Sociedad
16/7/2026
Fútbol de barrio y antiimperialismo de facto
Una reflexión, todavía en caliente, sobre lo que significó el partido de ayer entre Argentina e Inglaterra.

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Lionel Scaloni homenajeó a la patria casetera con seis palabras juntas que recorrieron el mundo. “Es solo un partido de fútbol”, dijo, y un poquito nos mintió, aunque quizás él lo crea. Para quien confíe que el deporte, la política y la cultura son esferas de bordes nítidos, le basta ver el arranque del encuentro para convencerse de lo contrario: la entrada de los equipos, el canto de las canciones referenciadas con cada nación. El de Inglaterra dice, creo, “God save the queen”. Digo “creo” por qué no lo escuché: me quedé contemplado esa poesía armónica que grita “el que no salta es un inglés”. No es sólo fútbol.
Quizás suene repetitivo, pero hay algo de este equipo que lo habilita. Es un grupo de jugadores que no tiene problemas en imitar lo imposible. Argentina ganó con una mezcla de coraje y habilidad, de corazón y gambeta, de desenfreno y de pausa, de amor, locura y destreza. Hay un condimento más: la capacidad de saltar por encima de la adversidad, luego de un aislado gol en contra. Combo perfecto.
“Sos hijo del caño y la rabona. Amo el potrero, ese jardín sin riego donde fuiste posible”. Con esas palabras el escritor Juan Sasturain despidió a Diego Armando Maradona y dio una descripción, simple y precisa, del fútbol argentino. Picardía y belleza. Alguna vez Pablo Aimar, pieza clave del actual cuerpo técnico, dijo: “Nosotros somos un país extremadamente futbolero. Está claro que tenemos eso que se llama ‘la nuestra’, que es una mezcla. No somos Brasil, extremadamente vistoso; no somos Uruguay, que tiene otras características, más combativas. Estamos en una mezcla. Tenemos una ‘nuestra’, que en este momento, sobre todo a nivel de selección, se ve. Cada país y cada cultura tienen su impronta propia” (Cenital, marzo 2025).
Talento de barrio. Cuántas veces habrá hecho Enzo Fernández, en esa cancha de la calle Almeyra en Villa Libertad (San Martín), perteneciente al club La Recova, lo que hizo ayer: mostrarse para limpiar la jugada, acomodarla con pisada, rematar cruzado con fuerza pero sobre todo con calidad. Pequeño detalle: lo hizo a los 86 minutos de una semifinal de mundial contra Inglaterra. La nuestra.

Valdría lo mismo para la sangre fría y la prestancia de Cuti Romero, para la personalidad de Lisandro Martínez, para el corazón de Leandro Paredes, para el fútbol total de Lionel Andrés Messi, para el salto de millones de Lautaro Martínez, para la planificación de Scaloni y Aimar. Fútbol de los de abajo, para llegar allá arriba. Realismo maradoniano, o sea, mágico.
“No podíamos fallarle al pueblo argentino”. La respuesta del “Licha” no fue por una pregunta sobre el partido, sino por la bandera. “Las Malvinas son argentinas” dice el mejor plantel argentino de la historia del fútbol y la imagen significa. Pesa. Hace doler. No es sólo fútbol.
La reivindicación no es menor por el contexto. A cuarenta años de “El” Partido, como lo calificó el escritor Andrés Burgo y lo tomaron los cineastas Juan Cabral y Santiago Franco este año, la hinchada argentina levanta a “los pibes de Malvinas” en cada canción, en cada bandera. Vendrá la sanción de la FIFA, negadora de mensajes políticos cuando conviene, porque el domingo, en el estadio Metlife, Donald Trump dará la Copa del Mundo al ganador y vaya si eso no es un mensaje en sí mismo. Derrota de los inmorales gobernantes que, como Monteoliva y Milei, aceptaron que el operativo de seguridad no involucre banderas de nuestras islas. El pueblo en la calle: a Jorge Macri no le gusta esto. No lo lamentamos.
Los protagonistas del fútbol, sus jugadores y cuerpos técnicos, pueden decir lo que consideren, claro está, pero el fútbol no les pertenece solo a ellos. Los hinchas y los pueblos codifican como quieren o pueden, en gestas muchas veces difíciles de analizar.
Tomando esta consideración, lo de Argentina contra Inglaterra es una suerte de antiimperialismo de hecho. ¿A qué nos referimos? Un partido de fútbol puede ser un vehículo para que una nación oprimida venza a un país colonial dentro de un campo de juego y que eso moralice y construya sonrisas en sectores explotados que están por fuera de la cancha. La montaña rusa de emociones de estos días no se entiende sin eso, que es mucho más que una foto de Trump con Messi (que no habría que normalizar) o una frase de De Paul o Scaloni para no politizar el fútbol. Nuestro fútbol es portador de ese orgullo, por haber siempre logrado igualar con potreros lo que otros equipos grandes hicieron con plata y recursos.
No hay forma de entender la cantidad de banderas e insignias argentinas y maradonianas de estos días en las calles criollas y del mundo. A saber, Irlanda, Escocia, Líbano, Franja de Gaza, Bangladesh, India, Gales, por citar solo algunas que vi. Es antiimperialismo en el terreno, quizás sin que haya querido ser ejecutado por sus protagonistas. Como dirían los pibes de hoy: un facto.
Del bombardeo irrestricto de imágenes en las comunidades digitales, entrecruzadas, una me llamó particularmente la atención. La subió a la red social Twitter el usuario (@gabrielediego). Ilustra lo siguiente. Un grupo de argentinos veían el partido en un departamento. Al encuentro le quedaban los últimos 10 minutos cuando descubren, a través de una ventana, que una persona se encontraba sentada con la bandera argentina al lado de la llama eterna de los caídos en la guerra de 1982. Lo que pasó luego es de público conocimiento. Ushuaia queda 9.960km de Atlanta (Estados Unidos), donde se jugaba el partido; y a 13.380km de Londres, capital del rival. Solamente está a 671 kilómetros de las Islas Malvinas.
Últimos 10 minutos del partido. Inglaterra se sentía finalista. En Ushuaia veían el partido y notan que en el monumento a los caídos en la guerra un argentino sostiene la bandera junto a la llama eterna. Un minuto después gol de Enzo. Emocionante pic.twitter.com/yQuywxLhMZ
— Diego G (@gabrielediego) July 16, 2026




