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21 de febrero de 2018

Un balance de la huelga metalúrgica en Alemania

Por Jose Barraza (h)

A fines de diciembre pasado y comienzos de este año, Alemania se vio sacudida por una gigantesca huelga en el sector metalúrgico y automotriz que abarcó a todos los centros industriales del país. Según los principales analistas, tuvo un alcance similar (o superior) a la de 1984, bajo el período de la Alemania dividida. 

Pliego reivindicativo

En los últimos tres años, los trabajadores metalúrgicos han sufrido un retroceso en el salario real de alrededor del 5.9%; la prolongación de la jornada laboral; y el incremento de enfermedades y estrés laborales, producto del brutal régimen de producción basado en la rotación del horario de trabajo. Particularmente en la industria automotriz, actualmente se está implementando un esquema de producción de vehículos ecológicos que implica un incremento de la intensidad de producción que ha llevado a prolongar la jornada laboral de 35 horas (como está establecido en el presente convenio colectivo) a 43 horas. 

La huelga giró principalmente en torno a dos ejes. El primero fue la exigencia por parte del sindicato de rama (IG Metal) de un incremento salarial por 6.8% anual frente a un 2.2% que ofrecía la “Suedwestmetall” (que nuclea a todas las cámaras empresariales del sector), además de exigir la eliminación de nuevas cláusulas de flexibilización laboral en el convenio colectivo de trabajo. El segundo fue la reducción de la jornada laboral a 28 horas semanales frente a las 35 horas de acuerdo al convenio colectivo de trabajo.

El desarrollo de la huelga

Ante el rechazo de la cámara empresarial a la propuesta del sindicato, la medida de fuerza comenzó con un cese de actividades por 24 horas. Pero la masividad del acatamiento y de la movilización callejera en favor del pliego reivindicativo obligó a la dirección del sindicato a extender la medida de fuerza día a día, convirtiéndola en una huelga de alcance nacional. 

La huelga comenzó a despertar una importante simpatía y solidaridad entre los trabajadores. Una encuesta de una consultora arrojó que alrededor del 65% de la población apoyaba la medida de reducir la jornada laboral a 28 horas. Alrededor de medio millón de operarios metalúrgicos se movilizaron por las calles de Stuttgart, Baviera, Bajo Sajonia, entre otros, y realizaron piquetes en las puertas de las fábricas para garantizar el éxito de la medida de fuerza. Además de la rama metalúrgica (unas 280 empresas), se sumaron a la huelga los operarios de la industria ferroviaria, del armamento, y operarios de grandes centros fabriles como Siemens, Robert Bosch, Volkswagen y Mercedes Benz. 

Pero el elemento dinámico de la huelga fue la juventud. Existe una franja compuesta por trabajadores de 25 a 30 años “que desafían a los gerentes de recursos humanos con demandas de mejores condiciones laborales y no están de acuerdo con la estructura ‘obsoleta’ y vertical de los jefes sindicales”. (Tageschau.es, 27/1). La extensión de la huelga equivalió a una pérdida aproximada de 1.000 millones de dólares para las principales compañías metalúrgicas y automotrices y el atraso en sus pedidos. 

Crisis política

La huelga metalúrgica se coló dentro de la crisis del gobierno de Merkel. La imagen del gobierno de coalición retrocedió varios puntos, en medio de rumores sobre una posible ruptura de un sector de los conservadores que iría con el partido de la extrema derecha (Alternativa Alemania). 

La extensión de la huelga hizo retroceder todo intento de judicialización de la protesta. Este era uno de los principales reclamos de la Federación de la industria metalúrgica –la “Gesamtmetall”–, la cual dijo que no se podía negociar “mientras se estaba aturdido” por las protestas (Focus.es, 31/1). Los empresarios metalúrgicos llegaron a intimar a la canciller Merkel para que repitiese la intervención de la justicia, como ocurrió en la huelga de Mercedes Benz de 2014, que culminó con alrededor de 750 operarios procesados. Dicho procesamiento contó con el aval de la burocracia de IG Metal, ya que los trabajadores fueron a la huelga “sin la convocatoria de un sindicato reconocido”.

La huelga del metal no sólo unificó al conjunto de los trabajadores metalúrgicos sino que amenazó con extenderse hacia otros sectores como el textil, bebidas y de la construcción y convertirse en una huelga general nacional, lo que hubiera significado un duro revés para el gobierno de Merkel. Sin embargo, nunca estuvo en la agenda de la dirección de IG Metal imponer una derrota a la cámara empresarial y al gobierno de Merkel en defensa de las condiciones de trabajo y del convenio colectivo de trabajo, sino la búsqueda de un compromiso “racional y de equilibrio”. 

¿Qué estipula el nuevo acuerdo?

El nuevo acuerdo firmado entre la cámara empresarial y el sindicato del metal fija un incremento del 4.3% y una suma de 400 euros para los trabajadores más calificados, a percibirse en un período de dos años. Los trabajadores de categoría inicial percibirán la mitad. Es decir, el acuerdo establece un aumento “raleado”, que se encuentra muy lejos de compensar el retroceso del salario real. 

En cuanto a la jornada laboral, el acuerdo establece una reducción a 28 horas sólo para aquellos operarios que tengan a su cuidado hijos, mayores de edad y enfermos que afecten su ingreso mensual, por un plazo de dos años y con carácter opcional. La reducción de la jornada laboral, además, tiene un cupo correspondiente al 10% de la plantilla laboral de cada establecimiento fabril. De superarse dicho número, la patronal tiene la última decisión de permitir que se incremente la cantidad de operarios bajo la modalidad de las 28 horas semanales. Cabe agregar, además, que la reducción de la jornada a 28 horas es seguida por la reducción del salario, la cual fue justificada por el secretario de IG Metall del distrito de Berlín, Olivier Höbel, como “un resultado excelente” y “con horas de trabajo adecuadas para la vida y una mayor participación en la empresa (IG Metall Leipzig, 16/2). La burocracia soslaya que, además, el nuevo acuerdo permite a las patronales “ofrecer” el incremento de la jornada laboral de 35 a 40 horas semanales al conjunto de los trabajadores. 

Sin embargo, un sector de las cámaras empresariales –como el sector de ingeniería y electricidad– que llama a no acatar el nuevo convenio y a “buscar acuerdos laborales por fuera de IG Metal” (The Telegraph, 5/2). 

Conclusiones

Según el director de la Gesamtmetall, Rainer Dugler, “valió la pena el esfuerzo. Hemos sentado las bases para un sistema flexible de tiempo de trabajo” (BBC, 5/2). En la misma sintonía intervino el secretario general del IG Metal, Jörg Hofmann: “El acuerdo es un hito en el camino hacia un mundo de trabajo moderno y autodeterminado” (Handelsblatt, 6/2). Pero ocurre que, lejos de establecer una conquista para el conjunto de los trabajadores de la rama, el acuerdo promueve un nuevo marco de flexibilización laboral que la patronal pretenderá trasladar al resto del movimiento obrero alemán. 

No obstante, la huelga del metal en Alemania debe inscribirse en el marco de una tendencia a nivel internacional de la clase obrera a luchar contra la precarización laboral y por el aumento de los salarios para enfrentar la creciente carestía y endeudamiento de las familias trabajadoras. 

La vanguardia obrera debe prestar suma atención a lo ocurrido en Alemania y al rol de la burocracia metalúrgica de la IG Metal. Sus conclusiones son fundamentales a la hora de elaborar una estrategia revolucionaria para derrotar el plan de guerra del capital sobre el mundo del trabajo. 

 

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