Naza, la maquinaria genocida y las polémicas
Comencemos con un contraste. Pese al revuelo que viene causando desde su estreno en el Festival Internacional de Cine de Venecia, la película Naza fue rechazada por las principales cadenas de salas cinematográficas que operan en Argentina, en otro operativo de censura sionista que no por indirecto y silencioso es menos repudiable. Y sin embargo, su exhibición en el Cine Arte Cacodelphia del microcentro porteño viene llenando butacas y sumando en consecuencia funciones y horarios.
Una muestra más de que no existe tal cosa como un “consenso sionista” en estas Pampas -uno de los efectos propagandísticos que ha buscado generar Javier Milei con sus constantes manifestaciones pro genocidas. Lo que existe, sí, es un compromiso histórico con Israel por parte de todos los partidos que han gobernado el país, el Poder Judicial y las principales corporaciones del cine y los medios; pero no una aprobación generalizada al Estado genocida entre la población argentina.
La disputa está abierta, y antes que lamentarse porque la causa palestina en nuestro país no ha alcanzado las dimensiones multitudinarias que presenta en otras latitudes, lo que es preciso es recoger el guante.
Es un buen punto de partida para preguntarnos por el carácter de Naza, el documental realizado por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor con testimonios de veinticuatro partícipes del genocidio en Gaza. ¿Sirve para ampliar la lucha contra la masacre y por una Palestina libre? Es difícil verla y dar una respuesta negativa. Ya volvemos sobre el asunto, pero avancemos.
Inteligencia criminal
Los que testimonian son miembros de la Inteligencia del Ejército israelí, y el centro de las conversaciones que mantienen con Abraham es lo que las fuerzas genocidas han dado en llamar “Naza” (acrónimo de “Nezek Agavi”: daños colaterales). La película expone, en boca de los criminales, la maquinaria desarrollada por Israel para el asesinato de civiles.
El desarrollo es a la vez cronológico (acompañando el curso del genocidio desde 2023 a 2025) y conceptual, partiendo desde la noción misma de “Naza” para desplegar los diversos mecanismos tecnológico-militares e ideológicos utilizados en la ejecución de los crímenes, en especial los perpetrados a distancia mediante drones, misiles y bombas.
Para este trayecto, los realizadores obtienen de los canallas un relato pormenorizado de cómo se realiza una vigilancia verdaderamente orwelliana sobre las viviendas de Gaza, se planifica la hora y la cantidad de los ataques y se estima la cantidad de civiles que serán asesinados/as en las operaciones.
Este carácter esencialmente descriptivo es sin duda uno de los motivos de que el documental resulte tan contundente, y una muestra de la inteligencia con que está hecho. Tal nivel de detalle es mucho más que “profundidad”: es un espejo de la precisión con que se preparan los crímenes.
Y esa precisión es, a su turno, una exhibición del carácter que ha asumido la maquinaria genocida en la actualidad. Como sabemos, los genocidios existen desde tiempos remotos, aunque el término haya sido acuñado tras los campos de concentración nazis. Lo que hace especialmente filosa a Naza son los relatos en primera persona de cómo se utilizan drones, cámaras, sistemas de monitoreo de celulares y, sobre todo, la inteligencia artificial, para la ejecución de los crímenes. La contradicción entre la potencia tecnológica alcanzada por la humanidad y su aplicación en el terrorismo de Estado pone blanco sobre negro cómo bajo el capitalismo, en palabras de Marx, “las fuerzas productivas se transforman en fuerzas destructivas”.
Lo propio puede decirse de los mecanismos ideológicos que permiten que una persona forme parte de esta maquinaria. Los testimonios dan cuenta de algunas construcciones discursivas clásicas (“era mi trabajo”, “yo cumplía órdenes”, “si no lo hacía yo, lo hacía otro”, etc.) con otros propios de estos tiempos, como el sentimiento de que estaban “jugando un videojuego”: la gamificación del colonialismo.
El hilo cronológico, a su vez, permite ver cómo se fueron validando y ejecutando masacres cada vez más brutales, donde los “daños colaterales” aceptados para asesinar a un miembro de Hamás escalan de familias a edificios, barrios y hasta regiones enteras, creando “zonas de aniquilación”.
De la Shoa a la Nakba
Con los aspectos mencionados, Naza se inscribe en una línea de documentales sobre genocidios que, ya expuestos y narrados los crímenes y sus efectos en producciones previas, hace foco en los mecanismos. Para el caso del Holocausto nazi, la más emblemática de estas películas es sin duda la creación monumental de Claude Lanzmann, Shoa (o al menos parte de ella).
Naza, de hecho, problematiza su vínculo con Shoa. Los directores ponen en pantalla los homenajes de Israel a Lanzmann para marcar la hipocresía de reconocer al denunciante de un genocidio (sionista él, por cierto) mientras se ejecuta otro. Y más en general, para reflexionar sobre cómo una gran parte del pueblo judío se ha transformado de víctima en victimario -una pregunta capital que aparece en otras producciones recientes, como La gran Palestina.
Pero la vinculación entre el genocidio de Hitler y Mussolini y la actual acción israelí no es novedosa. Lo que aporta Naza es que son los propios miembros de la inteligencia del Ejército los que, comentando su accionar, admiten que “ahora entienden a los nazis” y reconocen la existencia de un genocidio. Es un buen golpe para Israel y sus Estados cómplices, que vienen aplicando censuras, procesos judiciales y hasta encarcelamientos a quienes trazan el vínculo entre nazismo y sionismo, como es el caso de nuestra compañera Vanina Biasi.
En las sombras de la noche
Tanto en el texto de la película como en su contexto, Naza está atravesada por contradicciones.
Por un lado, han surgido desde el campo propalestino críticas a la decisión de dejar en sombras a los entrevistados, en la noche de Tel Aviv, donde solo vemos la cara del entrevistador (Abraham). Como dice Carolina Bracco en un destacable artículo publicado en Huellas del sur, mientras esto “permite obtener testimonios que de otro modo probablemente no existirían”, también “reproduce algo de la impunidad que pretende interrogar”.
En esa misma nota, centrada no en la película sino en sus repercusiones, Bracco contrasta el lugar ganado por Naza, con una ovación de 25 minutos en Venecia, con el silenciamiento a las voces y producciones palestinas que vienen dando cuenta de estos hechos. Y ubica este contraste en una genealogía que tiene décadas, donde la autoridad dada a los israelíes que hablan de sus crímenes resulta muy superior a la expresada por sus víctimas. Denunciar este silenciamiento y desautorización, propios del racismo y el colonialismo que integran el paquete de la ideología dominante en Occidente, y amplificar las voces palestinas, es en efecto un asunto vital para el movimiento mundial de solidaridad con el pueblo de los olivos.
Las contradicciones de la película se extienden también a su orientación política, que termina de hacerse clara con las propias declaraciones de Abraham en ocasión de su estreno. En un film donde abundan sus preguntas a los genocidas, nunca se ponen en cuestión los asesinatos que no forman parte de los “daños colaterales”, es decir, a miembros de Hamás, que amén de afinidades o distancias políticas forman parte de la resistencia de un pueblo con legítimo derecho a ejercerla. Tampoco se apunta en las preguntas a la existencia misma del Estado de Israel, cuyo carácter intrínsecamente colonial es la base del genocidio. Y sin embargo, algo de esto aparece sugerido en el trabajo de archivo sobre la fundación de Tel Aviv, presentada en ese entonces como “una ciudad completamente moderna”, ocultando -como expone el film- que debía esa modernidad a su fundación sobre ruinas palestinas.
Golpear con toda herramienta
¿Son estas contradicciones señaladas motivo suficiente para, como han planteado algunas personas solidarias con la causa palestina, rechazar ver la película y hasta llamar a boicotearla?
No por nada, la factura israelí de Naza, su exposición de un plan sistemático de crímenes de guerra y su impacto internacional han generado la furia de las huestes sionistas y de su Estado, con amenazas de muerte y acusaciones de “traición” y “antisemitismo” -que obligaron al realizador y realizadora a permanecer en Europa- y movilizaciones de ultraderechistas a la casa de la familia de Abraham para amedrentarla. Una campaña que une al primer ministro Benjamin Netanyahu y a su principal opositor, Gadi Eisenkot, que acusó a la película de inflingir “daño al Estado de Israel en un momento difícil” -en referencia a la crisis política que terminó de confirmarse en las recientes elecciones. Sin temor al absurdo, tres miembros del Ejército hicieron su documental de réplica, Naza: the real story, que copia no solo el nombre sino la estética y narrativa del original, para defender las acciones genocidas.
El sionismo tiene claro que la película de Abraham y Szor representa un golpe a su imagen, tanto al interior de Israel como en el plano internacional; que cuenta con una capacidad especial para afectar en algún grado la conciencia de su auditorio y ampliar el rechazo al genocidio. Tiene esa capacidad por merecidos motivos y también por causas y condiciones injustas. La tiene de forma condicional, porque su efecto extra cinematográfico -incluido su aporte al castigo de los crímenes genocidas- dependerá de un contexto más general de movilización.
Nuestra causa es por el fin del genocidio y por una Palestina libre, del río al mar; y no deberíamos renunciar a ninguna herramienta que aporte en este camino, aunque no la hayamos construido nosotros, aunque no sea perfecta. Si Naza tiene esa capacidad, que vengan más funciones. Y mientras tanto, haremos nuestras películas, nuestros manifiestos y nuestras organizaciones, mirando de frente las contradicciones de este mundo y buscando superarlas con la lucha revolucionaria.


Tomás Eps Cine x Palestina - Judíes x Palestina
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