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28 de febrero de 2018

Contribución del Partido Obrero al debate de la Conferencia Internacional

Documento votado por el Comité Nacional del Partido Obrero hacia la conferencia internacional convocada por el DIP (Turquía), el EEK (Grecia), el PT (Uruguay) y el PO (Argentina), que se realizará del 2 al 3 de abril, en Buenos Aires.
Por Comité Nacional del Partido Obrero

El desplome reciente de las Bolsas internacionales ha sido un oportuno recordatorio de que la crisis capitalista mundial va mutando en formas económicas cada vez más parasitarias, en escala social y geográfica mayor, y en formas políticas más represivas y belicistas.

English version 

En una secuencia de varios días produjo pérdidas de valor, en las Bolsas principales, del orden de los u$s8 billones, y encarecido la insoportable deuda exterior de los llamados países emergentes. No dejó de lado ni a Moscú, ni a Shanghái – San Pablo, México, Estambul o Buenos Aires. El derrumbe estuvo precedido por una desvalorización persistente de la deuda pública de Estados Unidos, la depreciación del dólar y una suba de las tasas de interés. Las compras de títulos públicos y privados por los bancos centrales, en la década reciente, ha llevado la deuda pública de USA bien por encima de los u$s20 billones, acompañada de un déficit fiscal creciente, que asume niveles catastróficos cuando se computan los compromisos financieros del sistema de salud. La principal potencia capitalista enfrenta una crisis de deuda, que queda de manifiesto por la desvalorización del dólar – la moneda de cambio del 70% de las transacciones internacionales. El déficit de intercambio comercial de EEUU es de u$s600 mil millones al año. China ha sido vendedora neta de deuda norteamericana en el período previo al derrumbe de los mercados de valores de principios de febrero. El retiro del financiamiento del Estado por parte de la Reserva Federal (QE) y el de China abre un escenario de crisis monetaria internacional. El capital privado no puede llenar el vacío sino al precio de una suba considerable de la tasa de interés o de una repatriación considerable de capital norteamericano que se encuentra en el exterior. La perspectiva de una crisis monetaria internacional y de una “guerra de monedas” ha agudizado los choques entre las potencias capitalistas y también entre gran parte del ‘establishment’ norteamericano y la política de Trump.

Un déficit comercial aún mayor, en términos relativos como absolutos, tiene Gran Bretaña, que ha compensado por medio de los flujos financieros positivos de la City de Londres. El Brexit podría provocar un estallido de la City de Londres – el centro financiero internacional. Es lo que insinúa la quiebra de la contratista inglesa Carillion (40 mil empleados y miles de sub-contratistas) y riesgo que pende sobre su competidora, la contratista Capite. La crisis del sistema de inversión público-privado ha replanteado la tendencia a la nacionalización de los servicios y la obra pública. Según el Financial Times, un 37% de las compañías internacionales podría ir a la quiebra en caso de un aumento severo de la tasa de interés. Este potencial de bancarrota está reflejado en la tasa de interés de los bonos privados de mayor riesgo (“junk bonds”), que ha alcanzado el 7% anual – el mismo nivel de los estados ‘emergentes’.

Ocupa un lugar central en este cuadro la amenaza de una crisis financiera en China. El Estado se ha visto obligado a cesar, en parte, su política de rescates y establecer un régimen de quiebras comerciales. En la primera línea de la bancarrota se encuentra el llamado sistema bancario ‘en las sombras’, que financia gran parte de la especulación inmobiliaria. La deuda no bancaria de China alcanzaría a los u$s60 billones. Frente al peligro, el gobierno ha reestablecido el control del PCCh en las empresas privadas, incluidas las internacionales. 


Guerra comercial

El desplome reciente de las Bolsas ha sido detonado por la devaluación del dólar, o sea por la guerra comercial y financiera, que se ha acentuado con el gobierno de Trump. Fue gatillado por el secretario de Comercio yanqui, en Davos, al anunciar una política dólar sub-valuado. Esto implica también una desvalorización de capitales en Estados Unidos. Mario Draghi, el presidente del BCE, denunció de inmediato que la devaluación norteamericana representaba una amenaza la ‘recuperación’ de Europa. Trump, por otra parte, ha lanzado una onda de aumento de aranceles a la importación que, de alcanzar al acero y al aluminio, desataría una confrontación abierta con China. En este caso, la guerra comercial se trasladará a los productos que llevan acero o aluminio como materia prima. El proteccionismo norteamericano obligaría a China a elevar la escala de valor de su producción. El choque con China es una reacción del capital norteamericano contra el retroceso relativo de EEUU en la economía mundial.

Este pseudo proteccionismo oficia como arma de presión para la apertura de mercados del resto de los países a los bancos y compañías norteamericanas, en primer lugar por parte de China, y el cese de la exigencia de asociación con empresas chinas o el compromiso de compartir tecnología. Se trata de un misil contra el riñón de la estructura capitalista ‘sui generis’ de China. El Estado, en China, opera como unificador de los diversos capitales, públicos y privados, en ausencia de una burguesía independiente, históricamente constituida. Tanto EEUU como la UE han vetado inversiones de capitales de China en sus mercados, incluida la fusión de empresas. China usa su excedente financiero para adquirir tecnología extranjera por medio de esas fusiones. China ve bloqueada, de este modo, la diversificación de sus excedentes financieros internacionales, pero también priva de financiamiento (que ha estado proveyendo China) a los capitales internacionales. China es, mayormente, importadora de capital y exportadora de dinero (compra de deuda pública extranjera y acciones minoritarias en compañías internacionales). Todo esto afecta la continuidad del financiamiento de la deuda norteamericana por parte de China. La guerra económica desarrolla una tendencia a la disolución social y política de los estados más débiles, y a acentúa la tendencia a la reacción política, por un lado y revolución social, por el otro – que son pre-condiciones de guerras generalizadas.

Las reducciones enormes de impuestos a los beneficios, que ha votado el Congreso USA, por presión de Trump, tienen el propósito de repatriar capital-dinero norteamericano del resto del mundo y principalmente de Europa. Estamos ante una guerra fiscal y financiera. Constituye también otro golpe a la City de Londres. Afecta los intereses comerciales de Alemania y Francia y acentúa las tendencias centrífugas en la UE. 

En la última reunión de la oligarquía financiera internacional en Davos, el representante de China advirtió a Trump que si desregulaba el sistema bancario de USA, para darle manos libres a los bancos norteamericanos en la disputa mundial, lo único que conseguiría sería acelerar su quiebra. Quedó clara la conciencia que tienen los estados mayores del capitalismo de que la guerra comercial y financiera pone en peligro al conjunto del capitalismo mundial. 

La presión que se ejerce en varios países (Alemania, Francia, EEUU e incluso España) para aumentar los salarios, es presentada como una tentativa de recuperar el mercado interno, en el marco de la guerra comercial internacional. La caída del poder adquisitivo de los trabajadores ha agudizado una crisis de proporcionalidad entre acumulación de capital, por un lado, y consumo personal, por el otro. El crédito al consumo se ha vuelto a convertir en impagable y lo será todavía más como consecuencia de la tendencia ascendente de las tasas de interés. Esa presión a favor de aumentar el poder adquisitivo del consumo personal es justificada para ‘corregir’ la acumulación ‘excesiva’ de capital ficticio (“ahorro”), de una parte, y la acentuación de los desequilibrios comerciales internacionales, de la otra parte. Expresa también un intento de contener una presión creciente de la clase obrera. Algunos ‘neo-liberales’ se convierten en ‘populistas’. Los raleados aumentos de salarios vienen acompañados, en todos lados, sin embargo, de una mayor flexibilidad laboral y la destrucción de derechos y conquistas sociales. Los aumentos salariales recientes en Turquía, Alemania y EEUU procuran contener a una clase obrera cada vez más beligerante. Existe una tendencia de lucha salarial, que se ha manifestado en oportunidad de la negociación de diversos convenios de trabajo y en la campaña por el salario mínimo de 15 dólares. La tensión en los lugares de trabajo, en USA, se está acercando a un punto de explosión.

Balance histórico

Un cuarto de siglo después de la disolución de la URSS, la crisis capitalista mundial se desarrolla en una forma de metástasis. La restauración capitalista en la tercera parte del planeta, tanto en territorio como población, se ha convertido en un desarrollo de antagonismos internacionales explosivos. La expansión capitalista hacia las ex economías estatizadas ha agudizado la anarquía de la economía mundial y ha acentuado sus tendencias parasitarias. Las ex economías estatizadas, por otro lado, han incorporado a sus contradicciones autárquicas las contradicciones, más violentas aún, de la economía mundial. Este es el balance histórico concreto. 

Ni en Rusia ni en China se ha desarrollado una burguesía como clase, pues en ambos casos ella está mediada por el Estado, el cual conserva gran parte de su estructura burocrática ‘pre-capitalista’. Incluso en Rusia, más de la mitad de las empresas está controlada por el Estado. El PCCh dictó hace seis meses una directiva que restablece el control de las células del partido en las empresas privadas. En estos días, “los miembros del Partido Comunista del endeudado conglomerado aeronáutico y financiero, HNA, fueron informados que sus negocios debían alinearse con el partido del poder, en una reunión convocada para declarar su lealtad a Pekín” (Southern.org). Otro informe advierte de que “no alcanzan las celdas de las prisiones para encerrar a tantos capitalistas corruptos”. Putin, por su lado, acaba de dictar medidas para favorecer la repatriación de capital ruso. De ahí la tendencia de los capitalistas chinos y los oligarcas rusos a procurar un punto de apoyo internacional para obtener una mayor autonomía local frente al Estado, o sea, a una integración creciente con el capital internacional. Aumenta la presencia de esos capitales de China en el NYSE y en la City. Gran parte de la llamada “exportación de capital” de China, es, en realidad, fuga de dinero y una forma de vaciar firmas en quiebra. Xi Jinping y Putin, dos bonapartistas especiales, están obligados a conciliar la tendencia a la autonomía de sus proto-capitalistas con la necesidad de contener la desintegración de sus estados. 

La transición en China y Rusia se encuentra en flujo. Bajo Boris Yeltsin, Rusia corrió el peligro de desaparecer como nación. Cuando el régimen chino abrió parcialmente las Bolsas, en 2014, se desató una volatilidad financiera seguida por un derrumbe extraordinario. El Estado tuvo que intervenir la Bolsa y a dar un paso atrás en la ‘apertura’ financiera; lo mismo ocurrió en 2015, con el mercado de cambios, cuando fugaron de China un billón y medio de dólares. La salida de capital-dinero no debe ser confundida con exportación de capital. Para que estos dos estados conviertan la fuerte presión política y militar que ejercen en su entorno geográfico e histórico en una dominación imperialista, sería necesario un largo período histórico de acumulación de capital en el cuadro de la decadencia histórica del capitalismo y de crisis mundial. Implica atravesar un período de crisis y revoluciones. 

Esta transición plantea, hipotéticamente, una serie de alternativas. De una parte, que el Estado burocrático heredado de los regímenes sociales que las precedieron sea sustituido por una burocracia capitalista tradicional, bajo un control parlamentario – lo que la prensa imperialista llama la “democratización” de China. Esta ‘democratización’ es vista como una forma de integrar a China al mercado mundial en términos de dependencia. La otra alternativa sería que el capitalismo se desarrolle, en China y Rusia, a partir de su presente forma estatal, con la burguesía bajo el alero de la burocracia. En este caso, la dominación del espacio geográfico adyacente a sus fronteras, se podría convertir en una suerte de Imperio Otomano de la decadencia capitalista en el área de Asia Central, en choque violento con India, Rusia y Japón. Para el caso de Rusia sería el pasaje a un Imperio Zarista post moderno. Es claro, que ambas hipótesis, antes de llegar a término, deberían atravesar una o varias guerras internacionales y revoluciones políticas y sociales. La transición ‘pacífica’ al capitalismo, por parte de regímenes que han expropiado al capital por medio de revoluciones sociales, es inviable.
La restauración del capitalismo en China, bajo esta transición ‘sui generis’, ha producido, en especial en China, un desarrollo industrial y tecnológico espectacular, que ha puesto en valor comercial y capitalista los recursos humanos enormes del país. En la década de los 90, la Unión Europea planificó la construcción de una serie de “corredores” que la debían unir al Medio Oriente y al Asia Central, que China postula ahora, en un sentido inverso, con la llamada “ruta de la seda”. La iniciativa no ha encontrado el respaldo del capital internacional, como era la intención de la burocracia china. China debe hacerse cargo del emprendimiento cuando la economía enfrenta un enorme endeudamiento e incluso la necesidad de salir al rescate de empresas y bancos que quiebran. La "ruta de la seda” proyecta la estructura ‘sui géneris’ de China al exterior, por medio de infraestructuras que buscan replicar el desarrollo último del país. La “ruta de la seda” procura rodear al régimen chino de una protección social exterior. Constituye, asimismo, una tentativa para neutralizar las tendencias nacionalistas centrífugas que se dan especialmente en los confines del país. Esta proyección de China perfila un choque con diferentes estados de Asia Central y con el capital internacional. El costo económico y político de este proyecto podría implicar, eventualmente, una crisis de conjunto en la transición restauracionista.

La guerra imperialista

Cuando se produjo la disolución de la URSS y la reconquista capitalista de las naciones de Europa oriental, el internacionalismo liberal predijo el ingreso de la humanidad a una era de “paz universal”. Ocurrió lo contrario. Esto solo alcanza para demostrar el carácter contrarrevolucionario de conjunto de la restauración del capitalismo en China y la Unión Soviética.

El desarrollo de guerras internacionales en la etapa en curso no es solamente una manifestación de la disputa comercial y financiera, o por un reparto del mundo entre las potencias imperialistas establecidas. Para el capital internacional y sus estados, está en juego la hegemonía de la transición de Rusia y China al capitalismo. Asistimos a una de las transiciones históricas más contradictorias y violentas de la historia. 

La lucha por la hegemonía de esta transición no solamente tiene como protagonista a Wall Street, que opera como financista internacional y como refugio de todo el capital mundial – o al FMI, la central político financiera del capital monopolista y sus Estados. Se manifiesta, en otra dimensión, en las bases de la Otan en el Báltico, el desmembramiento de Yugoslavia y la conversión de sus naciones en estados vasallos; en la ocupación financiera y política de Ucrania, en la guerra por el control del Cáucaso, la ocupación militar de Afganistán, la presencia de la flota norteamericana en el mar de China y los planes para un ataque atómico a Corea del Norte (‘bloody nose strike’). 

El Pentágono acaba de definir a Rusia y China como los “enemigos estratégicos”, y ha aumentado enormemente el gasto armamentista y los programas nucleares. Parece contrariar las intenciones, muchas veces repetidas, de Trump, de proceder a una alianza con Putin, aunque en realidad la confirma, porque se trataba de separar a Rusia de China, y aumentar la presión norteamericana sobre la Unión Europea. Las guerras de EEUU en Medio Oriente son instrumentos de la lucha por la hegemonía de la transición capitalista en Rusia y China. La ofensiva de Trump contra México y Canadá tiene como centro reducir la provisión de componentes de los productos finales del mercado de Norte América por parte de China (y también de Japón). Es un intento restringir el área mundial de operaciones económicas de China y acentuar, en consecuencia, su dependencia del capital internacional. 

La pelea por la transición capitalista en los ex países ‘socialistas’ involucra a los imperialismos rivales de distinto cuño. El presidente del pulpo petrolero francés, Total, acaba de relatar a Le Monde cómo debió eludir el uso del dólar para poder sortear las sanciones económicas de EEUU contra una inversión gigantesca de Total en el Ártico ruso. Société Générale, en cambio, el principal banco francés, tuvo que pagar, hace un par de años, una multa de ocho mil millones de dólares por no haber tomado esa precaución en un negocio con Irán. Ahora mismo, Total exige a Macron, el presidente de Francia, garantías políticas para sus inversiones en Irán.

China y Rusia no se encuentran, sin embargo, en el lado ‘progresista’ de la barricada. Representan la contrarrevolución directa contra las conquistas de sus dos revoluciones; son guardianes de la más feroz explotación capitalista que se registra en el plano mundial (‘Taller del Mundo’); son un eslabón de la cadena de la dominación mundial del capital. El nacionalismo de China y de Rusia, restauracionistas, es reaccionario, no representa un desarrollo histórico independiente de las fuerzas productivas. El deber de cualquier socialista es denunciar las guerras del imperialismo norteamericano y europeo, que tienen por objetivo último, la hegemonía de la transición, denunciar los planes de guerra de la Otan, repudiar cualquier neutralidad pacifista en una guerra de estas características, y emplear todos los medios de lucha contra esta guerra, no en defensa de la restauración capitalista de los Putin o Xi Jinping, sino de la revolución socialista y la dictadura del proletariado. En el caso hipotético de una unión de todos los estados imperialistas en una guerra contra China y/o Rusia, esta asumiría para estos países en transición una guerra de independencia nacional. 

Con esta concepción defendemos la lucha de las regiones del este de Ucrania contra el gobierno de la mafia y el nazismo ucraniano, con los métodos de la lucha de clases, por la expropiación y el control obrero en las regiones en lucha. La burocracia rusa se vale de la crisis en Ucrania como pieza de una negociación internacional con el imperialismo y el reconocimiento de la anexión de Crimea. En este cuadro reivindicamos la consigna histórica de una Ucrania independiente y socialista.
 

Corea, Medio Oriente (……)

A fines de enero último, Trump removió a quien debía ser el próximo embajador norteamericano en Corea del Sur, cuando éste advirtió contra los peligros de un ataque ‘quirúrgico’ nuclear de EEUU contra Corea del Norte. Reafirmó, de este modo, la intención varias veces expresadas desde el Pentágono. Trump ha rechazado el planteo de Kim Jong-un, que ofrece frenar la expansión nuclear de Corea del Norte al retiro militar de USA de la península y de Japón, y al establecimiento, en última instancia, de una Confederación coreana y el impulso de la privatización económica. El planteo norcoreano recoge gran parte del de China, y hasta de Surcorea. Rusia, por su lado, acompaña el abastecimiento clandestino de petróleo a Kim Jong-un, como represalia por las sanciones norteamericanas por la ocupación de Crimea por parte de Putin. China y Rusia, sin embargo, han votado las sanciones que ha reclamado EEUU en el Consejo de Seguridad de la ONU. 
La probabilidad de un ataque nuclear norteamericano se pone de manifiesto de un modo sorprendente por los reiterados despachos de prensa que señalan que China estaría discutiendo la posibilidad de acompañar a Trump en una aventura militar semejante. La discusión de una alianza de China y EEUU contra Corea del Norte es pública e involucra a personajes del gobierno de China. Pone de manifiesto una corriente ‘compradora’ en la burocracia y el capital privado de China. Esta hipótesis extrema enfrenta contradicciones insalvables, pues convertiría a China en un satélite económico y hasta militar de Estados Unidos, lo cual supone una modificación radical del actual escenario histórico internacional. La burguesía norteamericana se encuentra igualmente dividida – un ala poderosa impulsa un acurdo del tipo alcanzado por Irán, que congele los planes nucleares de Kim Jong-un. En esta línea, Corea del Sur ha reiniciado una aproximación diplomática con el Norte, que en el pasado había llevado a la instalación de compañías surcoreanas. Sería la vía del ‘socialismo de mercado’.

Los trabajadores, a nivel mundial, son mantenidos en la ignorancia acerca del peligro de un ataque imperialista en la península de Corea. Los internacionalistas obreros y los luchadores socialistas tenemos el deber de romper este cerco mediático-político, y denunciar la guerra que el imperialismo tiene en alto grado de preparación. Planteamos la defensa del pueblo coreano en su conjunto y la autodeterminación nacional (unidad) y una Corea obrera, es decir gobernada por consejos obreros, y socialistas.

El bombardeo contra el cantón kurdo de Afrin y la invasión territorial subsiguiente, por parte de Erdogan, han abierto una nueva fase en la guerra en Siria. Se ha producido con la complicidad de Putin y de Trump, en violación a todas las seguridades ofrecidas por estos a los combatientes kurdos. Turquía aspira a crear un corredor armado bajo su control en toda la frontera con Siria y extenderlo al norte de Irak. Esta ambición pone a Erdogan en ruta de colisión con EEUU y con Rusia. Los acuerdos para ‘desescalar’ la guerra en los territorios en disputa han sido rotos, reabriendo los bombardeos y ataques, tanto del lado de Bashar al Assad y Rusia, como del llamado Ejército Libre, que incluye fuerzas ‘islámicas’, apoyado por Turquía. EEUU ha ratificado su apoyo a las milicias kurdas para formar una fuerza militar en la frontera norte. El objetivo norteamericano continúa siendo derrocar al gobierno sirio y a quebrar el frente político militar de Irán-Hezbollah-Siria. Israel, entretanto, apaña a milicias bajo su control en la frontera del Golán, con la finalidad última de disputar el control político del Líbano. La guerra en Siria amenaza convertirse en una guerra desde Asia Central al Mediterráneo. Trump condiciona la permanencia en el acuerdo nuclear con Irán a su retiro del Cercano Oriente.

En este marco, Trump anunció el reconocimiento de Jerusalén como capital única del sionismo. Es la oficialización de la ‘solución final’ para Palestina. Lejos de las ilusiones pacifistas, la guerra internacional por el control del Medio Oriente es más intensa que nunca. La cuestión de la guerra se ha convertido en apremiante para todos los trabajadores. Es necesario advertir al proletariado internacional de la intensidad de la tendencia a una extensión de las guerras en curso en el Medio Oriente, para involucrarlo en forma militante contra el imperialismo. 

Mientras muchos advierten de la posibilidad de un choque militar entre Turquía y EEUU por la cuestión kurda, otros, por el contrario, señalan la posibilidad de un retorno a la alianza entre ambos miembros de la Otan. Los movimientos nacionales que confían sus aspiraciones a los acuerdos con las potencias en disputa, ya han sufrido varios reveses – no menor ha sido el fracaso del referendo reciente a favor de la independencia del Kurdistán en Irak. Lo mismo ha ocurrido en forma repetida con la causa palestina. La guerra en Siria asume cada vez más un carácter internacional directo. Se han iniciado los enfrentamientos entre el estado sionista y las tropas de Irán y las milicias de Hezbollah. Putin había pactado con Netanyahu, en 2015, la apertura del espacio aéreo a la aviación israelí. 

También se extiende el escenario geográfico de la guerra: en el Yemen es cada vez más cruenta y sin vistas de salida. Se agudizan incluso las contradicciones entre las monarquías petroleras: Qatar-Arabia Saudita, debido al pacto de Qatar-Irán para la explotación del mayor yacimiento de gas conocido; Arabia Saudita-UAE en el norte de África y el golfo de Aqaba; en definitiva, la crisis desatada con la UE, Rusia y China por la intención de Trump de desconocer el acuerdo nuclear con Irán. El trascendido de que la venta de un 5% de las acciones de la mayor empresa del mundo, la petrolera saudita Aramco, no tendría lugar en Londres ni en Nueva York, sino en forma directa a China, añade un poderoso foco de conflicto en la región. Arabia Saudita atraviesa por una enorme crisis social y una abierta crisis de régimen.

Estas guerras sin final a la vista provocan fracturas y crisis en todas las metrópolis imperialistas y en las mayores potencias en general. Afganistán se ha convertido, definitivamente, en una tumba para Estados Unidos, luego de dieciséis años de ocupación militar. Trump acaba de denunciar a su principal aliado regional, Pakistán, de colaborar con los talibanes. El Pentágono ha prohibido informar acerca de la extensión del territorio que dominan los talibanes. Afganistán es el eslabón que une al Medio Oriente, por un lado, con la India y Asia Central, por el otro. La crisis capitalista mundial no puede ser disociada de esta crisis político-militar enorme. Es lo que ocurre también con Ucrania, que une a Europa y al sur de Asia: la crisis sin salida en Ucrania destaca el impasse estratégico de la Unión Europea. 

La extensión geográfica de la tendencia a las ‘soluciones’ militares y a la guerra ha ganado un nuevo espacio, ahora en América Latina: la exigencia de Macri, Temer y Santos, alentada por Trump, para que EEUU declare un embargo al comercio exterior de Venezuela, conlleva la posibilidad de una intervención militar. 

Rebeliones populares y dirección política

Está muy difundida la caracterización de que la crisis mundial ha sido correspondida con una pasividad de las masas. La crisis, de este modo, tendría solamente un carácter ‘orgánico’. La crisis mundial es, sin embargo, un fenómeno convulsivo, que altera, muchas veces en forma súbita y violenta, la relación entre las clases. Obliga a los luchadores a ofrecer planteos concretos a cada giro de la situación. En la medida en que la lucha cotidiana de clases afecta la posición de gobiernos comprometidos en la crisis internacional, ella supera los marcos nacionales. Es necesario infundir en los luchadores una conciencia aguda de la política internacional y desarrollar programa y tácticas en consecuencia. 

En el viraje del siglo, sin embargo, hemos tenido dos enormes insurrecciones de masas en Ecuador; la gigantesca insurrección de octubre de 2003, en Bolivia; el argentinazo; la irrupción de un movimiento de masas bajo la batuta del chavismo; el giro político de masas en Grecia, a partir de 2012, y las crisis políticas subsiguientes; las grandes movilizaciones en Turquía y el desenvolvimiento del régimen de Erdogan hacia el bonapartismo y el estado de emergencia; las movilizaciones de ‘indignados’ contra los desalojos en España, y la quiebra del bipartidismo; huelgas parciales masivas en China; grandes huelgas en Corea del Sur; movilizaciones de diversa intensidad en Francia; el surgimiento de un fuerte movimiento de masas de la mujer y las acciones que emprendió contra la victoria de Trump; por último, pero lo más importante, las revoluciones árabes, en 2011. El contraste con la década dominada por “el fin de la historia” es contundente. La agenda política e internacional de las masas ha cambiado en forma sustancial, y esto se manifiesta en la evolución de la lucha política de las fuerzas en presencia.

Las revueltas populares de finales del año pasado en Túnez, Sudán, Irán, Marruecos han demostrado el carácter provisional de las derrotas de las revoluciones árabes, así como de los regímenes políticos que se montaron sobre esas derrotas. Para caracterizar cambios de tendencia en la etapa política (hacia la derecha, hacia la izquierda) es necesaria la caracterización de conjunto – no son suficientes algunos episodios. La situación mundial se caracteriza por una tendencia al desequilibrio, en primer lugar debido a la crisis mundial. En América Latina se observa con nitidez que el derrumbe populista y las victorias electorales de la derecha no han dado lugar a nuevos equilibrios de fuerza, sino a una acentuación de los desequilibrios precedentes, que se manifiestan en repetidos episodios de crisis política, rupturas y rearme de alianzas, y en importantes acciones populares. La presión por nuevas devaluaciones monetarias ha agudizado la necesidad de la lucha en Argentina y Brasil, donde se dan grandes peleas contra las reformas previsional y laboral, y el derecho a la libre negociación obrero-patronal.

Las revueltas recientes en Medio Oriente y norte de África, se inscriben en esta caracterización. Retoman incluso un hilo con revoluciones precedentes. En Irán hubo una participación obrera importante, incluidas ocupaciones de fábrica, y últimamente con la intervención de la mujer. La lucha “contra el ajuste” se ha convertido parcialmente en política con los ataques al régimen teocrático. Son cada vez más frecuentes las informaciones acerca de que el descontento popular en Egipto se convierta en una rebelión popular. Estas rebeliones ocurren en un entorno geográfico dominado por guerras. En lugar de la caracterización que opone en forma artificial una crisis mundial a una suerte de indiferencia popular, llamamos a elaborar políticamente el material que ofrece la resistencia y la lucha de las masas, mediante una estrategia política y un programa transicional.

La tendencia a la rebelión popular se manifiesta también en el enorme desarrollo que ha adquirido el movimiento de la mujer y en la radicalización de sus movilizaciones. Las mujeres participan en estas luchas vuelven a sus lugares de trabajo con una conciencia de lucha que se imprime entre sus compañeras y compañeros trabajadores. Es precisamente esto lo que ha convertido al movimiento feminista en un furioso terreno de lucha entre las corrientes de colaboración de clases, de un lado, y las de lucha de clases y desarrollo socialista del movimiento, por el otro. Esa tendencia se manifiesta en los movimientos nacionales, como la rebelión catalana, con independencia del callejón sin salida que representa el nacionalismo burgués y pequeño burgués de Cataluña. Destacamos el impulso que da a la lucha republicana en el Estado español. También hay que destacar, en el conflicto reciente protagonizado por el sindicato metalúrgico de Alemania, el planteo de ir a una huelga general indefinida.

La lucha de clases que se desarrolla en cada país es el método fundamental de la clase obrera para enfrentar las guerras imperialistas. Esta lucha de clases, combinada con una tendencia a la crisis de los regímenes políticos, debilita la capacidad del imperialismo para librar sus guerras internacionales. Al alineamiento geopolítico del movimiento popular con uno de los bandos o burguesías en conflicto o en guerra, destacamos el método de la lucha de clases y, con este contenido, reivindicamos la consigna de que “el enemigo está en nuestro propio país”. Para separar al proletariado de la geopolítica y desarrollar su victoria es necesaria una decisiva orientación internacionalista. Sin ella, la clase obrera se ve maniatada por la demagogia de las fracciones burguesas en pugna – entre, por ejemplo, ‘neoliberales’ vs. ‘populistas’. Es la trampa mortal que amenaza a los obreros en América Latina, pero más aún en el Medio Oriente, donde el bloque de Putin-Bashar al Assad-Khamenei es presentado, en forma mentirosa, como alternativa al imperialismo y sus guerras. La consigna de la ‘democracia’, por otro lado, ha sido invocada por gran parte de la izquierda para apoyar las llamadas ‘revoluciones coloridas’ que ha impulsado el capital financiero internacional y los estados imperialistas para colonizar los estados quebrados de Europa del este. Es necesario desarrollar una activa conciencia internacionalista en la lucha de clases que se desarrolla en cada país.

Existe una crisis de dirección descomunal de los explotados, que se manifiesta, ante todo, en las estrategias y programas en circulación. Esas estrategias y programas no están estructuradas en base a la decadencia histórica del capitalismo y la tendencia a guerras y revoluciones que está inscripta en la crisis mundial. Esto quedó al desnudo, para dar solo un ejemplo, en las elevadas ilusiones depositadas en Syriza, y mucho antes en el PT de Brasil. Este tipo de direcciones surgen de las crisis de poder en cada país y del agotamiento de los más variados movimientos reformistas del pasado y del stalinismo, pero de ningún vienen para recuperar el rol histórico del reformismo obrero. Hacen alarde incluso de un rechazo a la ‘socialdemocratización’, anticipando así una aguda conciencia de que la colaboración de clases a la vieja usanza está superada. Apenas adquieren un protagonismo político aparece su condición de direcciones de colaboración de clase, que imponen la subordinación de las masas a las exigencias del capital. Lula debutó como gobierno mediante una ‘reforma’ previsional del sector público, en la línea de que Temer se propone profundizar. Concedió ‘una bolsa familia’ con parte del dinero de los altos precios de la exportación, pero avanzó como nunca en la precarización laboral, precisamente lo que el reformismo obrero combatió en su período de ascenso. Syriza y Podemos no son movimientos ‘neo-reformistas’; no tienen un carácter obrero – y por eso no tienen un carácter de colaboración de clases, pues representan a un sector de la pequeña burguesía acomodada. 

La experiencia en América Latina ha vuelto a mostrar los límites infranqueables del nacionalismo de contenido burgués en la época de la declinación capitalista. Los gobiernos derechistas que han emergido en América Latina gobiernan con el apoyo de gran parte de la oposición nacionalista o centroizquierdista, y de gran parte de la burocracia sindical.
La crisis migratoria en Europa concentra todos los aspectos de la crisis mundial. Es el resultado de la desintegración social de las naciones más débiles de Asia, América Latina y África debida a esta crisis; es el resultado de la destrucción humanitaria de las guerras del imperialismo yanqui y europeo en Asia y África; es el resultado de la miseria social de la juventud de los barrios de Europa, y de la feroz discriminación que sufren. Esta gigantesca crisis humanitaria no tiene otra respuesta, por parte del capitalismo, que los campos de concentración. El movimiento obrero de EEUU y Europa se encuentra paralizado frente a esta crisis, porque ninguna dirección plantea la unidad de la lucha contra la guerra imperialista y el libre acogimiento de los refugiados; y la unidad de la lucha contra la guerra de clase del capital con la de las masas desempleadas y empobrecidas.

Unidad de acción internacional

La conferencia internacional que tendrá lugar a principios de abril en Buenos Aires se inscribe en una trayectoria de lucha por la unidad de acción de los trabajadores en todo el mundo. Se propone, asimismo, continuar un debate de estrategia y programa, cuyo fin último es la reconstrucción de una Internacional obrera y socialista. Votaremos, sobre la base de la discusión, iniciativas concretas de lucha y de acercamiento con organizaciones combativas, con vistas a la acción común. 
La meta que proponemos los partidos internacionalistas que convocamos a la Conferencia es el desarrollo de partidos obreros revolucionarios, convencidos por una larga experiencia histórica que el movimientismo es un callejón sin salida. La construcción de partidos obreros revolucionarios no puede producirse mediante la aglomeración sin principios (pseudo-pluralista) sino mediante la clarificación política y la unidad en la acción. El movimientismo y los partidos pseudo-plurales son, en esta época de descomposición del capital, guerras, crisis humanitarias, crisis y giros políticos sistemáticos, un factor de desmoralización. La formación de “partidos amplios” es una contradicción en términos, porque un partido se define por su delimitación política. La línea de convertir a los “partidos amplios” en revolucionarios homogéneos, es una labor de Sísifo, pues unos son antagónicos a los otros. En lugar del método de la maniobra permanente, proponemos la unidad de acción sobre la base de una plataforma de reivindicaciones fundamentales.

El desarrollo del Frente de Izquierda en Argentina ha llamado la atención de diversas corrientes de izquierda en otros países, en especial allí donde crece su atomización. Es necesario precisar, entonces, que se construyó en base a una diferenciación política, en este caso del nacionalismo burgués o ‘populismo’. Este fue el eje político que diferenció a un sector de la vanguardia obrera del peronismo y reabrió las perspectivas de una clase obrera independiente. Contrasta con la experiencia del Psol de Brasil, donde la izquierda revolucionaria se cobija bajo el paraguas de una dirección pequeño burguesa capitalista. El FIT, sin embargo, no se ha desenvuelto como un frente de acción en la lucha de clases; se ha estancado como coalición en ocasiones electorales. Se encuentra bajo la presión contradictoria de los luchadores obreros clasistas, que reclaman un FIT unido políticamente en la lucha, por un lado, y de la adaptación electoral que se auto-justifica con la necesidad de cooptar al ala izquierda del kirchnerismo. La izquierda revolucionaria debe luchar para ganar al proletariado a una acción histórica independiente


Por un plan de acción

La Conferencia internacional será, sin dudas, un foro de debates y de conocimiento y clarificación recíprocos. Marcará, en este sentido, nuevos avances en el camino de desarrollar partidos obreros y revolucionarios. Pero debe cumplir, por sobre todo, con el deber de unir a las fuerzas que participan de ella en un plan de acción. La experiencia común en la lucha es una condición y un motor de la unidad política. El éxito de la Conferencia quedará señalado por los avancemos que logremos en este propósito.

¡Acabemos con las guerras imperialistas y reaccionarias mediante la unidad en la lucha del proletariado y las masas de todo el mundo!

¡Contra la miseria social creciente del capital y sus asesinatos cotidianos, llamamos a luchar por el derrocamiento de la burguesía y el poder de los trabajadores, para poner en pie una sociedad socialista internacional!
 

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