lo que representa una brecha de 5,4 veces.
Procter & Gamble (P&G): Las máquinas de afeitar tienen un costo de importación de $527 y llegan al consumidor final en supermercados a un valor de $2.780, lo que equivale a un margen de 5,2 veces.
Adidas: en el segmento de calzado, las zapatillas casuales entran al país con un costo de $27.000 y se comercializan en la tienda oficial a un precio base de $100.000, representando un margen de 3,7 veces.
Estos datos son la mejor refutación sobre la falacia del gobierno acerca de los beneficios de la importación para la población. Los precios más baratos en relación a los fabricados nacionalmente no llegan -o llegan en una porción insignificante- al bolsillo del trabajador. La tajada del león del desfasaje entre los precios nacionales e importados es apropiado por el capital.
Despidos y desindustrialización
La apertura importadora viene haciendo estragos, como es sabido, en el aparato productivo: el cierre de plantas y la ola de despidos. Empresas líderes o gravitantes en su ramo han desmantelado sus líneas de producción para transformarse en simples distribuidoras de mercadería extranjera.
En el sector de electrodomésticos, Whirlpool cerró su planta en Pilar (inaugurada apenas en 2022) dejando a 300 trabajadores en la calle. Mientras tanto, sus importaciones de lavarropas terminados se duplicaron entre 2023 y 2025. Un camino similar sigue Pilisar (ex Siam), cuyas compras de insumos para fabricar localmente desaparecieron, siendo reemplazadas por la importación masiva de unidades terminadas.
El sector electrónico también sufre el impacto. Newsan, en Tierra del Fuego, pasó de importar partes para ensamblar celulares a traer equipos terminados (como los modelos Motorola G23/24). Este cambio de esquema vino acompañado de despidos y suspensiones a principios de 2026.
Lumilagro reemplazó la producción local por termos importados (principalmente desde Asia) y ejecutó 170 cesantías. En Essen hubo una reducción de la fabricación nacional en favor de productos externos. Peugeot aplicó una reconfiguración productiva con menor peso de la fabricación local. Adidas también sustituyó producción local por importaciones. Mondelez reorganizó su esquema productivo con mayor componente importado.
A estos casos se suman otros ejemplos sectoriales. Electrolux emprendió una reducción significativa de personal, con creciente dependencia de productos importados. Moura cerró líneas productivas locales para importar baterías desde Brasil. Aires del Sur abandonó la producción para concentrarse en importación.
Productividad y capitalismo
Los libertarios justifican las importaciones indiscriminadas en nombre de las ventajas que esta orientación reporta para la población. Los productos importados son más baratos: impedir su ingreso al país perjudica a los consumidores. La protección a la producción local se ha revelado nociva porque ha implicado la perpetuación de una industria ineficiente, de baja productividad y con productos más caros cuyos precios están muy por encima de la competencia extranjera.
A nadie se le puede escapar que el capital impulsa la productividad que acompaña una renovación incesante de los métodos de producción (maquinaria, ciencia, tecnología). La tendencia general bajo el capitalismo es un abaratamiento de los productos en la que los tiempos de trabajos se reducen como consecuencia de esos incrementos que se van operando en la productividad.
Pero, contradictoriamente, ese salto de la productividad lejos de ser una fuente de bienestar y liberación de la humanidad es una fuente de nuevas penurias y privaciones. En lugar de reducir la jornada de trabajo la prolonga; en lugar de aliviar al hombre del trabajo manual lo hace más brutal y esclavo, empeorando las condiciones de trabajo o condenado a los trabajadores al desempleo; en lugar de una mayor participación y acceso a la riqueza material, la achica, sentando la desigualdad y los contrastes sociales. El desarrollo de las fuerzas productivas entra en choque con su envoltura capitalista, que tienen como fundamento el lucro y la rentabilidad.
La revolución tecnológica, la automatización potencia esta contradicción. El capital tiende a reducir el trabajo vivo -única fuente de valor– y, al mismo tiempo, depende de él para su valorización. La ley de valor opera y sigue presente con todas sus contradicciones. El desarrollo contemporáneo del capitalismo confirma la vigencia del análisis de Karl Marx: la productividad creciente abarata las mercancías. Este proceso reduce el tiempo de trabajo. Pero al hacerlo, socava la base misma del valor.
La mundialización de la producción social a la que asistimos y que tiene una curva ascendente exacerba este fenómeno. La irrupción de China constituye la expresión acabada de esa dinámica. El resultado fue una expansión sin precedentes de la capacidad productiva global, al mismo tiempo que una agudización de sus rasgos nocivos. Las profundas contradicciones del capitalismo chino cuyo punto de partida ha sido una mano de obra barata y semiesclava se han trasladado al campo mundial.
El florecimiento económico de China no ha morigerado sino acentuado los antagonismos sociales dentro de sus fronteras, lo mismo puede decirse a escala global. China inundó el mercado con mercancías baratas, pero lo ha hecho con los métodos propios del capital. La expansión ha ido de la mano de una colosal confiscación y depredación, provocando la mutilación de importantes franjas del tejido productivo mundial. Asistimos a la desindustrialización en las principales economías capitalistas y eso se verifica también en la periferia, donde estamos frente a una crisis muy severa de sectores manufactureros. Lejos de una reconversión ordenada, es una transición caótica, traumática y confiscatoria de la producción mundial.
El provecho en beneficio de la humanidad del avance prodigioso de la ciencia y la técnica que estamos viendo, el potencial que representa las nuevas invenciones como la inteligencia artificial, sólo podrá consumarse mediante una reorganización integral del planeta sobre nuevas bases sociales, que tenga como principio ordenador no el lucro sino una planificación racional de los recursos en función de las necesidades sociales.
Impacto en Argentina
En Argentina esta tendencia global adquiere una forma particularmente aguda, que se manifiesta en el cierre de empresas, pérdidas de empleo industrial y reducción del valor agregado interno.
La fiebre importadora de Milei tiene consecuencias muy perjudiciales La desindustrialización del país lleva a aumentar el atraso, la dependencia así como la vulnerabilidad del país frente al exterior. Se refuerza la condición de Argentina como productor de materias primas, con bajo valor agregado y un deterioro de los términos de intercambio en el comercio internacional.
Pero además erosiona capacidades tecnológicas acumuladas durante décadas, lo cual es un daño que puede llegar a ser irreparable. El país pierde capacidad para elaborar productos que en muchos casos son esenciales y cuyo suministro queda a merced de países extranjeros. Cualquier crisis o suceso internacional como ocurrió con la pandemia o , ahora, con la guerra deja al país inerme y con menos defensas y recursos para enfrentar esa coyuntura. Fate es un ejemplo elocuente de ello, pues su cierre significaría la desaparición de la única fábrica del neumático nacional de camiones y de ómnibus, sin lo cual el transporte de cargas y pasajeros quedaría paralizado en caso de producirse una emergencia.
Por supuesto, no hay que olvidar el perjuicio a la propia demanda local. Al eliminar puestos de trabajo y bajar el poder adquisitivo, las empresas están socavando el mercado interno. El gobierno sostiene que el consumo popular no se vería afectado porque el ahorro que tendrían los trabajadores por productos más baratos provenientes del exterior, les permitiría aumentar su poder de compra de otros bienes. Esto, como vimos antes, queda desmentido por los precios abultados de los productos importados. La reconversión va de la mano con la potenciación de las tendencias recesivas y una herida mortal de todo el tejido productivo
Dos enfoques diferentes sobre el “industricidio”
Cuando el peronismo se refiere al “industricidio” pretende colocar en la misma bolsa a las patronales y a los trabajadores. Según esta óptica, habría una identidad de intereses en nombre de que ambos serían afectados por la política libertaria, funcional al capital financiero. Pero eso no es así. Entre capital y trabajo hay intereses contrapuestos. La defensa de la industria nacional no es lo mismo que la defensa de las trabajadoras que trabajan en ella. Es moneda corriente que las patronales busquen salvaguardar la masa y márgenes de ganancia a expensas de los trabajadores. La “reducción de los costos laborales” es una constante en el vocabulario empresarial. El salario, las condiciones laborales y, si hace falta, los puestos de trabajo son sacrificados en el altar del lucro.
La apertura importadora refuerza una ola de suspensiones y cesantías que ya se venía registrando antes de que suba Miel. El gremio del neumático viene siendo una de las víctimas. Patronales como la de Fate buscaron, procedimientos de crisis mediante, desembarazarse de una parte del personal e imponer nuevas modalidades de superexplotación y flexibilidad laboral. Está a la vista que la defensa de la fuente de trabajo no es sinónimo de la defensa de los puestos de trabajo y de las conquistas laborales.
Este antagonismo es habitual en el marco de la explotación normal capitalista pero se exacerba en los momentos de crisis, donde el salvataje patronal de empresas en crisis pasa por una reducción del plantel, un salto en la precariedad laboral y una rebaja de las remuneraciones y cuando esto no alcanza el cierre del establecimiento. No debemos olvidar que, más allá de los choques que enfrenta una fracción de la clase capitalista con otra, todos comparten el interés de clase en lo que respecta a la explotación que ejercen sobre los trabajadores. Aunque se registran tensiones con la actual gestión, en algunos casos serias, la burguesía ha cerrado filas con el gobierno en torno a la sanción de la reforma laboral y el ataque en regla contra otras normas protectoras de la clase obrera.
La flexibilidad laboral se viene agravando y y generalizando. La plusvalía derivada de la prolongación de la jornada de trabajo, de los ritmos de producción, constituye una de las fuentes cada vez más gravitantes de los beneficios que obtienen las empresas. Las patronales pretenden llevarlos a extremos no conocidos esta contrarrevolución laboral
El combate contra el "industricidio" es enarbolado por la burguesía como una bandera en función de defender sus propios intereses, entre otros, exenciones, subsidios, otros beneficios y barreras a la competencia y no los de los trabajadores. Madanes Quintanilla despotrica contra la rebaja de aranceles a los neumáticos dispuestos por Milei, que facilita el ingreso de las cubiertas chinas en el mercado interno mientras no vacila en impulsar despidos masivos y, ahora, dejar a todos los trabajadores en la calle. No tienen reparos en sustituir la “producción nacional” por importaciones si esto le resulta más lucrativo, como está ocurriendo con la multinacional Pirelli o Bridgestone.
Programa y salida
Frente a la avalancha importadora hay sectores de la burguesía que reclaman una devaluación. Rechazamos esa salida que representaría un golpe brutal al salario. Pero incluso una devaluación hoy, comparada con la década del '90, se revela como un instrumento ineficaz e insuficiente para defender la inserción productiva argentina en el plano local e internacional en el marco de un escenario internacional dominado por una crisis de sobreproducción muy pronunciada, empezando por la competencia china. La presión para que la burguesía argentina se recicle a importar artículos terminados es mayor que en el pasado.
Frente a este panorama los trabajadores debemos preservar nuestra independencia, no dejarnos atrapar por las maniobras de las patronales y sus chantajes, y defender nuestra agenda y programa. A las importaciones indiscriminadas le oponemos el reclamo el control obrero de las importaciones y la apertura de los libros de las empresas para verificar sus costos y su margen de beneficio. El problema no es el costo laboral sino el costo empresario que surge del costo financiero con las altísimas tasas de interés vigentes, del alto costo de la energía en beneficio de las empresas privatizadas, del elevado costo del transporte y de la logística, agravado por la paralización de la obra pública y del propio parate del aparato productivo, que incrementa los costos fijos como resultado del incremento de la capacidad ociosa.
Un auténtico desarrollo de las fuerzas productivas debe tener otro fundamento. En lugar del lucro capitalista, el salario y el empleo debe ser el punto de partida y el centro de gravedad sobre el cual debe organizarse y estructurarse un nuevo régimen económico y reorganización integral del país que apunte a un plan de industrialización a partir del cese al pago de la deuda externa, la nacionalización de la banca y el comercio exterior. Esta reconversión no significa el retorno al viejo sistema prebendario de la burguesía local, obsoleto y parasitario, que ha hecho pingües ganancias a expensas del pueblo argentino, sino abrir un nuevo rumbo económico y social que debe ser acaudillado por los trabajadores.
Esta perspectiva sólo puede abrirse paso valiéndonos de los métodos propios de la clase obrera: la deliberación obrera en asamblea, la movilización callejera y acción directa, los cortes y los piquetes, y la ocupación de las empresas en caso de que despidan y cierren.





